La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - paulocho - 'Senda Azul Oscuro'
Senda Azul Oscuro
Algunos días después que murió Jorge, mi hermano mayor, soñé que lo seguía. Ocurrió después de su funeral, el más hermoso y emotivo que he visto. El pueblo entero de Yungay, su pueblo, despidió al profesor favorito, y todas las escuelas de la zona formaron a sus niños a la orilla del camino para lanzarle pétalos de flores al paso del cortejo. Incluso en los pueblos vecinos que pasamos antes de llegar al cementerio Parque de las Flores en Chillán, salían a la calle unos pequeñines a tirar pétalos y agitar pañuelos blancos, despidiéndolo como a un famoso y digno personaje público; cuando en realidad fue un hombre sencillo y simple, quien la mayor parte de su tiempo anduvo solo, sin buscar otras cosas más que la magia y sabiduría de la naturaleza.
Cuando yo nací, él ya estaba comenzando la adolescencia y había sido el hermano mayor de mis otros cinco hermanos mayores. Con tanta práctica de líder y guía, conmigo se graduó de maestro; en muchos ámbitos recibí sus enseñanzas. De él, por ejemplo, oí por primera vez las palabras óvulo y espermatozoide y de su reunión asombrosa. En las excursiones a los bosques húmedos de pitras en el potrero “de la casa vieja”, en búsqueda de tarántulas, él iba primero, inventando el camino, descubriendo para mostrar. Por donde apenas pasan los “chucaos”, en fila india los cinco hermanos hombres teníamos que arrastrarnos por debajo de un tupido matorral de pantano, siguiendo a Jorge que nos guiaba plantando varillas de álamos. Cuando ya fuimos más grandes, y le decíamos “Viejo Munro”, Jorge se liberó de la tarea de guiar nuestros pasos, pero, habitualmente, escogía una senda original y llegaba más lejos que el resto y descubría cosas sencillas y significativas. Como aquella vez que vino a visitarnos con toda su familia y fuimos de excursión al volcán Osorno. Comenzamos a caminar ladera arriba, hasta donde generalmente quienes no somos escaladores nos cansamos, porque la montaña comienza a aparecer más en serio, y se divisan los glaciares, inalcanzables si uno no está bien entrenado y no posee técnica y equipo adecuado para escalar. El grupo comenzó a descender, pero Viejo Munro siguió hacia arriba, solo, pausadamente, vestido con ropa casual, con mocasines de ciudad , con polera y un gorro amarillo tipo jockey. No nos preocupamos de su ascenso, ya que por lo general daba alguna vuelta original y regresaba luego con la misma tranquilidad. Su gorro amarillo desapareció entre la niebla de la altura, y se perdió de vista su largo cabello blanquecino que se le escapaba flameando por debajo del gorro, luego también su figura se desvaneció entre la niebla veloz del volcán . El grupo familiar lo esperó en los vehículos, al principio tranquilamente, pero al entrar la tarde y al paso de la quinta hora de espera, su familia entró en un justificado nerviosismo, que al pasar otra hora más, se transformó en una espera desesperada. También un par de jóvenes brasileños que se encontraban cerca nuestro, habían entrado en pánico, porque su padre no regresaba de las alturas del volcán hacía varias horas. Finalmente, fui designado a retomar el ascenso para ir a buscar a Jorge, ya que se hacía tarde y pronto estaría oscuro. Al rato de subir, divisé una persona que venía bajando por entre la bruma, a lo lejos. Cuando estuvimos cerca, el hombre me gritó si había visto a unos “meninos” en los alrededores. Le contesté que estaban más abajo, casi llorando por la pérdida de su padre, que yo suponía era él. Gracias a Deus! - exclamó el hombre, mirando al cielo- . Le consulté por un chascón de pelo blanco con gorro amarillo, y me contestó que lo había divisado subiendo hacía rato y mucho más arriba de donde nos encontrábamos. El brasileño bajó feliz y yo continué ascendiendo, más arriba de lo que normalmente llego cuando voy de excursión al volcán Osorno, porque la preocupación comenzaba a apretarme el pecho. Por fin, me encontré con Viejo Munro: apareció como una pequeña silueta oscura brotando de entre la bruma de vapor de agua, que barría velozmente la ladera del volcán. Cuando ya estuvo cerca, noté que daba largos y pausados pasos que venían de lejos; descendiendo hacía rato, ya que sus piernas se doblaban y temblaban ligeramente en cada zancada; los mocasines habían dejado de ser útiles y los traía destrozados; pero su rostro venía sonriendo. - La gente está preocupada por ti - le comenté. Allá arriba no se siente el paso del tiempo - me contestó tranquilamente. Y fue la misma respuesta que le dio a su esposa cuando lo regañó al llegar al vehículo: " Arriba no se siente el paso del tiempo".
Era difícil para mí no estar atento a sus pasos, para ver donde abriría una ventana; donde correría un telón imperceptible para que un nuevo escenario apareciera.
Cuando un ser querido cruza el umbral de lo conocido y su cuerpo queda inerte, como capullo abandonado al transformarse en mariposa la crisálida, se produce un fuerte impacto interior, pero después de un tiempo, su existencia inmaterial comienza a llamarnos la atención por dentro. Se transforma en un fluido de vida, que busca levantarnos desde nuestras bases inertes hacia un sentido que debemos salir a buscar con más urgencia; se transforma en nosotros en una mirada nueva, aún más atenta, de la ruta que siguió y la que existe más allá del umbral que cruzó.
De retorno a mi hogar, una noche de calma, antes de dormir realicé un ejercicio mental que, en ciertas ocasiones, me reporta una grata transición entre la vigilia y el sueño. Esto consiste en dirigir la mente, con su punta de lanza que todo lo abre, hacia alguna imagen o concepto, produciéndose una ensoñación agradable, que luego, cuando el consciente se sella y surge el sueño, la mente se difunde en algo que nunca se puede recordar y que tampoco es parte del sueño. Esta vez dirigí la mente a una pregunta muy fija y clara que me hice, con el firme propósito de obtener al menos un indicio de respuesta: Concentré la mente para que indagara son su poder, cual había sido el camino por el que se había ido mi hermano, y me dejé llevar por la visión mental, que comenzó a buscar de inmediato, como si hubiese soltado a un sabueso, dándole una pista de olor. La atenta visión consciente comenzó a seguir los pasos de la mente, en un ámbito inmaterial en el que se iba viendo la impronta casi imperceptible del paso reciente de su alma. La transición de la vigilia al sueño, esta vez fue como entrar a una nueva vigilia, pero a una realidad distinta, ocurriendo la extraña sensación de estar plenamente consciente y despierto dentro de un sueño que no lo era. De pronto, iba volando, pero sin cuerpo, solamente la vivencia, la visión y la integración con aquello que se ve desde un vuelo. A gran velocidad, iba por sobre un río ancho y verde oscuro, rodeado de altos árboles con abundantes ramas. Todo parecía más nítidamente real que la realidad normal. La sensación de volar y de poder hacerlo a la velocidad y a la altura que determinara la voluntad, era maravillosa. Decidí elevar el vuelo un poco y desviarme del curso del río, quería ver más, quería ver todo este nuevo mundo en el cual sin tener cuerpo, podía ser parte de todo. M elevé hasta la altura de los árboles más altos que surgían de la ribera del río y atravesé por entre las ramas más altas, sin sentir que me rozaran siquiera, hacia un cielo azul oscuro, y seguí volando sin cuerpo a una velocidad vertiginosa por sobre el río y por sobre los altos árboles. Era tan rápido el vuelo y tan amplio el azul oscuro del horizonte, que entendí perfectamente que iba siguiendo a un viajero que ya había pasado por todo aquello y que había seguido, aún más lejos, donde el azul era más profundo, a un viaje para el que yo aún no estaba preparado. De todas maneras, ya había obtenido respuesta. Al menos había visto por donde mi hermano había pasado. En una etapa reciente, él ya había podido volar por donde quiso, se había integrado a todo lo que quiso. Había logrado aquel poder y seguramente visitó todos los espacios y vio todos los últimos detalles que le llamaron la atención; había jugado a ir junto con el viento y los pájaros y jugó a estar en una abeja de sus colmenas que se posó en su ataúd frente a nuestros ojos, cuando el sol calentaba la madera, mientras todo el pueblo se había detenido para despedirlo en una misa en plena calle; mientras sus pequeños alumnos leían poemas que le habían escrito para expresarle su amor; la abeja se posó largo rato y hasta mi madre la observó y detuvo un momento su angustia que la consumía hasta los huesos y sonrió, como todos los que observamos la abeja y supimos que era él que había venido, tan original como siempre, a aliviarnos de la pena un instante; y jugó a ser el rayo de sol que despertó a su hija una mañana cualquiera a darle un secreto mensaje; y a estar inmóvil con el aire mientras hablábamos de él en el patio de la casa. Ya había hecho una última excursión por el interior de los sistemas vivos del planeta y, una vez preparado para abandonar la Tierra, seguramente dio un imperceptible beso de paz en cada frente dormida de los seres que amó para partir luego, velozmente, hacia más allá de todos los ríos, por sobre todos los árboles, transformado en visión pura, hacia donde no se puede ir estando a cargo de un cuerpo que todavía florece en el jardín terrestre. El corto y veloz viaje que logré hacer buscando su ruta de partida, fue suficiente para ver que no podía seguirlo más allá de la atmósfera, porque no era el momento de mi partida aún. Dejé entonces de esforzarme por seguirlo y quise aprovechar la facultad de ver cualquier cosa por dentro y vivir esa visión a voluntad. Disminuí la velocidad y me percaté de que bajo un puente de cemento que cruzaba el río, el nivel del agua era más bajo y se podían ver las piedras, grises y redondeadas y podían verse también varios peces haciendo giros de un lado a otro. Con cierta curiosidad, quise entrar al ambiente interior de aquellos peces, como para probar si sería ello posible. De pronto, sin mediar tiempo ni espacio recorrido, estuve bajo el puente, en el interior del agua, dando giros de un lado a otro, con el vientre casi rozando las grises piedras redondeadas. Me sorprendió mucho que pude hacerlo, hasta que la mente consciente interfirió bruscamente con lo que estaba ocurriendo. Entonces, comencé a soñar, y en el sueño pensé que, como prueba que donde estuve era un lugar real, guardaría en mi boca un poco del agua del río en donde fui pez un instante. Pero al despertar, no había logrado traerla físicamente. Sin embargo, nada me hará olvidar la senda azul por donde pasó mi hermano y se fue tan velozmente, que ni alcancé a preguntarle hacia donde iba.
Texto de paulocho agregado el 17-08-2006. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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