Miénteme.
No puedo.
Por favor, dime que me quieres.
Te quiero.
¿Has dicho que no podías mentirme?
Eso he dicho.
¿Y no lo has hecho?
No.
¿Entonces me quieres?
Si, te quiero.
Están sentados frente a frente, sólo una pequeña mesa les separa y un momento antes, mientras les servían la cena, apenas se miraban. Fuera, una madre y su hijo descienden del tren, alguien les espera; corren y ríen a carcajadas. Un segundo mas tarde, la calle de nuevo se mueve. La vida se queda al otro lado. De nada sirve dar marcha atrás. Nada es imposible cuando todo cambia.
Ella bebe un sorbo de agua y mira al plato, coge la servilleta y la coloca sobre la falda azul. Le gusta esa falda. El ni siquiera la ha mirado cuando se la ponía en la habitación del hotel. El ya no la mira. Seguro que piensa en otra cuando la ve desnuda, cuando hacen el amor, cuando la besa en la frente por la mañana. El está ausente... ¡No! ¡Esa palabra no! ¿Dónde era? Si, en una obra de teatro, A puerta cerrada, ausente quería decir muerto. No, muerto no. Ella le desea. No ha conocido a otro. El le ha dado tantas cosas...
El bebe un sorbo de agua. A través del vaso ve el rostro de ella. Es guapa. Hoy se ha puesto la falda azul, la que tanto le gusta y la ropa interior negra. En el hotel se ha dado la vuelta para que ella no viera el rubor en su rostro, el pantalón abultado. Ha ido a anudarse de nuevo la corbata para seguir viéndola por el espejo. De espaldas parece una niña de diecisiete años, como cuando se conocieron...
¿Por qué no hablan? Aún tienen tantas cosas que decirse y sin embargo las palabras se pierden al no ser pronunciadas.
Al dejar las copas se rozan levemente, esbozan una mínima sonrisa y callan. Han viajado a una boda inoportuna a trescientos kilómetros y regresan a casa. Si no fuera por los niños, tal vez todo sería diferente.
Un movimiento brusco de repente. Un golpe seco que todo lo destroza les une para siempre. El destino se ha encargado de disipar sus dudas, de hacer que las palabras no sirvan, de hacer que los recuerdos regresen.
Los dos se miran un instante. ¿Me quieres? Te quiero. Mientras, la luz se apaga suavemente.
En medio del desastre, entre del ruido de carreras y ambulancias, de martillos y cizallas, se oyen las campanadas de un reloj en el pueblo cercano. En el vagón, la mesa se ha roto en mil pedazos, igual que sus cuerpos. Hay restos de comida mezclados con su sangre. El operario enfoca los dos rostros con la linterna y murmura para si: No hay sufrimiento, se podría decir que sonríen.
Ellos no miran atrás. Cogidos de sus manos invisibles, inician el camino de lo eterno. Nada importa ya de lo que dejan.
“Ahora todo el tiempo es nuestro” – dice ella.
“Si, las doce eternamente –dice él – las doce para siempre.”
© BlasLeón
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