Quiso la providencia
o Cristo, nuestro Señor,
que llegara yo a la venta
después de ponerse el sol.
Desmonté de mi caballo,
harto y sucio del camino,
entré y pedí pan y vino
y el dueño me lo sirvió.
Me acompañó al aposento
la hija del posadero,
me dijo, ¿tenéis dinero?
¡Vive Dios que no lo tengo!
El duque ya lo pagó.
No es por eso, no es por eso,
se apresuró a replicarme;
y acercándose a mi oído
me dijo con mucho tino:
Por un cuarto lleno un balde
de agua mas bien templada
os cepillaré la espalda
y luego os daré calor,
que por esta mala tierra
ver a un hombre como vos
es imposible tarea.
Eso si, callar debemos,
vuestro duque y mi padre
no han de saberlo jamás.
Entre el agua y el te seco,
pasamos toda la noche
y antes de que el alba diera
permiso al gallo cantar,
yo salí de aquella venta
prometiendo regresar.
Viajaba con el encargo
de recoger a una dama,
viuda y rica me dijeron,
y sin darme mas detalle,
me hallé yo en la obligación
de tener que acompañarla
donde el duque me mandó.
No al castillo ni a la casa
donde moraba en invierno,
a una finca donde, a veces,
le acompañaba a cazar.
¿Sois Don Pedro?, dijo ella,
sin levantar la cabeza,
hice yo una reverencia
y la mano le besé.
No se si fueron sus dedos,
la dulzura de su voz
o ese movimiento grácil
cuando al caballo montó,
que me enamoré de ella
sin otra contemplación.
¿Qué se hace ahora, Don Pedro?,
me dije y me contesté,
no regresar a la venta
y ya veremos después.
Tiré por otro camino
y a la dama le conté
que en aquellos aposentos
que el duque presto buscó,
mala gente se hospedaba.
Que apenas quedé dormido,
me robaron el zurrón;
menos mal que las monedas
las guardo yo en un lugar,
que en presencia de una dama
no es de recibo nombrar.
Ella lo creyó y me dijo:
Salgámonos del camino,
durmamos a la intemperie;
comida y agua tenemos,
no necesitamos más.
Al Cielo le di las gracias
y al huerto me la llevé,
no fue la primera noche,
fue la una, dos y tres.
Al camino no volvimos
ni al castillo y al señor
le escribí yo en una carta
una mentira mayor.
Ahora vivimos en Francia,
al calor de nuestro amor.
Yo seguí contando embustes,
¿es delito prosperar?
Mírense vuestras mercedes
en el agua de lavar
y si tiran una piedra
verán como la verdad,
huye como del diablo
y no se deja guardar.
No es delito, se lo digo;
aunque el duque Don Froilán,
después de lo sucedido
creo que no piensa igual.
BlasLeón.
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