Horizonte encendido
-¿Tienes miedo?
Era una pregunta que no tenía respuesta, porque la mordaza que tenía sobre la boca me impedía contestar, pero mis ojos no se apartaron de los suyos, desafiándolo.
La muñeca izquierda me ardía y la moví para evitar el escozor. La media de nylon que me la mantenía sujeta a uno de los barrotes de la cabecera de la cama se metió en mis carnes, la giré para alivianar el roce, lo conseguí pero no del todo.
Se sacó la camiseta. Su torso canela de músculos marcados quedò visible en la semipenumbra. Me desató un pie y lo alzó formando un ángulo recto para que saliera por él la tanga. Después lo volvió a atar al barrote de la cama. Hizo lo mismo con el otro pie y sentí la desnudez entre mis piernas expuesta a su deseo. El corazón me latía con furia. Mis ojos seguían el recorrido de los dedos sobre el cinto de sus jeans, unos segundos después podía ver las piernas, muslos y todo lo que estaba oculto. Y supe qué haría conmigo. Me vi en las pupilas cristalinas de los ojos oscuros. El hormigueo nació en lo más profundo de mi cuerpo y me hizo estremecer. Trajo un cojín de la nada y lo colocó bajo mis nalgas. A pesar de que temía lo que pudiera pasar, no pude evitar que mis caderas se balancearan cuando él acercó sus labios al musgo secreto. Con cada beso recibido crecía el fuego. Me quitó la mordaza de la boca y metió en ella su lengua que me llenó de cosquillas y se acopló a la mía en un baile sincronizado y eufórico. Mis senos aplastados bajo su cuerpo tenían los pezones duros como lanzas. Se aferró a mis caderas y sin dejar de besarme se movió en forma lenta y circular dentro de mí, hasta que estallamos al mismo tiempo. Nuestros gemidos murieron y dieron pasos a profundos suspiros.
Quería abrazarlo, acurrucarme entre sus caderas, entonces le pedí que me desatara las muñecas. Así lo hizo y nos trenzamos en un abrazo mojado y sudoroso hasta que nuestros corazones volvieron a latir con normalidad.
-Te quiero-dije mientras lo besaba en la comisura de los labios.
-Yo también- dijo devolviendo el beso.
-Es el mejor regalo de cumpleaños que me has hecho. Así que tendré que esmerarme en el tuyo.
-Faltan quince días, pero ya sé lo que quiero.
Me lo dijo al oído y reímos cómplices, nos miramos a los ojos y supimos que la llama se había vuelto a encender. Afuera el horizonte también estaba encendido.
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