Difícilmente, los segundos que pasan mientras respiras ahogada en la contaminación del ambiente, en la normalidad de la vida, en la cotidianidad de tu ser; complejamente y de extrañas formas ese tiempo tan tuyo se me hace provocativo. Que hermosa botella para tan majestuoso licor. Me pregunto ¿será mi paladar lo suficientemente fino?
Gotas de lo que fui aun me hablan en las turbias aguas de mi entrañable y amistosa melancolía (a veces odio esa relación tan volátil con esa condición tan oscura, pero la cercanía hace sus efectos) entonces sin más te ignoro y me hablo a mi mismo:
- ¿Cómo puedes ser tan egoísta? Su aire no es el tuyo y sus pulmones aprenden a respirar de otra forma. ¿Eres tan arrogante para pensar que el oxigeno llega de la misma manera a su cabeza, a su sangre, a su corazón? Te desconozco.
Entonces mi mirada se pierde en las líneas sutiles que dibujan sus labios, en el cabello que libra una batalla contra ella, en sus hombros frágiles que se divierten mientras ella ríe. Que tonto soy, ella me confía cantos que ningún oído ha escuchado y, aun así, dudo del pájaro cuando se posa en mi hombro sin cadenas que lo amarren, sin jaulas que lo encierren, sin remolinos que lo atrapen.
- ¡infeliz arrogante!
Pensaba que ese otro yo se había callado. Me atreví a responderle.
- Si, es cierto. Me hago egoísta con cada nuevo atardecer, con cada cigarrillo encendido, con cada sonido de su vida, con cada mechón de su cabello. Y sin embargo, si se posa en mi hombro para cantar, ¿no deberíamos respirar el mismo aire?
Silencio... parece que esta vez yo gane la discusión. ¿O tal vez fui yo? No... no creo. creo que fui yo.
- ¿Hey? ¿Estas ahí? - Tu mirada denota frustración.
- Si, te estoy poniendo atención.
- Si claro, hush hush hush...
- Vamos caminemos más rápido.
- Uiiichh, ciao chico frío.
- Lo siento, a veces cambio, perdóname. Dame la mano. |