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La realidad tiene grietas
Lo descubrí hace muchos años ya, cuando con estrechas y cuidadas letras góticas escribí que me iría a vivir al espacio infinito surcado de estrellas y planetas.
Sopesé con mucho cuidado cómo debía ser mi casa mientras viajaba de galaxia en galaxia. Me costó decidir con qué material iba a construirla y durante una semana fui apoyando mi espalda en distintas superficies: la esquina izquierda del aula de la clase de Música, resguardada del resto del mundo por dos frías paredes, la parte de abajo del tobogán pequeño del patio de recreo que formaba un triángulo donde uno de los lados era de césped, otro era una escalera y el último y en el que prefería apoyarme era por un lado una enorme lengua metálica por donde bajaban ruidosos niños y un oasis de paz y escondite seguro por su cara interna y el baúl forrado de papel coloreado en el que guardaba todos mis juguetes.
Me decidí por la parte de abajo del tobogán por que era la que me proporcionaba mejores vistas. Pensé en forrarlo con las sábanas blancas y perfumadas del tendedero sin vigilancia de mi abuela y coserle una ventana redonda por la que podría ir viendo el paisaje exterior.
Decidí que zarparía-era un barco cohete al fin al cabo- en uno de esos amaneceres de invierno en los que un sol rojo inmenso baña de luz rosada el horizonte. Así y usando la sábana como vela, mi creación se alzaría dejando atrás la exhuberancia húmeda y verde de mi tierra. Los árboles se irían viendo chiquitos como pequeños palillos de dientes ahí abajo mientras una estela delgada, tenue y brillante como la de una estrella fugaz iría anunciando discretamente mi marcha.
Tiempo después me perdería en años luz y vientos siderales hasta desaparecer del todo: de álbumes familiares, fiestas navideñas, de los corazones y los espejos hasta que finalmente un día desapareciese de la memoria de todos. Perdida en el tiempo y el espacio me abstendría de hablar o de escribir cualquier cosa parecida a un diario de navegación y la soledad daría paso finalmente a mi verdadera naturaleza. Dos ojos grandes, enormes y curiosos muy abiertos registrarían el universo conocido de uno al otro confín.
Para finalmente, tras largos años de infatigable navegación darme cuenta de que echaba de menos el sol, el viento, el vaivén del agua del mar, el rocío que baña el césped de mi jardín. Entonces, y tantos miles de años después, anciana ya, sólo me quedaría esperar a que un cometa o una estrella fugaz me acercaran a mi órbita. Moriría sin duda, un segundo antes de llegar porque los finales dramáticos son hermosos cuando tienes 6 años.
Y cuando aquel carguero neozelandés encontrara el rastro de mi estela plateada lo seguirían, pensando que jamás vieron nada tan hermoso. Dentro de mi nave-tobogán encontrarían libros manidos y viejos pero nada más. Ni un diario de navegación, ni una fotografía, ni un porqué sí o porqué no y mi cadáver desecado por el salitre del océano acabaría por deshacerse y convertirse en arena.
La realidad tiene grietas. Hace años podía meter toda la cabeza, ahora aún puedo meter un dedo.
Feliz cumpleaños nun.
Tú eres una de mis grietas.
Texto de rnahimla agregado el 27-08-2006. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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