Nada quedaría librado al azar. (Eso hubiera sido lo correcto).
En los negros arrecifes los portales fueron cerrados.
La progenie amorfa fue reducida.
El fuego selló los labios de los nigromantes y aquello que estaba dormido y expectante se retrotrajo, hundiéndose en las frías constelaciones del universo.
Mientras todos los ciclos se cumplían, en la mansión de los Roderik las negras puertas se abrieron.
Los mohosos grimorios sublimaron sus letanías: el portal, y el congreso de los seres hediondos fue reducido a cenizas.
La luz sucia de una luna lechosa irrumpió en el faustoso salón.
No me sorprendió la imagen de Sor Inga, una monja lasciva, apareándose con el escrupuloso Jonathan mientras yo los observaba desde la seguridad de mi refugio.
En otro sector del salón, los bestiales Densen hociqueaban en hostias negras como unos cerdos buscando trufas. La señora Densen en cuclillas dejaba salir la sangre menstruante para que su marido dibujara el signo.
Asqueado, vi que había llegado el momento de que mis rezos silenciosos rompieran el hechizo. Las palabras antiguas brotaron de mis labios tumefactos y los verdes tentáculos retrocedieron a la matriz del abismo hasta desaparecer.
El experimento era un éxito. Parado en el centro mismo de la circunferencia pude ver como Ellos, los becarios de los antiguos, me intuían.
Una música lejana empezó a flotar con sus guisas fantasmales.
Los cuerpos extasiados dibujaron una extraña geografía.
Desde negros abismos del espacio los antiguos agitaron sus alas vampirescas.
La locura llegó, clarividente...
Todos mis conejillos de India danzaban y sus pasos de baile blasfemos estaban abriendo los portales.
Los Roderick agitaban espumosamente sus cuerpos blanquecinos. Detrás de ellos, los Densen comenzaron a licuarse. La transformación era trabajosa, originaria de una deformidad absoluta.
Tras los ventanales, octópodos gigantescos se retorcían. El paroxismo horroroso se apoderó de mi razón y caí prisionero de un mundo de caos y corrupción perturbada.
Llegaron a mis oídos cacofonías ultrajantes, nacidas de gargantas reptiles.
Sopesé mis posibilidades y vi que cualquier destino, hasta la muerte, sería mejor que ser atrapado en esa vorágine de tentáculos y poseídos. Tomé mi pulcro estilete y lo clavé en mi muñeca izquierda. Cuando me disponía a escarbar en mis venas hasta encontrar la arteria que me liberaría, descubrí el espantoso cuadro Vobiscun Cthulhu y quedé paralizado. La danza, los seres que nunca fueron humanos y los que habían dejado de serlo, todo se mezcló ante mis ojos y caí en algo parecido a un sueño.
Desperté en una celda retorcida y encontré ante mí estos elementos que ahora utilizo para escribir.
La música está volviendo.
VERSION CORREGIDA POR MI AMIGO Y GRAN ESCRITOR DEHUMANIZER... es notablemente superior a la original.
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