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Inicio / Cuenteros Locales / Axterion / El animal que habita en mi cabeza. (Dedicado a susurros)

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El animal que habita en mi cabeza

El hombre fue hecho con el mismo principio básico que todos los animales, y me aventuraría a decir, que incluso idéntico a las plantas: con la semilla de la vida. Se nos dieron las grandes cualidades de vivir, movernos, reproducirnos y morir. Todo en un dulce ciclo que se llevará a cabo día con día, irremediable y sublime hasta el fin de los tiempos. Pero al hombre se le concedió una facultad más que lo distingue —como suelen distinguirse cosas diferentes, las unas de las otras, cada una a su manera— de todos los demás seres vivos: la razón. En todos sus matices se nos encendió una llama en la que arden la lucidez, la locura, la hipocresía, el amor, el odio y todos esos sentimientos con los que se complica la mente. A mi se me otorgó, a la fuerza y sin miedo a las terribles consecuencias, un animal que siempre vivió solitario y huraño en mi cabeza; sé que no soy el único en cuya mente se encierran todos los demonios jamás mencionados y por eso, contrario a otras personas que se declaran enfermos y dan la espalda a la vida, nunca el tuve miedo a ese animal; a ese que me susurra pensamientos horribles que hacen sacudir la cabeza tratando de apartar la imagen como algo lejano e improbable. Que convierte a mi cabeza en un patio rancio, agusanado e infecto donde a veces me doy el lujo de retirarme a un breve somnoliento revolcón en el lodo. Es la voz que nos guía hacia la profundidad, que hace las preguntas sin respuestas, que nos quita el sueño con lo recóndito y misterioso. El animal al que no le podemos esconder nada, pues cuando nos proclamamos bondad y mansedumbre, se ríe de nuestra hipocresía, con una carcajada estertórea que se queda resonando en los pasillos interminables del acertijo de nuestra mente. Es ese animal el que siempre nutrió mis actos, al que los festines de sangre nunca le fueron suficientes y siempre regresaba, con una voz de caricia húmeda y suave, a seducirme otra vez al deseo de salir a las calles y olfatear, jadear mi aliento apestoso de alcohol barato, caminar sintiendo con las manos toda la atmósfera, las partículas de esencias que va dejando la gente al pasar sin rumbo: balas perdidas del tiempo. Buscando siempre la muerte de alguno de los dos como a la amante que nunca tuve.

A veces pienso que se nos dejó pensar con fines específicos, es decir; siempre pudimos haber sido el animal perfecto, el que impusiera el orden y la balanza en este mundo, cohabitando en armonía con todo lo que ya estaba creado a base de una mano perfecta, inigualable. Pero no, nunca pudimos tener el don de la humildad. Quisimos competir con la naturaleza: llamarla imperfecta y tratar de mejorarla. Claro, siempre a base de ir destruyéndola. Y así nos volvimos enemigos: ocurrió una total disociación. Nos acorazamos en nuestras mentes amuralladas y preferimos mirar para otro lado. Las ciudades crecieron como epidemias propagadas; la enfermedad del gris y smog. Los prados se volvieron mares de gente desfilando sin rostro, cada uno arrastrando un listón inmensurable que cuenta su historia si lo sabes leer. Los lagos; supermercados en donde esa concurrencia enreda sus filamentos de listón-historia haciendo una misma realidad de consumo, el triunfo del dinero. Pero todo eso quedará atrás. Porque ahora todo es blanco, no como meses atrás cuando mis manos se embarraban hasta los codos con sangre ajena. Y la nube de olor a metal me rondaba, amigable y sedante, acompañándome en el éxtasis con una embriaguez del rojo caliente y vivo. Es sólo ahora, y no en otro momento, cuando lo evoco sin estremecerme y excitarme: sólo me recorre de arriba abajo una somnolencia que va liberando mis miembros de pesadas ataduras. El tipo sigue a mi lado sin verme. Erguido y mirando hacia el vacío, perdido en el paisaje que le inventa su cabeza. Se enorgullece de haber cumplido su trabajo y ahora sólo espera. Su mano, firme y con dedos que se me encajan, me sujeta del hombro. Como si me fuera a ir. Es él quien en un rato más, me soltará y, zanjando un asunto más en su vida, volverá a casa. En donde lo espera sopa caliente y esposa fría. “¿Cómo te fue hoy, mi corazoncito de melocotón?” Sonrojamiento hasta las orejas. “¡Lo que dirían los muchachos si supieran que mi mujer se anda con apodos melosos y tontos!” Sacudida de cabeza. “Todo bien. Cumplimos el trabajo con un ciento por ciento de efectividad” Y se miran orgullosos; él de si mismo y ella de él. Luego vuelven a dejarse envolver por un silencio pesado. En ocasiones debaten con su vocecilla interna: “Debería decir algo. Romper el silencio.” “¿Para qué?” “Hace días que no tenemos una plática amena y tendida.” “¿Y?” “Y por la noche sólo nos decimos buenas noches, hasta mañana” “No es para tanto” “¿Y si lo es? ¿Si todo esto se está hundiendo sin remedio?” Y entonces, siempre entonces, el otro se anima a decir algo que logró rescatar, o que salta de pronto en su cabeza, y vuelven a conversar otros tres minutos para luego perderse en la niebla de pensamientos, otra vez: hasta que al final se dicen buenas noches y duermen.

Pero ahora nada de eso se sabe, todo se extiende como una baraja dando la espalda: incertidumbre y expectativa. El tipo me sigue tomando por el hombro fuertemente, y sigue siendo el único que no me mira; aún no cumple su trabajo con ciento por ciento de efectividad. Todos los demás no se reservan cortesías y me miran con una mezcla de asco y felicidad entre sus muecas torcidas. Esperan. Nada más eso. No saben que yo me deleito entre el sueño que me cae en los párpados y las diapositivas que se proyectan en mi imaginación. La luna. Nubes. Ciudad de noche. Ahora recuerdo, seguramente eran las tres de la mañana. Y ahí estaba yo. Sin pensar que las calles son destinos y cada paso es ir hacia su realización. Escuché gritos pero continué mi rumbo, sin saber que yo mismo me acercaba a la balanza de vida y muerte en la que sería juez. Un sujeto golpeaba sin descanso a una chica. No suelo impresionarme, ni mucho menos meterme en los asuntos que no me incumben. Pero es verdad que tampoco había sido nunca testigo de una escena como esa. Mi paso se detuvo en seco y me quedé contemplando cómo el tipo soltaba puñetazos, patadas, gritos y jadeos ininteligibles. La sangre saltaba en un espectáculo de fuentes jubilosas. Él estaba empapado de tinte rojo, ella muy posiblemente muerta o desmayada; cuando me decidí a atestarle la primera pedrada al tipo. Luego traté de imitarlo: alzaba alto los brazos como un gorila y luego los dejaba caer sin piedad. Sintiendo como la carne se rompía con mi encuentro. Entrando en el calor de mi sangre y la que ahora se unía a mi, como magnetizada. Era en todo su esplendor, un espectáculo excitante. Mi cuerpo en contacto con la sangre hacía vibrar todas mis fibras sensoriales. Era como si me ayudara a sentir por dentro (en donde corrían sus torrentes rojos, cargando vida, calor y metal) y por afuera (en mi cuerpo que se bañaba de ella, que comenzaba a hacerse costra, que nacía y moría al mismo tiempo). No sé qué pasó después o tal vez mi memoria finge que no lo sabe. Lo cierto es que lo volví a hacer. Siempre era nuevo pues cada sangre se distingue de las demás en textura, olor y sabor, pero no sólo es: también en efecto. A veces me emborrachaba con sangre rubia, sintiendo un placer de playa soleada y marea alta con brisas perfumadas a pachulí y altos ruidos de gente. Otras noches me empapaba de sabor moreno y bailaba la danza a la tierra, me plantaba en ella y crecía como un olmo hasta que mis ramas tocaban los astros y cambiaban sus rumbos. Llegué a sumergirme en tintes rojos extranjeros, entonces viajé a tierras lejanas donde el pasto crecía libre soltando olores a menta y el paisaje nunca se agotaba de montañas, nieblas, nubes, aves y el sol. Cada olor a metal me hacía pensar que me acercaba a una gloria divina, cada gota roja deslizándose me hacía sentir más vivo, cada costra despertaba la necesidad de más, y más, y más.

Pero ahora todo eso son notas de periódico perdidas y revueltas. Tomadas al azar para señalarme y forzarme. Tratando de hacer más pesados los párpados. Y la gente que me mira con sus caras deformes, sus sonrisas chuecas de colmillos afilados, ojos de águilas al acecho y conciencias negras y marchitas. El sueño me pesa desde la nuca hasta la frente, mi cabeza quiere caer. Entonces esbozo una sonrisa, grande y larga. No puedo reír aunque quisiera y sólo queda el gesto. Siento tanta pena por ellos que me miran, el tipo que aún me sujeta el hombro fuertemente y por mi mismo. Vivir en un país que lo menos que hace es intentar comprender el rompecabezas humano y lo primero que se le ocurre es enviarte una pena de muerte; con sus sobrecitos de colores para que mandes invitaciones. “Tienes suerte, morir de esa manera después de las atrocidades que hiciste” ¿Suerte? Pero todo eso no importa. Yo he vivido más que todos ustedes. Viví la sangre, la probé, la sentí; fui uno sólo con ella. Y aunque ahora el sueño vence mi cabeza y caigo ante el rotundo aplauso de la multitud, me voy contento a los confines del misterio de donde el animal que vive en mi cabeza jamás debió salir.

Texto agregado el 30-08-2006, y leído por 227 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2008-04-25 06:45:34 Ese animal. Tan sigiloso, nos consume, como consumimos nuesto ambiente, al parecer todo es un ciclo mi hermano. Muy buen cuento. Irie! Peace & Love starbrother
2006-09-05 23:01:12 Vaya! escalofriante como perfecto, te deja un sabor óxido en la boca y no puedes despegarte de el de principio a fin. 5* HaditaVelHer< /a>
2006-09-01 06:52:54 Es excelente texto ***** SorGalim
2006-08-31 23:42:39 pues excelente texto, muy chido para ser dedicado a alguien que le caiga muy bien señor coco. saludos todos. Sintoma
2006-08-31 23:11:12 Creo que aquí hay más de un cuento revuelto, ya que quieres decir muchas cosas al tiempo en este texto, aunque bien escrito si está; manejas un lenguaje muy rico. *Saludos cordiales* charlesworth< /a>
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