El humo que emana de la fracturada tierra se acumula cerca de las nubes, impidiendo al sol contemplar el macabro espectáculo que se vislumbra a través de los espacios que días antes fueran prósperas ciudades habitadas por el hombre.
Todas las calles citadinas, cubiertas por miles de cadáveres mutilados e irreconocibles. Mientras que en los campos, miles de ángeles terminan de erradicar a los pocos hombres que quedan, empalándolos en sus blancas lanzas.
En lo mas alto del cielo, el Dios de los humanos observa pacientemente a que se termine la labor, mientras que disfruta la imagen de uno de los últimos homo sapiens retorciéndose de dolor en la divina lanza que atravesando su sistema digestivo escapa por su boca y ahoga sus últimos gritos en un borbotón de sangre.
La ahora roja tierra observa a la armada celestial desplegar sus negras alas y elevarse por el cielo hasta perderse de vista en la densidad del humo, el cual terminará de destruir los pocos vestigios de vida que pudieran quedar en la tierra, sumiéndola en la oscuridad y el silencio para siempre.
Poco a poco todos los ángeles, vestidos con sus armaduras plateadas, rodean a Dios en silencio, formando al instante un circulo de luz tan brillante que por unos cuantos segundos logra penetrara la capa de oscuridad que cubre a la tierra, para luego presentarle a dos bebés, un macho y una hembra, últimos representantes de la derrotada raza.
Lentamente el jefe celestial toma a los dos infantes, atraviesa con ellos la atmósfera terrestre y dejándolos en un planeta distante, les otorga el papel del nuevo Adán y la nueva Eva.
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