Cielo oscuro. Alejandro observó su propio cuerpo, y lo que vio no le pareció: se veía un hombre andrajoso, con los trajes rotos y los zapatos sin punta. Podía ver parte de su calcetín, que a su vez tampoco tenía punta, lo que permitía que pudiera ver su pie.
Levantó la mirada. La vegetación en el lugar -al que había ingresado en sueños, pues no recordaba cómo había despertado ahí- era densa, pero dejaba sin más un camino despejado para los visitantes.
Alejandro avanzó un pequeño trecho hasta lograr llegar a la entrada de aquello que parecía un bosque. ¿Sería un sueño, todo esto? El cielo era oscuro, no se veían aves, y todo estaba silencioso, cadenciosamente silencioso.
Miró hacia atrás, pero lo único que logró encontrar ahí fue una densa niebla que parecía llevar a otro lugar, un lugar a ciencia cierta más aterrador y fantasmagórico que lo que se ofrecía ahora a sus pies.
“No hay más...”, pensó.
Y se internó en la siempre tan desdeñada muerte.
Tras de sí, la espesa vegetación se cerró, dejando para los mortales la entrada a este reino de sueños prohibida. Un cartel para los no-muertos dejaba claro el por qué:
«...porque los que sueñan pueden ver el bosque, pero jamás adentrarse en él; es un destino vedado para los escogidos, una realidad nunca soñada, una realidad llamada muerte...» |