De la capital ruidosa de trágicos atardeceres,
baja un hombre la montaña,
mira al suelo, canta al viento.
Trae la peste en las letras, la bestia en su alma.
Alma que en solemnes anocheceres,
sólo esperaba luz en el alba.
Cierren las puertas, derramen vino a la ventana.
Un cigarro quema el pecho ensombrecido,
los llantos consumen la vida a sus espaldas. |