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Inicio / Cuenteros Locales / blasleon / Celeste

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Celeste brilla a la luz del atardecer. Apoyada en la baranda de piedra sobre la playa, sus ojos miran tras la ralla del mundo conocido, al sol que se ruboriza. Su largo vestido blanco se mece al son que la brisa toca y baila con la melena caoba clara, músicas desconocidas del otro lado del mar. Luego mirará a la arena cenicienta de la playa y evocará las tardes cuando, de niña, tras el bullicio del día, bajaba solitaria y se sentaba a recrear sobre una arena diferente, más suave, más limpia, dibujos prohibidos, palabras que inventaba en la noche sin sueños que dormir y repleta de sueños que vivir.

Evocará la tarde aquella cuando, anochecido ya, su padre se le acercó por detrás sin hacer ruido, se colocó de rodillas y la besó el cabello. Ella, tras borrar con prisa los trazos del suelo, se giró para besar aquel rostro curtido que la sonreía. Pasearon despacio porque la prisa no existe cuando de ser feliz se trata; mientras, en la casa, ajena a sentimientos, sabores y fragancias, la madre le reprocharía al reloj que fuera tan tarde y aún sin cenar. Hablaron de cuentos de la marinería. Celeste se sentía grumete imaginario a bordo de un barco pirata que cruza la línea, mas allá, donde la civilización permite hacer de los sueños realidad. Pero aquella noche su padre habló distinto: Hay un barco, dijo, amarrado en el puerto, zarpa esta noche. Los ojos de Celeste mudaron lo corriente por un brillo especial, indescriptible. ¿Iremos? Su padre dudó un instante. Tú... no puedes acompañarme. ¡Pero me prometiste que iría contigo! Su padre tomó el rostro de la niña entre las manos y con los dedos pulgares enjugó las lágrimas que afloraban de sus ojos. Tú vendrás mas tarde, antes he de preparar el lugar para que sea igual que el de tus sueños, lo haré realidad para ti pero has de prometerme que este será nuestro secreto, que no se lo dirás a nadie ni a mamá siquiera. Celeste asintió, confiaba tanto en él, que no dudó de la verdad de sus palabras. Aquella noche, en la cama, su mente intentó hacerse a la mar, pero no vio a su padre ni a ella vestida de blanco jugando con el mar.

Las noticias arribaron a puerto varios días después. De boca en boca se hablaba del naufragio de un carguero que viajaba con rumbo al sur. Celeste no creyó nada de aquello, sus sueños no entendían de tragedias, los cuentos que conocía solo se ensañaban con los malos y su padre no se hallaba entre ellos. Tarde tras tarde, a la hora del crepúsculo, ocupaba el mirador creyendo, como se cree en Dios cuando la fe es la vida, que su padre regresaría con un sombrero blanco cubriendo su cabello ensortijado y le diría, ven, ya es tu momento.

Transcurrieron años y la niña vestida de blanco se hizo mayor. Todos hablaban en el pueblo: La pérdida del padre la volvió loca, decían. La madre trató con médicos, expertos psiquiatras venidos de lejos, pero todo fue inútil.

Una tarde, apoyada en la dureza fría de la piedra, Celeste sintió en su rostro las manos arrugadas de un hombre tapándole los ojos. Recobró la sonrisa de repente, hasta que le vio. ¿Quién era? Tan viejo, sin sombrero y sin cabello enmarañado. Le siguió la corriente. El caso es que la voz... A veces el deseo nos engaña.

Su madre le recibió de otra manera. Primero con reproches y luego con amor. El amor perdido es nuevo cuando, pasados los años, se regresa diferente y con el bolsillo lleno. Celeste no veía así las cosas. Por eso cada tarde apoyaba sus frágiles brazos sobre la baranda de piedra y sin mudar el rostro, miraba al horizonte esperando, algún día, ver sus sueños regresar.

La tarde se despide callada. Dentro, tras las paredes de piedra, el hablar de las gentes resalta el contraste. Celeste no les oye, no les ve, no piensa en ellos. Sólo el mar le habla sin palabras, como la noche repleta de meigas y duendes. Al fin se convence de que solo hay una manera de ser ella misma. Lentamente baja la escalera, se descalza sobre la arena y con la vista al frente, dirige sus pasos al agua tranquila y terrible a la vez. El sol oculta sus últimos brillos cuando ella le sigue hasta desaparecer también.





El pintor mira su obra a los pies de la cama, en la pared de enfrente, sobre el mueble escritorio, ocultando el espejo donde antes habitaba su reflejo, donde se miraba cada noche antes de dormir. El pintor mira el cuadro y se da cuenta de que cada vez ocurre diferente, según el transcurrir del día, según el estado de ánimo. Lentamente sus párpados se cierran para iniciar el ciclo de una nueva historia. Celeste mientras, apoyada en la baranda de piedra, brilla a la luz del atardecer para siempre.


© BlasLeón

Texto agregado el 31-08-2006, y leído por 189 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2006-09-23 09:56:02 Un relato precioso, lleno de poesía y misterio. margarit a-zamudio
2006-09-21 09:48:45 Bonita pintura de esta Penélope marinera. Mis estrellas juanrojo
2006-09-20 11:13:10 Hermoso cuento, Blas. Me ha encantado, y sobre todo, destaco la poesía que emerge en los conceptos. Estrellas y abrazo. neus_de_juan< /a>
2006-09-18 11:04:30 Un relato maravilloso, lleno de poesía. Un pintor que sueña la historia de Celeste, una historia de ensueños secretos, de la credulidad de una niña que creyó en la mentira piadosa de su padre desertor, y que espera, eternamente, frente al mar teñido por el sol del crepúsculo. loretopaz
2006-09-13 22:41:19 A veces, la memoria es como acuarelas de colores... y los recuerdos, como esa niña celeste, de cabellos de caoba clara... esperando que algun rostro vuelva y le de un beso para vivir de nuevo. Precioso... que más puedo decir? Un abrazo. Thais
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