La noche caía en Iguazú, mientras la lluvia arreciaba. Aún así, el Guardaparque decidió regresar a su casa y no pernoctar donde su colega, en el otro extremo del Parque. Tomó su bicicleta y comenzó a pedalear, internándose a la selva por el sendero. Poco a poco el rugido de las cataratas se fue diluyendo, abandonando sus oídos a medida que el vientre de la selva comenzaba a tragarlo. Del foco de la bicicleta surgía un vacilante rayo de luz, que disminuía o aumentaba su fuerza según la velocidad de giro de la rueda, que movía el dínamo con un rumor monótono. Le sorprendió cuan largo parecía el sendero de noche y con lluvia, mientras que su viaje de día le pareció entretenido, con la viveza de los cantos diurnos, los follajes y flores deslumbrantes y las enormes mariposas azules que lo acompañaron a medio metro de sus ojos. Ahora, tras varias horas de pedaleo sostenido, a medida que el cansancio lo obligaba a disminuir la velocidad, la iluminación del sendero se tornaba más tenue, más imprecisa, pero al menos lograba ver unos metros hacia adelante. El agua de la intensa lluvia corría a chorro por su espalda y lo mojaba por todos los rincones del cuerpo. Su ansiedad por llegar se incrementaba a cada metro de recorrido. Las voces ocultas de la selva nocturna lo envolvían y, a veces, algún extraño ulular de seres desconocidos lo estremecía, desviándose el manubrio un instante, cuando instintivamente tendía su mirada hacia la espesura. Ya había recorrido más de treinta kilómetros y tan sólo le faltaban unos pocos más para salir de la selva y llegar al claro donde estaba su Guardería. Podía sentir que tomaba una ducha caliente y después de una cena reconfortante, entraba al tibio lecho donde unos pies suaves le darían la bienvenida. Comenzaba a reconocer los últimos recodos del sendero. Faltaban metros para llegar a casa cuando en una curva cerrada la luz de su bicicleta alumbró a un enorme jaguar, echado al medio del sendero. Antes de parar en seco y quedar rodeado de sombras, logró conservar la imagen del depredador inyectando profundamente en su alma el miedo a aquella mirada feroz . Alcanzó a ver las finas gotas de lluvia que se acumulaban en diminutas esferas brillantes sobre sus mostachos y sobre sus músculos salvajes, infinitamente más fuertes al verlos libres, desocupados, tal vez reservados para desgarrar su cuello en el próximo instante. El hombre se quedó paralizado, apoyado en el manubrio de su bicicleta, a pocos metros del animal, completamente a oscuras. La selva desapareció para él, todos sus pensamientos quedaron en ruinas decrépitas, inútiles, no existía más que la presencia invisible, la mirada de muerte cierta que lo acechaba. Quizás un inminente ataque sobrevendría. Ingenuamente pensó asustar al jaguar con la luz y, levantando la rueda trasera de la bicicleta, dio un impulso al pedal. El chorro débil de luz apenas iluminó al animal, que seguía observándolo fijamente. La luz sólo duró tres segundos. Una y otra vez pedaleó con la rueda en el aire tratando que el felino se fuera, pero de pronto comprendió que si el jaguar se parara sería aún más peligroso. Entonces, la posibilidad de un salto único y fatal sobre él terminó con sus últimas dosis de coraje y se rindió al miedo más espantoso. Ya no intentó iluminar nuevamente al jaguar. Se quedó inmóvil, mientras descendía su temperatura corporal y le dolía la lluvia. Después de permanecer quieto y en silencio largo rato - una eternidad cuando el pánico inunda las venas- levantó su bicicleta tratando de no hacer ni un mínimo ruido y emprendió el regreso, aunque le esperaran varias horas más de lluviosa selva nocturna. Y en cada recodo la imagen de un jaguar echado con sus ojos oscuros fijos en los suyos.
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