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Angela

Angela nació un hermoso día de Abril del 67.Cuando fui a verla a su casa, mi hermana estaba aún convaleciente por la cesárea que le practicaron, pero feliz por el nuevo miembro de la familia.
- ¿Has visto lo guapa que es?
- Si, es preciosa. Tiene tus mismos ojos.
- Azul cristal.
- Te he traído estas flores, orquídeas, tus favoritas.
Mi sobrina estaba en una cuna de mimbre, envuelta en unas sábanas blancas que llevaban su nombre bordado en rojo con lunares blancos. Al lado un cojín de dibujitos y una diminuta chupa le caía de aquellos simpáticos mofletes sonrosados.
Dos meses después de aquella visita la niña comenzó a tener fiebres altas que persistían. Al principio los médicos estudiaron la posibilidad de que fuese una fuerte gripe pero al ver que no mejoraba le hicieron una serie de pruebas. Sus defensas eran demasiado bajas por lo que temieron por su vida y mi hermana estaba cada vez mas hundida.
- Tienes que estar tranquila- le dije- La niña está en manos de los mejores médicos.
- Si, eso lo se, pero no puedo estar tranquila- me decía angustiada- Mi niña no mejora.
Efectivamente un virus la había atacado brutalmente, el cuadro clínico se complicó y nada pudieron hacer, Angela sufría una parálisis cerebral.
Esa niña inocente y ajena a su realidad, conquistó mi corazón a marchas forzadas. Cuando sonreía sus ojos rasgados se volvían tan pequeñitos que no dejaban rastro de aquel azul intenso que irradiaba al mirar, y su boca proliferaba una desordenada sonrisa, infantil, sana e inocente.
Siempre fui cómplice en su vida, compañera en juegos y aventuras, el cariño que nos brindaba a todos era desmesurado y sin límites. En el Instituto en el que doy clase desde hace siete años hay un módulo habilitado para niños especiales. Cuando la campana avisaba de la llegada del recreo, ella y sus amigas salían corriendo al patio a jugar, aprendían letras de canciones que luego tarareaban a todas horas. Angela llevaba siempre un pañuelo de color verde, lo llamaba su pañuelo de la suerte y se lo regalaron sus padres una tarde en el centro comercial. A veces se lo colgaba al cuello, otras veces en la cintura, en ocasiones lo usaba como diadema del pelo e incluso como pulsera- muñequera.
Era curioso observar como, con el paso de los años, todos íbamos cambiando físicamente pero los rasgos de mi sobrina permanecían invariables año tras año. Cuando cumplió catorce años, yo celebraba mi cuatrigesimoquinto aniversario, e hicimos una fiesta familiar en la que no faltaron los amigos de siempre. Ese día Angela comenzó a descubrirse poco a poco, empezó a reconocer diferencias entre ella y los demás, su expresión empezaba a cobrar consciencia de su realidad, pero ni aún en ese momento la vi llorar, como tampoco lo hizo con los crueles comentarios de algunos niños.
Los sentimientos son comunes a las personas con independencia de su capacidad, el desengaño duele en cualquier situación, el rechazo aunque se interprete de diferentes maneras también duele con la misma intensidad. Fue entonces cuando decidió que quería ser atleta y no hubo quien la frenara en su empeño. Solía acompañar a mi sobrina a los entrenamientos donde al principio se caía continuamente, no coordinaba los movimientos a esa velocidad y carecía de equilibrio. Cada tropiezo suyo me dolía en lo más profundo, pero su fuerza y valentía me daban ejemplo.
- ¿Estás bien Angela?
- Si tía.
- ¿No te duelen las piernas? Y ese rasguño en el codo debe escocerte.
- No me duele, de verdad.
Comprendí que en ella, que comenzaba a sentir el rechazo de la sociedad, el dolor del cuerpo no se podía comparar con el dolor del alma.
Toda la familia nos sentíamos orgullosa de ella, pendientes en cada momento de sus pasos, viendo con satisfacción cómo se crecía ante las adversidades multiplicando las ganas de superarse. Su sonrisa desordenada lucía espléndida cuando ganó la primera medalla en el campeonato del Instituto. Le siguieron más medallas, trofeos y placas conmemorativas. Su siguiente paso fueron los campeonatos nacionales y a estos le siguieron los internacionales. Angela era una persona feliz, constante, alegre, bondadosa, luchadora y desprendida.
- Tía, la próxima semana tendré unas pruebas muy importantes - me dijo- ¿Puedes acompañarme?
- Ya estoy de vacaciones - contesté- Claro que te puedo acompañar. ¿Dónde son?
- En el centro de preparación intensiva deportiva.
- Donde se preparan los atletas para las olimpiadas.
- Si, cerca de allí. De hecho las pruebas son para seleccionar a los candidatos que irán a estas olimpiadas.
Lloré de alegría cuando me lo dijo, no podía creer lo lejos que había llegado en la vida, conquistando sus metas y sueños. La seleccionaron y los siguientes meses no pudimos verla con la frecuencia que hubiéramos querido pero manteníamos el contacto a diario aunque solo fuese por teléfono. Se la notaba tan feliz que ya con eso llenaba todos nuestros huecos por su ausencia.
Cuando llegó el gran día, toda la familia y amigos nos desplazamos hasta la villa deportiva para vivir la olimpiada en directo. Fueron momentos muy intensos, de nervios para los atletas pero había llegado la hora de aplaudir a todos por su participación, por sus ganas, empeño y valía. Cuando Angela, en su categoría, ocupó el lugar principal en el podio, lloré de alegría por ese espíritu fuerte de corazón incansable y enorme tenacidad, que subida a lo alto mostraba la más hermosa de las sonrisas.
Hemos sido tan testigos de sus éxitos como de sus fracasos y realidades pero sin duda su mayor logro ha sido mantenernos a todos firmes y unidos por una tela especial blanca y limpia como la que cubría su diminuto cuerpo el primer día que la vi, en aquella cuna de mimbre.

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Dedicado a Graju, un buen cuentero y amigo. Por su propuesta e invitación a escribir.


Texto de claraluz agregado el 02-09-2006.
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