Dedicado a Sintoma.
Plutón, la novena roca del sol
Plutón está cubierto, en toda su superficie, por una gruesa capa de hielo lisa y brillante que hace destellar al cielo, oculto entre densa neblina, como una eterna aurora boreal. Esta placa de espejo da la impresión de que el mismo planeta no existe y sólo es una mera repetición del cielo, un vacío. Sin embargo, hay puntos en donde la interminable pista se quiebra dejando grandes acantilados de los que emana música muy suave, y dentro se extienden filas y más filas de cuevas y pasadizos. Allí lleva cuatro años vagando Sirión.
Llegó desde cincuenta y tres galaxias más allá de ésta, en su nave de una tecnología tan avanzada que sólo tenía un botón de encendido, con el que se le daba marcha a la máquina que cargaba un programa de piloto automático, y uno no tenía más que sentarse y esperar. Desafortunadamente cuando la nave de Sirión aterrizó sobre su destino, en Plutón, la capa de hielo la hizo deslizarse hasta caer por una de las quebraduras y perderse en los vacíos y eternos pasillos de Plutón; en donde Sirión, que logró escapar a tiempo de la tragedia, la busca desde hace cuatro años, anhelando volver a ver ese botón de encendido más que otra cosa, más que otro pedazo de hielo, más que el origen de la suave música que se esparce por todos los pasillos que cree conocer de memoria. Las largas jornadas de búsqueda han deshecho sus ropas y ahora anda desnudo. El intenso frío de plutón le ha resquebrajado la piel y ya no siente. Desde hace mucho que no duerme pues una especie de congelamiento se apoderó de sus ojos, que ya no buscan descanso y cada día ven menos, perdiéndose en una neblina de leche, siempre blanca y espesa. A veces, en los días que sus ojos reniegan más, tiene que ayudarse con las manos para seguir su búsqueda por los pasillos, y al cabo de una hora sus manos sangran yagas abiertas y van dejando una estela en las paredes. Hoy es un día de esos.
Sirión a menudo se pregunta, cómo ha podido sobrevivir a este infierno de hielo perpetuo por tanto tiempo. A veces sólo ronda los pasillos buscando, más que su nave, la propia muerte. Es cierto que él fue elegido entre todos los habitantes de su planeta por ser el más calificado, pero también es cierto que en estos cuatro años no ha probado bocado alguno. Lo que no sabe es que la música, que baila cadenciosa por todo el interior de Plutón, nutre a cualquier ser vivo y sería más que suficiente para llevar una vida apacible y sin complicaciones: pero para Sirión es muy importante encontrar la nave, cumplir su misión y poder regresar a su anhelado planeta. Su tarea es sencilla: armar una especie de tripié tubular que, una vez instalado de acuerdo a las instrucciones, transmitirá un importante mensaje a todo el sistema solar. El contenido del recado transgaláctico, Sirión no lo sabe. Se limita a seguir órdenes y por eso sigue rondando los pasillos, dejando caer chorros de sangre por las manos, sintiendo las frías paredes que parece conocer de memoria hasta que: “¿Qué es esto?” No se parece a ningún material con el que Sirión hubiera tenido contacto en los últimos cuatro años. Lo examina, embarrándolo de sangre, hasta que descubre con un agrado acompañado de una especie de cascada caliente en el estómago, de satisfacción: es su nave. Abre los ojos y entre la neblina de leche puede ver, apenas, las múltiples abolladuras y rupturas que presenta el armazón. La emoción le permite sacar fuerzas para aclarar un poco su visión, y guiarse hasta uno de los agujeros por el que ingresa al, invadido por hielo, cómodo interior del vehículo.
Una vez adentro, Sirión va hasta donde sabe que está el aparato que venía a instalar. Restándole importancia, y sólo anhelando terminar su estúpida tarea, lo instaló como pudo y luego regresa de un brinco a la nave. En donde el botón en el tablero de mando lo espera como el santo de un templo. Presiona el botón y no sucede nada. Sólo queda la música de Plutón en el fondo, aguardando. Pasan los segundos y luego de unos momentos de incertidumbre el armatoste se agita una, dos veces, y después vuelve a quedar estático. Una voz pregrabada interrumpe la música de Plutón diciendo: “ES NECESARIO COMPLETAR LA MISIÓN ANTES DE EMPRENDER EL REGRESO. POR SU ATENCIÓN: GRACIAS”.
Entonces Sirión vuelve a salir, examina el tripié tubular por todos sus rincones, luchando contra la espesa niebla que le habita en los ojos y, riéndose de si mismo, encuentra un botón de encendido en el que no había reparado antes, lo presiona y vuelve a entrar presuroso a la nave, satisfecho de si mismo. Segundo intento de apretar el botón: otra vez la nave se mueve bruscamente un par de veces, y luego de nuevo el mensaje “ES NECESARIO COMPLETAR LA MISIÓN ANTES DE EMPRENDER EL REGRESO. POR SU ATENCIÓN: GRACIAS”.
Refunfuña. Respira hondamente y luego va exhalando el frío aire por partes. Tratando de calmar sus ganas de agarrar a patadas a la nave, al maldito tripié, a todo. Entonces recuerda que había un par de papeles con las instrucciones de uso para el transmisor. Su cara se ilumina, es la última salida. Corre por ellos y, mietras va manchándolos con los restos de sangre de sus manos, va leyendo. La visión se le comienza a nublar de nuevo poco a poco, perdiéndose en el mar de leche. Dejando sólo la música que flota por el lugar, el ardor de las manos sangrantes, las instrucciones que cada vez se ven menos claras. Entonces comienza a leer con rapidez, cerrando los ojos para enfocar bien, sacudiendo la cabeza para apartar un poco la ceguera. “Eso ya. Eso también. Ya. Ya.” Y al terminar de leer, se da cuenta de que ha hecho todo conforme a las instrucciones que leyó al menos veinte veces en su viaje de camino a aquí. Un rubor le colorea todo el cuerpo, es de pena y enojo. Poco a poco su visión amenaza con perderse para siempre, ahora sí son los últimos momentos en los que Sirión podrá ver a duras penas lo que se le alcanza a colar a la niebla. Y entonces luego de volver a leer cinco veces la hoja, se da cuenta que al final hay una línea de letra pequeña. Imposible de leer en su estado de ceguera avanzada. Pero es su última salvación, tiene que esforzarse y lograr saber qué dice, qué es el misterio que se desentrañará para poder cumplir esa idiota misión y por fin volver a casa, volver a pensar en ser feliz. Sus ojos, piadosos, deciden otorgarle unos últimos instantes de claridad, y así Sirión alcanza a leer:
“Es estrictamente necesario, para la misión, que el transmisor sea instalado en el último planeta del sistema solar. Si no se hace así, éste no funcionará nunca.”
Días antes un grupo de astrónomos se reunía en la tierra para definir qué era un planeta, y cuales cumplían esas características. Dejando sólo ocho, de los nueve que siempre contemplaron desde el planeta de Sirión.
Adiós Plutón. |