La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - CHEwy - 'Recuerdos de una noche'
Recuerdos de una noche
Caminábamos juntos con aquellos hermanos, cantando las viejas canciones de protesta, con el corazón en la boca y la dignidad inflándonos el pecho orgulloso. Éramos hermanos no en nuestras casas, no en nuestros gustos; no éramos hermanos sólo por el hecho de pertenecer a una misma especie, por hablar una misma lengua. Ni siquiera éramos hermanos en nuestros ideales. La hermandad, la unión, venía del sufrimiento, de la indignación. Nos oprimía la garganta a todos, una garra furiosa y quemante, la agonía de nuestros derechos, de nuestro ser, la bronca de la desigualdad, la perdida de nuestra libertad. La liberábamos en nuestros cantos, en nuestra marcha, juntos, como hermanos, como compañeros en una lucha estéril.
Corría 1976 aquella tarde en La Plata, marchábamos por un país mejor, con ideales latiendo en nuestras venas y los ojos llenos de esperanzas, marchábamos por lo que en ese entonces considerábamos debía ser la libertad. Nos parecía algo tan simple, tan inofensivo. Yo vivía a unas diez cuadras del colegio Nacional, mi padre aun vive allí, siendo asesinado día a día por el humo de los autos del Diagonal 80. Esta viejo y yo le he pedido en reiteradas ocasiones que por favor se mudase a un geriátrico. Desde Estados Unidos yo puedo hacer poco para aliviar su dolor, el dinero es un inútil papel de colores a la hora de la muerte. Pero es obstinado y se niega rotundamente a morir en otro lugar que no sea allí, en la vieja casa de antaño, la casa de los recuerdos y las penas.
Tomaré especial cuidado para que no se entere de mi suicidio.
La protesta pacífica era para mí una rendija, un arañazo a las paredes de ladrillos que nos impedían respirar, que nos sofocaban y se iban haciendo cada vez mas altas y gruesas. Y del otro lado... del otro lado la libertad, debíamos derribar el muro, golpearlo, empujarlo, arañarlo. Arrojarnos contra una pared de cemento sólido a cien kilómetros por hora, unidad de velocidad, distancia sobre tiempo. De cemento, de ladrillos? No... de escudos policiales, de balas, de gritos, de dolor, de desaparición.
El fuego de las armas, los cuerpos cayendo como títeres a los que les acaban de cortar las cuerdas, los caballos chocándonos, macanas de acero fracturando cráneos; un sueño, una ilusión. El desbande parecía irreal, en un momento me encontraba caminando orgulloso, el pecho inflado, el mentón en alto, estaba defendiendo algo mío, trataba de arañar el muro. Luego el muro se me había caído encima, y había surgido otro muro aun más sólido, y los muros me rodeaban, grises e implacables, y yo los arañaba, y mis hermanos los arañaban, y luego se estrellaban contra ellos reventando como bombitas de agua en un carnaval, bombitas llenas de pintura roja. Al instante siguiente estaba solo, mis compañeros habían reventado contra las paredes como huevos en una sartén. Pegadas en todos los rincones colgaban pestilentes los intestinos y las carcasas sin vida, símbolos vanos de grandes ideales. Y a mí alrededor, la respiración acompasada de los muros y la soledad.
Un muchacho de unos dieciséis años cayó sobre mi hombro. Al sentirse herido se había dejado desplomar y de milagro había caído sobre mí. A lo lejos los disparos seguían rugiendo en la avenida. De alguna manera yo me había alejado, y ahora sujetaba a aquel muchacho acribillado que dejaba un regadero de sangre a su paso.
Mire alrededor, estaba atrás de la facultad de Ciencias Exactas, no sabía cómo pero había llegado hasta allí. Otro sujeto pasó corriendo cerca nuestro. “Capo! Ayudame, le pegaron un tiro!”, el otro se dio vuelta, sin dejar de correr, apenas aminorando la marcha. Tenía pelo largo y los ojos pequeños y negros, ojos de un conejo asustado. Exhaló con ímpetu, negó con la cabeza, más a sí mismo que a mí, y siguió corriendo, aún más rápido dándonos la espalda. Inconsciente y cegado de furia le grite: “Hijo de puta!, Cagón! Nunca vamos a ganarle a estos milicos, me oís? Somos patéticos, PATÉTICOS!”. Tome al muchacho de dieciséis, yo ya había asumido que tenia dieciséis, que estaba a medias conciente y nos metimos por una de las ventanas de los laboratorios del subsuelo que se encontraba abierta.
Apoye al pibe delicadamente sobre una silla, cerré la ventana con traba y puse unas cortinas. De pronto allí estaba, con un completo desconocido que ya deliraba de fiebre, en medio de la más absoluta soledad, y el silencio sólo interrumpido por el repiqueteo de las botas policiales que ya se encontraban rondando la facultad.
Me acerqué a examinar la herida del muchachito, apenas un año más chico que yo, si es que realmente tenía la edad que yo había supuesto. Tenía la mano derecha acribillada, le faltaban los dedos índice y meñique, y el pulgar era un callo sanguinolento del que se asomaban blancas, en contraste con la carne desgarrada, las astillas de los huesos. Toda la mano de hecho estaba reventada, las osamentas salían de la piel como gusanos blancos y duros y la carne viva latía rítmicamente. Allí estaba la mano que había tendido a otros, una mano de solidaridad, de amistad, de paz... ahora era solo un muñón destrozado junto con los ideales que ella misma había representado. Se la vendé con una de mis medias, pero aun así no pude contener la hemorragia. Estuvimos toda la noche allí, calentándonos el uno al otro con el calor de nuestros cuerpos, acurrucados en un rincón, bajo un gran matraz con agua sucia. Unidos por el sufrimiento.
No me animé a sacarlo, los militares seguían rondando toda la manzana y estaba convencido de que nos acribillarían. Mas tarde me odiaría a mí mismo por aquella cobardía. Murió desangrado durante la noche, jamás supe su nombre ni su edad verdadera. Cuando me moví aquella mañana después de permanecer toda la noche tieso como una tabla, él ya estaba rígido. Salí con la ropa ensangrentada por el mismo lugar por el que había entrado, no lo moví del lugar donde yacía. Salí, cobardemente por la ventana, sin que nadie me viera. El sol poniente me vio con reproche pero no dijo nada. El ocaso platense sabe guardar sus secretos. Aquella noche lloré en mi casa, en los brazos de mi madre, lloré por mí, lloré de bronca y de miedo, lloré por mis amigos secuestrados, por mi libertad perdida y por aquel muchacho de dieciséis. Y supe que la libertad se resumía a eso: a un muerto anónimo en aquel frío laboratorio de química, en una noche de 1976.
Nota del CHEwy:
Antes que nada quiero aclarar que tengo 19 años y que esta historia es una ficción. Sin embargo la bronca, la indignación y el episodio histórico al que hago referencia, (la dictadura Argentina del 76)son lamentablemente MUY reales. Decidí no hablar de ningún episodio histórico en particular, puesto que lo que quería expresar era el enojo y la actitud terrorista del Estado, y para ello me bastó relatar una manifestación ficticia cualquiera. Elegí chicos de secundario para poder darle un toque más romántico, a esa edad uno se mueve mucho más por ideales que por intereses políticos o de otra índole.
Estoy escribiendo esto en pleno verano, básicamente influenciado por un libro de ciencia-ficción que acabo de leer de una escritora, a mi parecer, excelente llamada Ursula K. Le Guin, llamado “Los Desposeídos”. De hecho, la imágen del chico muerto en un sótano oscuro con la mano destrozada es de ese mismo libro, y es, básicamente, la razón por la que escribí este cuento corto, que tal vez continué algún día usando esto a modo de introducción, como historia del protagonista que más tarde se inserta en ese mismo Estado que trato de “rajuñar”.
Bueno, en fin, me despido. Un saludo muy grande a todos, especialmente a Lopa por prestarme su libro. Suerte en la vida.
Texto de CHEwy agregado el 21-01-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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