Vamos a poner las cosas en claro de entrada, Oscar Rufino es un hijo de mil puta.
En un país donde la justicia se vende al mejor postor, las posibilidades son absolutas.
Desfalcos, crimen y prostitución son su religión.
Durante una pequeña temporada, Rufino, buscó en las barriadas, a las bellas y tontuelas muchachas. Por un plato de comida seguro; y un balsámico cuartucho, el rufián, entregó sus galanuras y algo más.
Pero tan misteriosamente como interrumpía en las apáticas vidas de las jovencitas, desaparecía convirtiéndose en un doloroso recuerdo.
Cajones secretos abiertos: alguna medallita valiosa sustraída. Era todo lo que dejaba tras sus pasos.
No sé, qué podemos decir, para justificar su actos. Una madre entregada al vicio del alcohol, un padre ausente, que no tardó en desaparecer. Más tarde los golpes de mamá. Después el orfelinato, el abandono; más golpes y las manos manoseándole en los baños.
Días grises. El encierro. Las rejas, un patio empedrado...y un hogar destruido,quedaron sepultados en un corazón de piedra.
Don Ramiro observa al temeroso pelirrojo. – le puedo jurar jefe, él se metió con su hija...lo vieron salir del Armenonville...después la llevó a su departamento.
No fueron necesarias muchas palabras. La orden fue clara y precisa. Los tres vehículos se pierden en el laberinto de calles empedradas...en las cinturas las armas reclaman sangre.
Un indeciso farol ilumina la triste casa. La noche es clara, serena, como un beso cálido y ansiado.
Una puerta se abre. Dos sombras se proyectan en la acera. Los vehículos avanzan rompiendo el silencio. Las manos contienen las armas dispuestas. Un fogonazo; el estruendo encuentra su eco justo,Y esmerado. La bala rueda, quebrando el aire, buscando su blanco...un giro perfecto.
Sin esfuerzo antepone su cuerpo...ella cae...el pelirrojo grita, sabe que deberá pagar con su vida.
Oscar sonríe, y esa sonrisa, es la de un niño...salta una tapia, y se pierde entre patios ya presintiéndose leyenda.
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