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Inicio / Cuenteros Locales / paulocho / Espíritus del Desierto

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El camión nos dejó en pleno desierto. Nos había aventado algunos kilómetros, pero debía desviarse de la carretera hacia el interior, por lo que decidimos bajarnos en el cruce. Mi amigo y yo veníamos viajando “a dedo” desde Arica, regresando hacia Valdivia, en el otro extremo del país. Eramos como un par de mochileros, pero sin mochila, sin saco de dormir y sin dinero; más bien unos peregrinos. Habíamos decidido usar nuestras vacaciones estudiantiles de verano para salir a conocer el norte de Chile y lo estábamos conociendo con toda su crudeza, sin llenarnos de equipos, provisiones y mapas: a lo que la vida nos depare y que dios nos ampare.
El amplio paisaje desértico nos ofrecía su inmensa soledad. La carretera panamericana era una larga línea recta que hacia ambos lados se terminaba en un temblor de aguas de espejismo por la radiación del cemento. Poco a poco, se acumulaban las horas de espera sin contenido. Sólo espera, calor, hambre y sed. El día, paulatinamente se fue enfriando y el cielo azul se puso rosado, sin una sola nube. Nada pasó, ni un solo vehículo durante todo el día. Cuando la tarde ya se iba, surgió de la nada un camión con sus luces encendidas; le hicimos dedo, pero ni siquiera disminuyó la velocidad. De nuevo nos envolvió el silencio y una salvaje amplitud que se colaba hacia los rincones más internos del alma. Caminamos por la carretera más que nada para tener alguna actividad y no morirnos de tedio. Al caer la noche, llegamos a un pequeño pueblo de casas pequeñas de color blanco, completamente abandonado. Era la primera vez que yo veía un pueblo abandonado. Aunque en ese momento no lo sabía, se trataba de un pueblito salitrero, cuyos habitantes vivían en torno a la producción del salitre . Cuando el salitre fue reemplazado por un fertilizante artificial creado en europa, llegó la ruina a la industria salitrera y estos pequeños pueblos, otrora activos y bullentes, quedaron vacíos de la noche a la mañana. La penumbra se hacía cada vez más espesa y las calles solitarias del pueblo blanco no nos invitaron para nada a entrar en ellas. Ya las sombras se habían apoderado del pueblo y resaltaban las siluetas blancas de las casas, los almacenes y bares abandonados. Una poco grata sensación de vacío y , nos impidió entrar al pueblo a buscar algún lugar que nos sirviera de refugio para pasar la noche. En cambio, cerca de la carretera y a cierta distancia del pueblo, una depresión cualquiera de la arena nos pareció suficiente para tender nuestros cansados cuerpos y tratar de dormir. Habíamos encontrado un periódico viejo y repartiéndonos las hojas las usamos como frazadas. La noche del desierto se apoderó con total decisión de los espacios y pronto llegó inesperadamente un frío congelante, junto a una niebla espesa, cargada de finas gotas de agua. Llegaba la famosa neblina costera, la Camanchaca, la que durante las tardes, aburrida de tanto mar se interna en el desierto buscando a quien mojar. Mucho gusto en conocerte, Camanchaca, alcanzamos a decir antes de recogernos como fetos a pasar una helada y húmeda noche. Algunos instantes cercanos a la madrugada logré dormir. Llegando los albores del día, desperté y miré a mi amigo que aún dormía, completamente cubierto de papel de periódico, como un extraño paquete abandonado en medio del desierto. Los papeles estaban completamente mojados, casi pegados al cuerpo, pero algo nos abrigaron después de todo. Me senté desperezándome y apartando los periódicos mojados. La tonalidad rosada de la mañana cubría desde el cielo a los cerros del horizonte y llegaba hasta el borde de los párpados a dar los buenos días. La calma absoluta –sin Camanchaca, que ya había retornado a sus roqueríos oceánicos- era un verdadero bálsamo que compensaba la noche de perros recién pasada. Antes que mi amigo se levantara, de pronto sentí un griterío. Como indios en pie de guerra. Miré hacia todos lados, pero la soledad era total. Los gritos comenzaron a aumentar de intensidad. La sorpresa me impidió intentar despertar a mi amigo y me quedé absorto escuchando. De pronto, el sonido de una estampida de caballos al galope comenzó a acercarse, pero nadie venía. Sentí la velocidad del acercamiento, junto a los gritos cada vez más fuertes. De pronto, creí que de algún lado aparecerían corriendo los jinetes. Antes que los caballos me golpearan al saltar sobre mí, me tendí en la arena, tapándome la cabeza con las manos, esperando ver los cascos de los caballos recogidos por el salto inminente y granos de arena que me golpearían los ojos. De un instante a otro, los gritos cesaron y el ruido de los galopes también. Me enderecé otra vez, y la calma rosada del desierto seguía ahí, sin nadie en el amplio horizonte, excepto mi amigo, que se despertaba, sacando los diarios húmedos de su cuerpo.
- ¿Sentiste ? – Le pregunté, al borde del pánico.
- ¿Qué cosa? – me contestó, totalmente ajeno a la estampida de caballos y a los gritos de guerra que cruzaron sobre mi cabeza.

Texto agregado el 14-09-2006, y leído por 28 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2007-10-09 01:32:27 Se hace muy ameno leer, estas historias fantásticas que rozan el terror clásico. Me hace recordar viejas historias que contabamos cuando era niña en el colegio. Pasaba noches sin dormir, pero en realidad transportan imagenes bellas. Selkis
2006-09-17 23:10:34 Los espiritus se hicieron sentir solo para ti...¡ que hermosa experiencia... todo un regalo!!/ Un beso azul... NANAI
2006-09-14 11:51:21 eso sí que fue una gran aventura!!!! elidaros1
2006-09-14 01:13:51 Espectacular!! me alegro de haberte leído, es un muy buen texto, además del paseo en el desierto, nos hiciste poner la piel de gallina. Escalofriante final. Besos y estrellas. Magda Gmmagdalena
2006-09-14 00:51:58 Me gustó. honeyrocio
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