Muchas tardes, desde esta ventana observo a los viandantes cruzar el puente. La música me acompaña en esta ocasión, un grupo de artistas improvisa un escenario encabezado por el melodioso saxofonista, que sentado en un pequeño taburete contonea su cuerpo siguiendo el ritmo. A su derecha está el violinista, un señor de escasa estatura y poblado bigote. Le sigue el más alto de ellos, un joven corpulento que apoya su violonchelo en una silla. Y en el extremo, una joven de piel blanca hace sonar su viejo acordeón de color rojo charol.
También me llega el rumor del agua, es el molino de mi jardín. Ya estaba aquí cuando compré la casa, también el robusto árbol que cobija las plantas y da sombra a las ventanas. Sigo la mezcla de sonidos y mi mirada se pierde sobre el fino velo que cubre la ciudad, el rojo de sus tejas.
Las paredes de este bello lugar hablan, cuentan historias, saben que nacieron con un fin. En tiempos lejanos, una joven aristócrata soñó con una hermosa ciudad a la que se accedía subiendo un escalón. La retuvo en su mente y al desposarse con el rey la convirtió en su proyecto. Aquel sueño se hizo realidad, nació esta ciudad y la llamó escalón. En mi lengua escalón se pronuncia “prájha” y se escribe Praga. Todo se hizo con esmero, las casas cobraron vida, las paredes hablaban y escuchaban como el resto de habitantes del lugar.
A la reina le gustaba perderse por las calles y bajaba al río donde mojaba sus pies descalzos mientras leía algún libro. Tenía por norma acudir a la capilla de palacio y allí hacía acto de confesión todos los días. Su esposo, el rey, hombre tosco e inseguro vivía sumido en un ataque de celos pensando qué pecados podría cometer su esposa para tener que confesarse tan asiduamente.
Un día se enfrentó a ella y quiso obligarla a desvelar esas confesiones, pero la reina se negó y no respondió. Atónita observaba la actitud de su esposo que por entonces había hecho llamar al párroco exigiéndole levantar su secreto de confesión, pero de su boca no salió palabra alguna.
Los muros del palacio real vivieron en primera persona esta escena y se la contaron a sus paredes vecinas, estas a su vez hablaron con sus otras vecinas hasta que llegaron a oídos de las paredes de mi casa. La ciudad entera se hizo eco de la situación y del fatídico desenlace, aquella misma tarde el rey ordenaba arrojar al párroco por el puente para que muriera ahogado. Hoy unos turistas se hacen una foto en el lugar de los hechos donde se ha levantado una estatua en honor al párroco fiel.
Los viandantes se mezclan en un ir y venir. Muchos de ellos están de paso por la ciudad, de vacaciones o tal vez por motivos laborales puntuales. Otros somos oriundos del lugar, vecinos y conocidos desde hace tiempo y aplaudimos a la luna que hizo soñar a aquella joven y al sol que puso en marcha el proyecto. No olvidamos la genialidad de los arquitectos al adornar las casas con esos enormes ventanales, ojos observadores y guardianes de la ciudad. Fueron magos de la creación que consiguieron embrujar cada rincón donde hoy perduran ecos del ayer que nos recuerdan que Praga nació para soñar en ella.
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