Mi abuela, con sus lúcidos 89 encima, aún cuando la ocasión lo amerita repite: “La vida es un Tango, y el que la baila es un loco”.
Hermosa locura la de ella, que con todos sus bien vividos años, se ve que ha sabido hacer de cada día una aventura. Si contara todas las anécdotas que en incontables noches he escuchado de ella, seguro que me pasaría más tiempo del que creo para decirlas todas.
Me parece que la especie de la que forma parte mi abuela, está en serio peligro de extinción. A este mundo en el que vivimos le falta de esa hermosa locura que antaño se veía con más frecuencia. Hablo de esa locura simple, sin más anhelo que hacer de cada día algo hermoso para recordar, de vivir cada instante como si fuere el último. Esa locura que te permite ver en cada persona a un amigo. Esa locura que te hace perdonar todo y dar gracias cada mañana por la vida concedida.
Repasando mi vida, y al la luz de lo anterior me he dado cuenta que he hecho bastante poco por vivir de verdad. Me he pasado la mayor parte del tiempo encasillado en esta sociedad que me dice que es lo que está bien y que no lo está. He seguido como buen ciudadano todas las normas de buena conducta que un hombre en sus cabales debe seguir. En resumen, he sido un numerito más de este mundo que se mueve siempre en el mismo sentido, y por lo tanto mi paso por aquí ha fluido sin molestar ni agradar demasiado a nadie.
Vaya sorpresa, teniendo un modelo tan cercano, no he sido capaz de imitarlo por cerrar mis ojos y solo abrirlos para lo que es políticamente correcto.
No sería difícil en realidad, abrir el corazón y comenzar a vivir desde mi y no desde el mundo. Hacer lo que en realidad me gusta y no lo que me dicen que haga, vestirme como deseo y no como me lo dictan, ver en todos a un amigo y sentirme satisfecho cada día solo por el hecho de haberle tendido la mano a alguien que lo necesitaba. Andar más lento por la vida y tomarme más tiempo para los míos y menos para lo que no tiene importancia.
Hermosa utopía esta, que seguramente si me lo propusiera no sería gran tarea de convertir en realidad. Pero para llegar a ser algún día como mi abuela, todavía tengo una traba por salvar, y es que, como ella misma también dice: “Para que un Tango se vea hermoso, siempre se requiere bailarlo de a dos”.
M.A
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