El silencio es mi mejor aliado, sólo con el puedo hablarte. Sólo a través de la búsqueda, de tu constante búsqueda, las horas adquieren sentido.
Era de esperarse - a ella siempre le gustaron los poemas y los cuentos - que comenzara a anhelar la figura mágica y perfecta de los finales felices. Percibía su presencia a cada paso de su recorrido diario, en el subterráneo, en el trabajo, o en plena avenida principal. Aunque en ningún otro lugar con tanta fuerza como en su propio cuarto.
Su propio cuarto. Su propio espacio. Su propio mundo de cielo gris de horizonte crema, con un sol amarillo fluorescente. De días oscuros y noche claras.
Las paredes las había tapizado con hojas nutridas de grandes versos y fragmentos selectos. También las había adornado con fotografías de escritores famosos y alguna que otra celebridad. Convirtiendo aquel pequeño espacio en una inefable antología repleta de belleza.
No hubiera querido destruir aquel modesto pedazo de su propia esencia, pero ese sentimiento de vacío se hacia cada vez más perturbador. Aquello que buscaba se encontraba en su habitación, y aunque en realidad no podía verlo, podía sentirlo en el aire que le oprimía el pecho.
Fue entonces cuando arrancó aquellos escritos con una furia inusitada. Tomó con sus manos los textos que tanto valoraba y no sin cierta complacencia, se los comió.
Las letras se convirtieron en su alimento.
El sabor de las páginas le dejaba un gusto dulce en sus labios. Pero en su interior persistía la sensación de necesidad. Para la estudiante de tercer año de filología había algo allí, escapándosele de las manos justo un instante antes de que pudiera atraparlo. No podía verlo (es cierto), no podía nombrarlo. Pero estaba allí, de eso no tenía dudas.
La felicidad, ese ente travieso e inquieto le jugaba una mala pasada. La observaba recostada sobra la cama, sonreía, daba alguna señal de existencia, y volvía a escapar.
Allá va, salta, corre y vuela de pared en pared, por el techo o por el suelo. Se mueve en ese dormitorio con total libertad. Se insinúa en todas partes y luego continua con su juego cruel, huyendo divertida y complacida consigo misma.
La estudiante desespera, pero solo piensa en continuar.
La realidad, ese otro bicho raro es ahora quien la ataca. Mordiéndola, pinchándola, susurrándole al oído que es el único ser con el que podrá hablar. Que siempre estará persiguiendola y hostigandola. Ineludible e irreductiblemente. La mira con ojos asesinos, hiriéndola con el paso de las horas. Diciéndole que está loca, que su lucha es una lucha sin sentido, que está haciendo el ridículo, pues no hay ningún tipo de ser en la habitación. Que está sola, completamente sola.
Casi no quedan papeles en las paredes. Abandonada a la amargura, comienza a destruir todo lo que encuentra a su paso, sus manuscritos en el escritorio y algunas cosas de valor.
¡Pero finalmente lo logrará! Sus manos con un golpe de suerte tan común en estos casos, han atrapado al bichito escurridizo, que se ha quedado inmóvil, conmovido en lectura de una nota olvidada en un rincón debajo de la mesa. Solo bastará que la vea en esas líneas escritas hace tanto tiempo por algún admirador.
En medio de esas palabras, está lo que tanto buscaba.
Justo en este momento, su madre toca la puerta antes de que comience a leer aquel pedazo de papel ¡No pierdas tu tiempo aquí encerrada! ¡Vamos la cena ya esta servida!
No lo leerá. No leerá el pequeño mensaje. Mañana tal vez lo arrojará a la basura, y no se dará cuenta. Seguirá buscando ese bichito incierto en nuevos versos pegados en sus paredes, o en páginas prestigiosas de grandes obras literarias, dejándose llevar por el encanto de aquellos textos. Otra vez llorará, olvidando quizás, que lo agradable y lo sublime también se esconde en escritos sencillos.
Pero yo confío en ti. Volveré aquí cada noche. Quiero verte enamorada. Ver ese suspirar de dicha que se escapará incontenible de tu pecho. Ser testigo del momento exacto en que tus ojos derramarán las primeras gotas de lágrimas alborozas y llenas, esta vez, de felicidad.
Emprendo entonces vuelo hacia horizonte, donde ya es de día. Puedo escuchar el rumor de las aguas. Sentir el suave mecer de las ramas de los árboles donde las aves aún reinan en sus nidos.
Donde la naturaleza todavía no fue destruida, inundada de ternura una joven deshoja margaritas ¡Si tan solo se fijara en los girasoles!
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