Desde siempre me intrigó el dolor.
A la edad de cinco años, ya andaba provocándomelo.De alguna manera,
las muecas que hacía al retorcerme, me daban placer.
Pero el tiempo pasó, y mi dolor ya no era suficiente. Un instinto
natural, hacia que me detenga, aunque el placer era inmenso, mi
cerebro no estaba educado y el dolor en algún momento se limitaba.
Sin querer, cierto día que ya no recuerdo; vi cruzar un perro por la
avenida, cuando como por envío de fuerzas externas a lo humano, me
mostraron una revelación.
Ver como aullaba ese animal, desesperado porque sus caderas estaban
aplastadas contra el piso, motivó en mi una excitación que ni la
mujer mas bella, ni las obras de arte mas preciadas, ni siquiera los
incunables literarios que en mi biblioteca habitaban podía darme.
Ese día supe como serían los demás.
Fui hasta casa, tomé al gato, y lo até con cinta pack contra la
mesada de la cocina. Procuré que sus patitas no se movieran y lo
encinte por la cintura, las patas y el cogote, tratando de no
ahogarlo.
Procedí a rociarlo con agua hirviendo. Solo un poco, pues demasiado
podía matarlo rápidamente. Sentí un cosquilleo en la entrepierna
inmediatamente...pero no era suficiente. Le vacié los ojos con una
cuchara, y luego desmembré sus extremidades lentamente. Hice
torniquetes en cada muñón para que no se desangrara, y como frutilla
lo desollé.
Al instante mismo de quitar la piel de sus orejas, nariz y lomo, una
electricidad recorrió mi espinazo y se posó orgásmicamente en mis
genitales...
¡Era el sumun!. Lo máximo.
Pero luego no me bastó.
Destripé perros, herví conejos vivos, destapé tortugas y tatu
mulitas; cierta vez, introduje un poste de luz en el ano de una
vaca; de forma muy lenta y precisa, hasta que reventó por dentro y
la hemorragia cubrió toda la depresión del monte donde había
consumado el hecho; me dormí en ese charco de sangre, barro, tripas
y estiércol, lo hice desnudo, esperando que sus fluidos, me dieran
el placer orgiástico que siempre resultaba de estos "regalos" que me
hacía.
Pero no pasó nada.
Soledad, una inmensa soledad y un vacío gigante, llenaron -vaya
ironía- mi copa.
Y fue cuando vi a Maria Eugenia.
Tierna, inocente, me observaba en el lecho de amor que había creado
con esa vaca. Tierna, inocente, como esa vaca. Quieta, inocente y
sumisa, como la vaca.
Vaca y mujer; nena y divinidad para ser tomada.
¿O solo Dios tiene derecho a recibir sacrificios? ¿No estamos hechos
a imagen y semejanza? ¿Porque nos han prohibido recibir ese éxtasis
celestial?.
Carne y energía se entremezclan. Carne, sangre y energía; trinidad
espacial dispuesta por Lo Natural. Orden de sangre, músculos,
fluidos y naturaleza. Todo fundido en uno.
Me faltaba Maria Eugenia.
Tomé sus manitas suavemente. Hermosa imagen, divina imagen. Un
hombre desnudo, cubierto de las esencias de la creación. Sangre,
carne, tierra. Fluidos de toda índole, mezclándose como en el
Génesis. Creando. Dando vida.
Desnudo como estaba, bañado en esa aparente mugre para los ojos
profanos. Pero no para ella, que era todo inocencia. Ella me veía
como lo que soy. Un hombre en busca de la integración con su Yo y el
Yo de los demás. Un hombre que solo quería integrarse con ella. Un
hombre, después de todo, que solo buscaba la eternidad.
Un hombre.
Un ser.
-Polvo al polvo- dije
-¿Papa?- balbuceó.
Polvo al polvo amorcito...polvo al polvo...
|