La transformación era asombrosa, la mujer de los pants grandes y sudadera abultada en el gimnasio, posaba como una escultural taibolera en el jardín que rodea a la piscina. Apenas la miré de lejos algo me provocó a aproximarme , a tender la toalla a unos dos metros de distancia. Me unté bronceador en el pecho y piernas y, gran error, me tendí boca abajo para asolearme. Ella me miró de reojo y no pudo reprimir una sonrisa, era obvio que yo no pretendía broncearme pues justamente la espalda expuesta al sol, no tenía bronceador. Esa mirada inició el izamiento de la bandera que amenazaba con presentar una duración que impediría que me zambullera en el agua por lo menos en los próximos 20 minutos |