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LA FIESTA INFERNAL

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LA FIESTA INFERNAL

No espero que se de crédito alguno a la extraña historia que voy a relatar, quizás porque mis propios sentidos se niegan a creerla. Pero créase o no, estoy seguro que pasó, como de que estoy vivo.
Una noche, en una de mis acostumbradas caminatas por las calles solas de la ciudad, envuelto en las garras de la oscuridad y pateando cuanto envase vacío encontraba a mi paso, percibí de pronto, murmullos claros de mujeres que rezaban, y dejaban en cada rezo un suspiro y un derramamiento inconstante de llanto. Cuando dirigí la mirada hacia el sitio de donde provenían tales lloriqueos inconsolables, me percate de que era un sepelio, y con el corazón dándome saltos en el pecho -como queriendo escapar, conmovido por las lágrimas de aquella muchedumbre- me dirigí al ya mencionado lugar.
El ambiente era denso y el aire olía a muerte. En el centro de la concurrida habitación, estaba acomodada la caja mortuoria –esa que al morir se lleva todas las penas y dolores- rodeada de flores y cubierta de rosas: rojas, blancas y amarillas. El cuerpo que ahí velaban era de una angelical muchacha, rubia como el trigo áureo de una excelente cosecha y de piel tan blanca como la leche y como la hoja en que ahora escribo. Su rostro, ligeramente maquillado; con la boca pintada por una débil línea rosada como sus mejillas.
Estaba absorto en una muda contemplación, hechizado por la imagen voluptuosa de aquella dulce criatura. Y vi a la gente llorar, y entonces yo también lloré. Lloré como nunca antes lo había hecho, pues me dolía en lo más profundo del alma la idea de que la belleza misma muriera. Sufrí al imaginar que aquella perfección de su ser seria transformada en una masa deforme de cenizas y carne podrida.

Al verme en tal estado, una señora elegante y de mirada dulce, y arqueada por finas y largas pestañas negras, se acercó a mí y me preguntó:
- ¡oh!,… ¿Es que usted la conocía?
Yo no supe que responder, que inventar, y respondí con lo primero que me vino a la mente:
-¡Oh, si, éramos amigos, muy buenos amigos. En verdad me duele verla así: inmóvil, sin voz y sin la mirada que la diferenciaba de tantas.
-Tiene usted razón- repuso ella con voz serena –pero no debe sufrir de ese modo, porque la luna la traerá de vuelta.
Sin apartar los ojos de ella, vi que sonreía, encendiendo con la sonrisa su mirada, extraviada en los ricos atavíos de la muchacha muerta. Volvió a reunirse con los suyos, no sin antes darme una leve palmada en el hombro, con su mano perfumada y fría, como un trozo de carne sin vida. La vi alejarse lentamente, mientras recordaba perplejo lo que sus labios pronunciaron: LA LUNA LA TRAERA DE VUELTA.
¿Como seria eso posible?... ¿Qué quiso decir con eso? No la comprendía y la juzgué loca. Sin embargo, no me moví del lugar en el que estaba parado, seguí junto a la caja que guardaba la sublime existencia de la hermosa joven.
Me gustaba estar ahí, contemplándola; aunque en mi interior sentía tristemente como algo moría, igual que ella. Sufría inconsolablemente la partida de lo bello, de lo divino; pocas cosas lo son y todas ellas terminan. Mis ojos no habían dejado de verter lágrimas que quemaban mi rostro y caían al suelo, como mi alma en el vacío.
De pronto, sentí encima la fuerza de unos ojos que, sin duda, me estaban mirando. Volví instintivamente los míos al sitio de donde provenía esa fuerza y, en efecto, alguien me estaba observando.
Era un mozo corpulento, que a excepción de los demás, no había desperdiciado lágrima alguna, y con su mirada fría y lacerante parecía decirme algo, como que trataba de advertirme, algo que yo traduje como:
”Vete de aquí muchacho, tú no perteneces a este sitio, tu mundo es otro; escuché la mentira que dijiste a la dama y no me pareció apropiada. No entiendo porque lloras, si en realidad Clarissa no te conocía, ni tú la conocías a ella, pero estoy en la necesidad de advertirte; si no te vas ahora, esta noche el demonio consumirá tu alma y te llevará a sus aposentos… ¡Con ella!
Todo eso lo leí en sus ojos, pero no hice caso de ello. No me moví un centímetro, seguía observando ensimismado, la excelencia de la linda chica. El hombre se dio la vuelta y movió la cabeza de lado a lado, como diciendo: “Ya es tarde”

Acto seguido escuché de pronto un gran alboroto, aunado al sonido del péndulo en el reloj de pared, que anunciaba con su repique estremecedor las doce de la noche, la hora maldita…
Todos comenzaron a gritar enloquecidos, poseídos por una fuerza extraña. Las mujeres emitían carcajadas estridentes, los varones reían estrepitosamente, diabólicamente. Un viento glacial y pesado reinó sobre la atmósfera muerta de la extraña casa, un viento que, al parecer, solo yo sentía...
Las cosas empezaron a bambolearse, todo temblaba alrededor, las luces se apagaban y se prendían solas, mientras la multitud gritaba con fuerza, víctima de una rara y terrible alegría:
-¡Ya es la hora!... ¡Ya es la hora!
¿Ya es la hora?... ¿De que? –interrogué a mi alma.
Segundos después lo supe, pero de una forma maldita: Vi con indescriptible terror como la tapa del ataúd se desprendía de él con violencia y se estrellaba contra el techo; y luego… y luego, mis ojos no me engañaban, vi que la hermosa muchacha se elevaba poco a poco, encima de la caja, empujada por una fuerza invisible. Flotaba en el aire y en el aire seguía acostada, mientras sus ropas caían a ambos lados de su cuerpo. Varios minutos duró en la misma posición, hasta que fue cambiada por una energía invisible y acomodada verticalmente, lentamente, hasta ponerla en pie.
Puestos ya sus pies en el suelo, empezó a abrir los ojos, dejando ver su hermosa pupila azul. El terror hizo presa de mí, y solo el amor que le tenía fue capaz de detenerme. La miré de los pies a la cabeza, quedando enervado por su belleza supraterrena; me negaba a creer lo que estaba presenciando, pero era real; era real y cierto como su hermosura. Mi encantamiento fue dotado de más fuerza cuando la guapa señora, que minutos antes hablaba conmigo, habló nuevamente:
-Hija, has vuelto; te esperábamos con vehemencia –y fue a abrazarla.
Yo esperaba ansioso escuchar la respuesta de la linda resucitada que, sin duda alguna, poseía una voz tan hermosa, tal cual era. Y no me equivoqué.
-Así es, madre –dijo con tono angelical- he vuelto y me alegra; estoy aquí y nunca más moriré.
Luego dirigió sus ojos a mí, y preguntó a su madre:
-¿Y él?...
-Dice que es un amigo tuyo –respondió la mujer- ha estado llorando toda la noche junto a tu caja.
Esperaba ser desenmascarado de mi mentira por los labios provocativos de la linda muchacha, y me sorprendí cuando dijo:
¡Ah… Daniel! No te reconocí, Estás tan cambiado –me aterré al escuchar mi nombre. Luego dijo a su madre:
-Por favor déjanos solos, tengo mucho que hablar con mi amigo. ¡Ah y… que comience la fiesta! –y dicho eso las dos se sonrieron con malicia.
-¡Claro! –dijo ella y se sumó a la multitud.

Clarissa se acercó a mí y me preguntó en voz baja, de ensueño, sonriendo encantadoramente:
-¿Así que somos amigos?...
-Disculpa que haya mentido, pero es que cuando te vi ahí: tendida y muerta, quise contemplarte toda la noche; y no encontré una mejor respuesta que pudiera asegurarme mi aceptación en tu casa. Espero que no te moleste…
-En absoluto… pero lo que no entiendo –dijo sonriendo melifluamente- es porque mentiste con algo tan simple como la amistad, cuando pudiste decir que somos algo mas que amigos.
Dicha tal insinuación, el modelado perfecto de sus labios fue a dar en mi boca, inundando mi garganta con la miel que destilaba. Me sentía como un colibrí, extrayendo de una hermosa rosa roja el néctar delicioso; sentí que en el beso me bebía el mundo entero, con sus defectos y virtudes.

Fue difícil despegar mi boca de ese manantial de vida: enajenante y seductor, perfecto y tentador; pero lo hice al recordar que horas atrás ella había dicho mi nombre, siendo que no nos conocíamos. Y le dije sin pensar, como flotando en el aire, víctima de la magia de su beso:
Oye, Clarissa… ¿Cómo es que sabes mi nombre?
-¿Cómo es que sabes tú el mío? –dijo ella, retadora y juguetona.
-Lo sé porque me lo han dicho…
-¿Quién? –preguntó borrando su sonrisa.
Busque con la mirada al sujeto aquél, que había perturbado con sus ojos mi contemplación, horas antes; pero no lo encontré.
-Se ha ido –le dije perdiéndome en el mar de sus ojos.
-¿Se ha ido quien? –preguntó sonriendo nuevamente; pero cuando comprendí que todas sus preguntas eran para desviar el tema principal, le dije:
-No me has respondido aún la pregunta que te hice, chica lista.
Sonrió, y al hacerlo, el mundo desapareció; solo existía ella, brillando como imagen divina en un triste fondo negro, como un aura de luz en un tapiz oscuro.
-Oh, es cierto, pero… ¿Qué quieres que te diga?
-La verdad –dije yo, extraviado todavía en su mirar.
-De acuerdo. Lo sé porque yo se todo de ti; no hay un secreto tuyo que no conozca, ni un dolor de ti que yo no haya sufrido. ¿Eres un ser tan infeliz… no es así? La vida te parece extraña y extraño eres tú para el mundo; ni tú lo comprendes, ni él te comprende Pero pronto, tus penas serán aniquiladas y tus dolores volatilizados; tus tristezas se irán al infierno, como todos aquellos que te apartaron del mundo. Todo morirá y tu estarás conmigo, gozando de la inmortalidad y del placer prohibido del amor; seré tuya cuando quieras, beberemos sangre y seremos eternos. ¿No te parece hermoso?
Yo no concebía la idea de que todo eso me estuviera pasando, pero la dulzura y verdad de sus palabras me habían poseído, y su mirada y aliento me sometieron a su hechizo, y dije que si a todo lo que ella me decía.

La casa se había transformado en una fiesta infernal; una algarabía terrible reinaba la atmósfera; el alcohol era bebido con desenfreno; hombres y mujeres gritaban con demencia. Se desencadenaban terribles orgías que devoraban vivos a los tétricos participantes; las mujeres se desnudaban y ofrecían bailes obscenos, así como la soltura de sus carnes. Una mezcla de locura, desenfreno, lujuria y blasfemias, hacían del lugar un infierno terrenal, que consumía a todos y a sus almas, e iban construyendo, peldaño a peldaño, una escalera descendiente que encaminaba al verdadero infierno.
Clarissa y yo estábamos sentados en medio de aquellas acciones atroces y abominables, riendo como entupidos a causa del alcohol. De pronto, todo se vio envuelto en llamas, todo ardía del mismo modo que las miradas empañadas por lascivia, todo contribuía a pintar un cuadro horrible de vicios y culpa. Todos corrían horrorizados y, sin saber de donde, apareció de pronto el tipo cuya mirada fue una señal de advertencia para evadir el mal que me acechaba, y que sin embargo no obedecí. Se dirigió a mí y con una fuerza sobrehumana me tomó de un brazo y comenzó a correr llevándome hacia una puerta metálica, oculta detrás de una cortina de color púrpura, y que por tanto, yo no había visto.
-Es un atajo –me dijo él- una puerta oculta que te devolverá al mundo… ¡A tu mundo! –recalcó con fuerza, como si su voz fuera el eco del rugido de un animal salvaje, rebotando en las paredes de una abrupta montaña.
-Ahora puedes irte, vuelve a la vida y escapa de este sórdido lugar… renuncia a este infierno y a la magia de Clarissa; no permitas que el pecado se adueñe de tu alma, no dejes que el mal roa tu corazón. ¡Vamos, vete! -me gritó.
-No puedo –dije yo extasiado y sin pensar en nada más que en el elixir deliciosos de los labios de Clarissa –la amo y no quiero dejarla, la amo mas que a mi vida; amo su hermosura y el azul de sus ojos. No puedo irme… ¡No quiero!
-Insensato –respondió encolerizado- ¿No comprendes que si te quedas morirás?, tu alma ya la perdiste… ¿Quieres perder también tu vida?... Es cierto que Clarissa es hermosa, pero la perfección de su imagen no es otra cosa que un disfraz, que oculta a la vista de todos al verdadero demonio, ¡Vete ahora, el tiempo se acaba!

Al otro extremo del cuarto infernal pude ver a Clarissa, sonriendo, mientras las llamas se acercaban a ella con lentitud, a punto de consumir su precioso cuerpo. Fijo sus ojos en los míos, con ternura y amor, y me dijo:
-No lo escuches Daniel, ven a mis brazos y ámame, vistamos nuestros cuerpos de pasión y vivamos siempre así. No moriremos; quedaremos solo tú y yo, reinando en este mundo mortal, te ofrezco la inmortalidad a cambio de tu amor –y sonrió mostrando dos pequeños colmillos, que yo no había visto durante el transcurso de la noche.

Al hombre que estaba junto a mí se le encendieron los ojos de ira, y sacando de su pantalón una navaja pequeña, se abalanzó contra ella, diciéndole:
-Cállate ya, maldita, cierra tus pecadores labios y deja vivir a este hombre que ahora has condenado al infierno.
Al ver que entre ellos se iniciaba un horrible combate, en medio de las letales llamas, salí espantado del siniestro lugar, corriendo por la puerta que el sujeto me indicó, y no me detuve hasta que mis piernas no pudieron proseguir su marcha. Apoyado en un árbol, miré a lo lejos como se quemaba la casa y sus habitantes, y la mujer que mas he amado, aun siendo una vampira. Arriba la luna llena reflejaba el fuego, y luego se tornaba roja como la sangre.

Ahora todo ha pasado, pero yo no puedo olvidar a la bella vampira; y en mis enfermos delirios y en mis sueños prohibidos ella viene a mi encuentro, y con sus labios rojos y perfectos me dice con voz dulce:
-“Te amo Daniel” –o bien- “¿Por qué renunciaste a mí y a la inmortalidad que te ofrecía?” –y luego se evapora en el aire como una aparición mágica.
FIN


Texto de CABALLERONOCTURNO agregado el 06-10-2006.
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