Para empezar, no sé por donde empezar, pero eso es lo de menos, al final de cuentas el final bien puede ser el inicio y viceversa, no presten atención a esos detalles pequeños. Tic-tac, tic-tac, tic-tac, ese hombre, aquel hombre, el punto café en la esquina, está perdido en la inmensa blancura del hospital. La espera siempre es desesperante y lo es más aún cuando se percata que lleva más de dos horas sin saber como está su esposa, la mujer que desde hace algo más de dos años le trajo luz a su vida, llena de subibajas. El no estaba con ella cuando sucedió todo, de hecho, estaba estudiando, cuando recibió la llamada que le informaba que Alexa estaba en el hospital.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac, ya su madre estaba allí, con él, acompañándolo en su desespero, pero podría estar allí el mismísimo Dios y ni siquiera eso lo calmaría. Ya la cajetilla de cigarrillos está por terminarse y la máquina dispensadora de café está fuera de servicio, ya casi no quedan cosas que hacer para distraerse y olvidar que en algún lugar de ese laberinto blanco (porque los hospitales están diseñados para perderse en ellos) está la mujer de su vida. La idea de perderla lo aturdía, pero su madre y las demás personas que habían llegado al lugar para acompañarlo, trataban de consolarlo con la idea de que aquella operación era un proceso simplísimo y que a Alexa no le pasaría nada.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac, el reloj sigue avanzando sin clemencia y ese hombre, aquel hombre, el punto café de la esquina, sigue perdido en el mismo espacio inmenso blanco. Para él, todas las personas que pasan a su lado, son apenas fantasmas, a veces ni siquiera eso, son puntos lejanos en una órbita detestable; su mente está en alguno de esos cuartos donde está Alexa. Él quiere estar con ella y acompañarla en su operación, pero cada vez que piensa en esto, un letrero rojo gigantesco en la puerta de las salas de operación le recuerdan que – se prohibe el paso a personal no autorizado -- , eso le da rabia, el debería estar parado al lado de ella, diciéndole que todo va a estar bien, aunque por momentos sienta que no va a ser así. De repente, la detestada puerta se ha abierto y una señora bajita y regordeta le dice al pobre hombre que tranquilo, que hasta ahora la operación va por la mitad, y lo consuela con una seco - tranquilo, todo está marchando bien – A él no le importa que todo este yendo bien, el lo único que quiere es verla salir ya del quirófano, decirle que la ama y que nunca más la va a dejar sola.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac, ya en el piso se puede ver claramente la marca del ir y venir del desesperado hombre. El teléfono celular está timbrando, él lo saca del bolsillo y contesta – No Juan, aún los médicos no dicen nada, ya estoy putamente desesperado y estos desgraciados no me dicen nada de mi gordita, no hacen más que decirme que todo va bien y yo ya estoy mamado, yo sólo quiero que salgan y me digan que ya acabaron y que Alexa está bien. Gracias por su preocupación, lo llamo apenas sepa algo de mi gordis -.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac, la espera es cada vez más tormentosa y la mente de Carlos cada vez se llena más de tonterías fúnebres que no le gustan; piensa que los hospitales deben tener algún trato con los psiquiátricos, - señor loquero por cada dos locos de esperar ustedes nos dan un millón de pesos -. El hombre se acerca a su mamá y dando la espalda a la puerta se dedica a conversar con ella, para distraer un poco la mente, de pronto hablar de la vida de los conocidos le ayudaría.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac, ese hombre, aquel hombre, el punto café de la esquina, está perdido en la inmensa blancura del hospital, hablando con su mamá, cuando sin esperárselo, siente el peso de una mano sobre su hombro que le pide disculpas. El hombre siente que se va a morir, y da media vuelta para quedar de frente a aquel hombre parco. Lo mira, quiere detener el tiempo, piensa que todas sus pesadillas están por hacerse realidad. Pero de repente, todos esos pensamientos se van a volar cuando el pequeño hombre parco de la bata blanca le dice: Felicidades señor Giraldo, es un hermoso niño.
Para mi hermano John F. y mi sobrino Jacobo.
|