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Inicio / Cuenteros Locales / Claraluz / Le Petit Café

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Los Lunes son esos días que yo llamo perezosos, cuando menos quieres escuchar el despertador y precisamente cuando más tiempo suena. Los segundos se suceden con mucho estrés y mi primer momento de descanso es en la hora del desayuno, en “Le Petit Café”. Es mi rutina semanal, allí están las mimas caras, las mismas mesas, la misma camarera, el mismo café amargo pues siempre se olvidan ponerme doble de azúcar que es como yo lo tomo, pero a pesar de todo me gusta esta cafetería, queda cerca de mi trabajo y el servicio es bueno. Aquel lunes la rutina se rompió, en una mesa contigua a la mía una señorita esbelta y muy hermosa sostenía una taza de té. Tenía el pelo de color cerezo y recogido con una cinta, lo que dejaba ver unos hermosos pendientes de cristal. Parecía una chica muy refinada, de buen gusto, lo que llamamos una mujer con clase. No la había visto nunca pero parecía como si nos conociéramos de toda la vida, era como tropezar con esas personas “transparentes” que rara vez encuentras en la vida.
Pedí la cuenta y ya regresaba a mi trabajo cuando ella giró la cabeza hacia mí y sonrió, sonrisa que yo devolví cortésmente mientras me acercaba a su mesa. Fue entonces cuando nos interrumpió la aparición en escena de una joven pelirroja que tenía unas enormes gafas oscuras, se acercaba con paso firme hacia la mesa de la chica refinada y cogiéndola del brazo se la llevó de allí no sin antes dejar un billete sobre la mesa.
No mediaron palabras, y los gestos me parecieron algo bruscos, por lo que las seguí con la mirada viendo cómo subían a un coche negro. No sé el motivo que me impulsó a hacer lo siguiente pero intuí que algo iba mal y tras subir a mi coche las seguí a corta distancia. Llamé a mi socio Javier, no quería preocuparle por mi tardanza. Encontré al otro lado del teléfono una voz de satisfacción, me comunicaba la firma del convenio por el que ambos habíamos luchado durante dos largos meses, la mejor empresa del sector se aliaba con nosotros y eso era fantástico. Decidimos celebrarlo con unas vacaciones y acordamos volver a vernos en una semana.
Desconecté el manos libres y aceleré un poco la marcha, aquel coche negro se me perdía por momentos. Estacionó en una gasolinera y la chica pelirroja sin despojarse de sus oscuras gafas se dirigió al servicio, momento que yo aproveché para acercarme y confirmar que realmente todo iba bien. Cuando más cerca estaba de la luna trasera sentí un fuerte golpe en la cabeza, perdí el conocimiento. Desperté en el frío suelo de una habitación, a mi alrededor una cama doble, dos mesillas de noche y un ropero de tres hojas. Habían corrido las cortinas y apenas podía ver, agudizando mi oído escuché con claridad unos pasos que avanzaban firmes hacia la habitación. El pomo de la puerta giró y la chica pelirroja de la cafetería entró, me desató las manos pidiendo que la acompañara.
- ¿Quién es usted? ¿Por qué me ha retenido de esta manera? Pregunté enfadado.
- Siento las molestias, pero mi hermana dice que todo tiene una explicación. Sígame.
Tras cruzar un pasillo de altos techos y paredes de papel bajamos por un viejo ascensor, ahí me di cuenta que bajaba desde un séptimo piso. Estaba claro, aquello era un hotel pero no lo reconocía.
Llegamos a un salón de sillas y mesas forradas de terciopelo, “Sala Auditorio” rezaba un cartel. Al fondo, junto a la chimenea estaba la refinada señorita tomando otra taza de té.
Se levantó de inmediato y extendió sus manos invitándome a tomar asiento
- ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?
- En el hotel “Regenta”, el más antiguo de la ciudad y el lugar donde mis padres han invertido su tiempo e hipotecado toda una vida.
- ¿Y qué hago yo aquí? Además creía que el Regenta lo habían cerrado.
- Se encuentra cerrado pero de forma temporal, necesita una reforma y recuperará todo el esplendor de antaño.
- ¿Y quién es usted si puede saberse?
- Oh si, disculpe, me llamo Claudia.
- No, si disculparla debería pero no por olvidarse de las presentaciones sino por cómo me ha traído hasta aquí. No entiendo nada así que espero su explicación.
La escuché con tranquilidad, al menos con toda la que en esos momentos podía tener aún conmigo. Los padres de Claudia eran dueños del hotel, uno de los más céntricos de la ciudad y muy valorados por los grandes hombres de negocio que ávidos en los mercados querían adquirirlo. Hacía dos semanas que habían desaparecido y aunque el caso estaba en manos de la policía, ella no tenía fe en que las cosas fueran por buen camino.
- ¿Y qué tengo que ver yo en todo esto? -la interrumpí-, sin dejar de ser cortés.
- Usted tiene el mismo don que yo.
Al escuchar esas palabras me sentí abrumado, vinieron a mi recuerdos de hace muchos años cuando era niño y mi madre cogiendo mi cara entre sus brazos me decía “hijo mío, eres especial, tienes un don”. Fui capaz de tener visiones y leer la mente de los demás pero no podía compartirlo con el resto de niños que me discriminaban por ello y decidí ocultarlo, lo negué durante tanto tiempo que ya lo había olvidado.
- Esta mañana en la cafetería me miraba y lo entendí rápidamente-me dijo ella-
- ¿Qué entendió?
- Que es como yo. Sentí con fuerza su poder, por eso se que tiene más capacidad que la mía. Después de mandarle un mensaje al móvil a mi hermana, simulamos un enfrentamiento algo forzado confiando en su buen obrar, en que sospecharía e intentaría averiguar si en verdad algo raro pasaba.
- Señorita hay maneras más fáciles de….
- ¿Hubiera venido conmigo si le hubiese contado esta historia?-me interrumpió.
Esa mujer tenía razón, la hubiera tomado por loca, o tal vez no. Lo cierto es que había despertado en mí sensaciones que habían caído en el olvido hace tiempo.
Su hermana, la chica pelirroja, entró en la sala para despedirse.
- Se llama Nanda- me dijo- y estudia en la Universidad.
- Y dígame ¿Su hermana qué opina de esto?
- A ella no quiero darle más explicaciones de las necesarias. Soy la hermana mayor y debo protegerla, además está de exámenes finales y mis padres querrían que terminara con éxito sus estudios.
- Pero son sus padres, algo sabrá.
- Si, todo lo que la policía nos dice.
- Entonces es que hay algo más.
- Así es.
Claudia prosiguió su relato. Ella había tenido una visión, en penumbras divisaba una puerta de madera donde se podía leer “Almacén”. Esas sensaciones se intensificaban al tocar la ropa de su madre o por ejemplo oler el tabaco de su padre. Me pidió que la siguiera hasta la habitación de sus padres, la que había sido su casa desde la construcción del hotel. Ella buscaba en mí encontrar alguna explicación que aclarase sus visiones.
Ciertamente, me costaba dar ese paso, me sentía cobarde por haberlo negado toda mi vida y ahora una joven misteriosa y transparente por la que me estaba sintiendo atraído pedía mi ayuda, además parecía entender mis pensamientos y mi actuar.
Al llegar a la habitación sentí una presión en la cabeza, como cuando niño, empezaba a tener una visión. Ví la puerta del garaje y el cartel pero también lo que había dentro del almacén, dos personas, un hombre y una mujer, maniatados y sentados uno al lado del otro.
- Claudia ¿Tienes alguna foto de tus padres?
- Claro -respondió- y abriendo la cartera me enseñó una foto de ambos tomada en un viaje reciente.
Durante unos segundos no supe qué hacer, si decirle a Claudia lo que había visto o ir a la policía a contar todo evitándole más preocupaciones a ella.
- ¿En verdad los ha visto? -me preguntó-
Olvidé que podía leer mi mente.
- No te preocupes, están vivos y están juntos.
Mis palabras poco podían calmarla, pero me seguí esforzando por ello. Luego visioné mejor el lugar, alrededor de esas dos personas había muchas cajas de granos de café.
- El siguiente paso va a ser difícil, Claudia. Tenemos que ir a la policía y convencerles de lo que nos ocurre, hablarles de nuestras visiones, tal vez podamos sembrar luz en el caso.
Cuántos almacenes no habrá en la ciudad murmuraron los policías, cuántos no tendrán café dentro.
- Le Pétit Café- pronuncié de improviso.
Dime Claudia ¿Por qué estabas esta mañana en esa cafetería? Siempre voy todas las semanas y nunca antes te había visto.
- En mi visión había un toldo color verde como el de la cafetería que ponía “Le Petit Café” pero ya comprobé que no era el escenario de mi visión.
- Yo por el contrario he visto a un señor alto y corpulento, moreno de piel y con la cabeza rapada, no era el mismo escenario pero se me ocurre pensar que tal vez estén relacionados.
Inmediatamente hicieron un retrato robot con los datos que iba facilitándoles, resultó ser el señor Estévez, un viejo “conocido” de la policía, todas las pistas le apuntaban.
Ya eran más de las diez de la noche cuando una patrulla llegó al domicilio de Estévez, que estaba sentado en el sofá frente al televisor fumando un habano. No hubo necesidad de forcejear, no opuso resistencia y una vez esposado subió al coche camino de la comisaría donde prestó declaración durante toda la noche. Negaba su culpabilidad una y otra vez.
La policía tenía indicios de blanqueo de capitales, así que atendiendo a ese delito pudieron retenerlo en el calabozo por un tiempo.
Las visiones de Claudia se sucedían con más frecuencia y cada vez eran más claras, al igual que las mías. Yo no sólo podía ver a sus padres, también podía escuchar que cerca de donde estaban pasaban unas vías de tren. Acotamos distancias y poco a poco fuimos cerrando el cerco hasta llegar a un almacén abandonado, propiedad de uno de los socios del señor Estévez. Supe que ese era el lugar y Claudia se adelantó corriendo a abrir la puerta, con la fe puesta en sus pasos.
Hubo suerte. Los sanitarios llegaron pronto, atendiendo a la pareja que aún conmocionados estaban en estado de shock. El hombre demostró mayor entereza y nada más ser liberado contó todos los detalles de su cautiverio, la madre buscó primero el consuelo y el calor de su hija y luego aportó más datos sobre el frustrado secuestro.
Inmediatamente llamaron por teléfono a Nanda que no tardó en llegar.
Después del reencuentro, Claudia se dirigió a mí.
- Sin ti no hubiera podido conseguirlo. No sé cómo darte las gracias - me dijo- mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
- No tienes que decirlo -respondí- ahora puedo leerlo además de escucharlo. Creo que soy yo quien debe darte las gracias a ti, porque he aprendido que no hay nada vergonzoso en mí, en ese “don” como tú lo llamas y que tanto tiempo me martirizó.
Nos miramos y compartimos una sonrisa cómplice. Empezaba el comienzo de un nuevo y largo camino.

Texto agregado el 10-10-2006, y leído por 84 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2006-10-13 23:24:36 venga, que belleza de cuento, un giro inesperado con lo del don.+++++ aqui_estoy
2006-10-13 14:04:42 Un cuento complejo narrado de forma sencilla, donde los detalles innecesarios se obvian y nos dejas con la esencia. Y como bien se sabe, la esencia es el alma de todo. ***** otromas
2006-10-12 23:58:02 me sorprendio cómo relataste esta historia... entre el misterio, suspenso... y lo que puedo rescatar de ello es que las habilidades o virtudes que poseemos podemos reencontrarlas cuando interactuamos con las personas que son capaces de hacernosla ver... me encantó... felicidades velo
2006-10-12 14:04:35 Sorprendente este tipo de personas, pero sin duda existen, tal como tú nos lo cuentas. Saludos. leante
2006-10-11 01:44:50 wow! genial amiga...misterio y verdad expuestos de una forma limpia como tu sabes hacerlo, y mira me brinca y me llama la atenciòn el papel del azar...existe?...como si eran videntes no visualizaron su encuentro...mmmm que delicia...eso se llama amor?...jejejeje...genial... luzyalegria
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