La distancia acrecienta el deseo de retorno y la palabra hace mas llevadera la ausencia.
Me niego a que sea el recuerdo el que se levante conmigo, me acompañe durante el día y por la noche me diga lo que debo soñar. Sin embargo, para no perder el recuerdo elegí quedarme. Pero la casa es tan grande sin ella.
Desde la pared me mira transformada en óleo, vestida de blanco; el cabello recogido en un moño, elegante, sublime.
Yo lo elegí. Se trataba de esto o de vivir con ellos regresando a un pasado anterior. Ellos lo recuperarían para mí, ahora que allí la vida es posible. Quedé contento, pero el ansia de tardía independencia no fue suficiente y pronto los eché de menos.
Ya casi había perdido la confianza en mis fuerzas cuando recibí el paquete. Lo trajo un muchacho que insistió en entrar. Tenía instrucciones precisas de lo que debía hacer: Me tenía que explicar como funcionaba aquel invento.
Lo sacó de la caja y lo puso sobre la mesa. ¿Un ordenador? El no dijo nada. Lo conectó y me pidió que me sentara ante él.
Tras un parpadeo, miré a la pantalla y vi en ella el reflejo de mi rostro.
–¿Qué es esto? –dije.
–Una cámara –contestó–. Le permitirá conectarse con sus hijos.
No dije nada más. Le dejé hacer su trabajo. Después de unos minutos, él me los trajo de vuelta la primera vez.
–¡Hola, abuelo!
Sí, mi nieto apareció hablándome en la pantalla en brazos de su padre. Los tres me miraban y sonreían como si estuvieran a mi lado.
Desde aquel día ese ordenador es como un espejo. Primero me miro en él, dejo que me hable, con su ayuda me despojo de la careta que la soledad pinta en mi rostro, bebo de su mar de posibilidades ¿Quién me lo puede prohibir?. Luego me aprovecho del sueño que mi brinda cada noche de encontrar en él la imagen de mi futuro, en la tierra que me vio nacer.
BlasLeón. |