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Inicio / Cuenteros Locales / Claraluz / Melocotón y Sepia (Reeditado)

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Como cada tarde, desde hacía algo más de 10 años, Mitch disfrutaba del que, según sus palabras, era el mejor momento del día. Le gustaban los atardeceres, se recostaba en la confortable mecedora de su porche y desde allí divisaba toda la costa sur de la isla. Aquella era su playa, su mar, su cielo, sus nubes, su tierra. El crepúsculo lo acariciaba todo y teñía de suave melocotón el paisaje.
Mitch era un jubilado más de la antigua fábrica de conservas de la zona. Toda su vida había realizado con empeño y entusiasmo su trabajo. Nada fácil esto último teniendo en cuenta lo rutinario del mismo. Pero ni un solo día decayó su tenacidad por ser el mejor. No era habitual en él dar consejos, sólo se saltaba esta norma para expresar tácitamente que lo verdaderamente importante era ser el mejor en la tarea de cada uno, sea cual fuese la misma.
El día que se jubiló, la fábrica le hizo una pequeña fiesta de despedida, le homenajearon con una placa en honor a su buena trayectoria, gran labor y dedicación, junto a la promesa del resto de compañeros de visitarle a menudo y no olvidarse de él. Salvo la placa que con orgullo luce encima de la chimenea de su casa, nada de lo prometido aquel día se cumplió. A veces el tiempo y la falta de constancia entre dos, destruye una amistad. Otras veces tan sólo es cosa del destino.
La única compañía de la que gozaba cada tarde al sentarse en el porche, era de sus fieles animales: Un loro parlanchín, un mimoso y melancólico gato y un divertido cerdito.
Allí sentado miraba al frente, el paisaje era idílico. En ocasiones se confundía el cielo con el mar y Mitch jugaba a adivinar dónde empezaba uno y terminaba el otro. Pero veía algo más allá de todo eso, divisaba una enorme pantalla en la que rememoraba su vida, su existencia. Proyectaba los recuerdos de su memoria en ese horizonte y gratamente los revivía.
Últimamente, había desarrollado la habilidad de asociar cada pasaje de su vida con un olor o sabor.
Veía a su difunta esposa, siempre con una sonrisa en los labios y llena de dulces palabras y gestos que regalar a los demás. Con ella recordaba el sabor de las moras y le llegaba el olor a madera recién cortada. La veía cuando, aún siendo novios, la iba a recoger a casa de sus padres y ella al abrir la puerta le espetaba un fuerte y ansioso abrazo. También cuando al regresar y dejarla nuevamente en casa, él la besaba y ella le sonreía tímidamente. Siempre la veía bella y hermosa como en aquella ocasión del “Sí quiero” a su lado en el altar mayor de la Iglesia. La recordaba bailando, tan ágil como hábil.
Ese recuerdo dio paso a otra proyección; la boda de sus dos hijos. Por circunstancias de la vida se encontraban en otro país. En esta ocasión el sabor se tornaba agridulce. Mitch querría verlos con más frecuencia, pero era feliz al saberlos felices a ellos. Además los dos habían programado juntos sus vacaciones y acordaron regresar a casa, así que en breve sentiría tan vivazmente el calor del hogar como entonces.
El siguiente acto que proyectó su memoria aquella tarde fueron las innumerables llegadas del cartero. Portador de constantes cartas escritas por sus dos hijos, con nuevas noticias y muchas fotos, la familia crecía a pasos agigantados. Estos momentos tenían el sabor a miel de lo dulce y reconfortante a la vez. Los animales habían aprendido a ver a través de los ojos de Mitch y disfrutaban igual que su amo cuando éste les leía una y otra vez las cartas mientras se regocijaba en compartir tan íntimo momento.
Proyectó algunas excursiones realizadas en antaño, muy divertidas. Y como cada tarde, terminó la proyección con el mismo recuerdo. Este tenía sabor a melocotón y era de color sepia. Se trataba de una foto suya y de su esposa. Ambos vestían de forma desenfadada, el día estaba un poco húmedo y llevaban puesto unos chubasqueros. El parecía muy firme, rígido pero divertido sosteniendo una flor en la boca. Ella sonreía abiertamente inclinando su cabeza sobre el hombro de su marido. Abrazaba su cintura con la mano derecha mientras que con la izquierda sostenía un recién cortado ramo de flores. Se les veían felices. El sabía que lo fueron, que ella en el lugar que estuviese también lo sería, y que él por fortuna aún lo era. Poseía los recuerdos, la memoria, los sentimientos.
- No hay lugar más maravilloso que el propio de cada uno- se decía a si mismo.
La tarde iba cayendo y empezaba a anochecer. Era hora de entrar a casa y dar de cenar a los animales, pensó. Los miró y adivinó cierto aire de tristeza. El gato estaba más melancólico que de costumbre, el cerdito ya no estaba tan contento como minutos antes y el loro parlanchín se negaba a terminar la sesión, con un interminable “quiero más, quiero más, quier………..”.
Mitch sonrió y con voz fuerte y firme dijo- “Este momento no puede durar eternamente amigos, pero os prometo que mañana volverá.”-



Texto agregado el 15-10-2006, y leído por 51 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2006-10-22 17:10:12 Es un texto tierno, lleno de recuerdos , de melancolía. Y es que la vida pasa y lo que queda, es lo que llevas en el corazón!! Mis 5*s anyglo
2006-10-15 18:59:18 Me encantó...Disfruté su lectura, tanto por el tema, como por el estilo... churruka
2006-10-15 18:37:01 Vuelvo a leer este delicioso relato y cada vez me gusta más. Lo dice otro melancólico. leante
2006-10-15 13:52:03 Es una delicia de lectura. Todo se asienta en valores firmes, hasta la repetida hora de la cena para los animales. Exquisita narrativa. ***** graju
 
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