Averiguar como se había quemado esta vez era lo que más le interesaba en el momento. Sabía que era la marca de un cigarrillo y descubrió el sutil aroma a tabaco y nicotina en sus ropas.
¡Que asco!
Marco no escuchaba a sus pensamientos que tenían vida propia y autonomía en un mundo paralelo. Además de ser plurales existencias, álter egos, seudo vidas, una infinidad de astutos e inteligentes hombres encerrados en la indiferencia, sus pensamientos, a veces crueles, eran la única compañía que Marco tenia en las noches oscuras. No conocía a nadie más como él.
Esa noche no era distinta, todos sus pensamientos hablaban de lo repugnante que resultaba el olor a cigarrillo impregnado en sus viejos, aunque muy elegantes (debe decirse), ropajes de lino. Sin embargo, indiferente a los insultos de su propia mente, caminaba con la cabeza baja, silbando una melodía de Vivaldi (con la poca destreza con la que, usando los labios, se puede imitar una mandolina). Después de algunas calles ligeramente empinadas, lo que hacia descansar su paso al bajar, vio finalmente la estatua de Bolívar, de la que había escuchado. Estaba en el Parque de los Periodistas, una ligera brisa le anunciaba la proximidad de la lluvia.
Miró nuevamente su pecho y se quedó observando las diferentes marcas de cigarrillo que tenía, aun en carne viva, adornando su tórax. Se daba cuenta de que ese castigo ya no era nada, tendría que hacer algo más extremo. Ni siquiera recordaba cómo se había hecho el último quemón, se estaba acostumbrando al dolor y eso no era bueno. ¿De qué otra forma podría sentir remordimientos? Se sentó en una pequeña banca de madera a intentar recordar lo que había sucedido.
Una hora antes había creído que el vino saciaría su sed, después de todo el vino se parece mucho a la sangre, además se estaba cansando de manchar sus vestidos siempre que su apetito alcanzaba la voracidad. Muchas otras veces aquel licor había calmado su ansiedad, pensó equívocamente que esta vez le ayudaría a resistir su instinto. Sin embargo, después de la novena copa rebosante de aquel dulce licor, vio como su piel se tornaba grisácea y como los disparatados pensamientos que dormían en su cabeza empezaban a quejarse de todo.
¡Odiamos el olor a licor!
¡Odiamos la noche!
¡Que frío esta haciendo!
¿No traes un maldito paraguas? ¡Maldición nos vamos a mojar todos, TODOS! ¡VAMOS A MORIR DE NEUMONIA! ¡MALDITO ASESINO!
Miren, un perro en la calle
¡ODIAMOS LOS PERROS EN LA CALLE!
Marco, sin embargo, había optado por ignorarles mientras bajaba por una calle muy estrecha. La Calle del Embudo, le llamaban.
Al cruzar la siguiente esquina se quedó parado estoicamente en la intersección, se encontró con un aroma, fascinante en un principio, afrodisíaco después de unos segundos y totalmente egoísta después de otros cuantos más, ya que, sin permiso alguno, invadía inmisericorde el ambiente que le rodeaba.
Marco se regocijaba entre los efectos del licor y su propia excitación. Sintió sus pies mojados. Pronto se dio cuenta de que se encontraba en medio de una especie de río que subía poco a poco hasta llegar a su cintura. Le envolvía un frío que en otro momento lo hubiese helado, para esta ocasión sin embargo, las frías aguas parecían seducirlo, acariciarlo, amarlo.
En aquella profunda y lujuriosa fuente se dibujaba una antropomorfa figura. Se levantaba mojada y tentadora frente a él. No podía moverse. La figura rozaba los labios de Marco con los dedos, suaves y transparentes. El aroma que desprendía era fascinante. Ya no podía esperar, tenia que encontrar el origen de ese perfume, el germen que le hacia temblar y que debía unirse a él. ¡Tenia que unirse a él!
El impulso carnal, que le llenaba la boca de agua, había logrado liberarlo de la invisible prisión. Pudo moverse y al instante se abatió sobre la cristalina mujer, la besó, la acarició, la sintió, la abrazó con soberbia, entregándose al deseo. Con agrado bebió cada una de las gotas que la constituían.
El sabor de la sangre, paseando lentamente por su garganta, le había hecho recuperar parte de la lucidez; pronto se encontró en una calle solitaria frente al obsceno cadáver de una mujer, cuyas ropas habían sido rasgadas con violencia. Marco no dejaba de saborearse y, no sin menos deseo, se inclinó sobre la dama para beber la última gota, después de todo ya había perdido los estribos.
Ahora, sentado en el parque, con la razón acompañándole de nuevo, recordó como se había quemado. Después de secar aquel hermoso e inerte cuerpo, encendió un cigarrillo y, como siempre lo hacía, se castigó apagándolo contra su pecho ya ennegrecido (no era la primera victima).
Estaba perdiendo el remordimiento y con ello la poca humanidad que le quedaba. Tenía que hacer algo.
En ese momento una hermosa mujer de no más de 25 años se cruzo frente a él. Aquel dulce aroma de la sangre caliente la acompañaba, era irresistible. Buscó en sus bolsillos la cajetilla de cigarrillos. Quedaban dos.
Tal vez si quemo dos al mismo tiempo, pueda arrepentirme después.
Se dijo a si mismo, al tiempo que imitaba el paso de la hermosa mujer que estaba a apenas unos metros de él. |