(Si algún día este cuento llegase a convertirse en una película, quiero que la protagonice Keanu Reeves y Scarlet Johanson)
Para empezar, no sé por donde empezar, pero eso es lo de menos, al final de cuentas el final bien puede ser el inicio y viceversa, no preste atención a esos detalles pequeños, sólo entreténgase. Esta, es una historia que sabe a mierda, pero a mierda dulce, y aunque pueda sonar muy repulsivo así es, sí, por es una historia que es tan feliz como triste. No sé si me pueda entender, igual, tampoco me interesa que lo hagan.
A Victoria la conocí por accidente en un museo, sí, lo cual es extraño, ¿Por qué? ¿Me pregunta?, Pues porque yo odio los museos; nunca comprendí el arte y todavía me pregunto como hay gente que paga millonadas por trazos que bien podría hacer un cerdo con un pincel amarrado a su hocico. ¿ qué hacía allí? Verá usted, yo tampoco lo sé, y la verdad, me importa tan poco saberlo. No lo voy a olvidar, veía yo una cosa llena de cuadrados de diferentes colores, que se llamaba imperfección en el alma de un niño que mira al horizonte, cuando en mi horizonte apareció un ángel, sí, eso era, un ángel; ¿Por qué un ángel?, Sus preguntas son demasiado estúpidas, no será porque de pronto ella era un ángel, no creo que sea tan difícil de entender.
Para que se haga una idea, le diré como era; mi querido amigo, ella, era lo más cercano a la perfección, perdóneme usted si soy muy poético, pero es que las palabras se me caen. Su cabello, tan lleno de delicias, era como seda que se va extendiendo hacia el suelo, magnifica seda roja y ensortijada, cual Medusa seductora; unos ojos inmensos, tan inmensos que parecía perderme en su vastedad que a ratos se perdía en ella misma; su nariz, era un vértice fino y dulce que rasga el viento y enamorada, invita a deslizarse entre sus líneas perdidas; sus labios, ¡Ah, sus labios!, tan grandes que parecían tragarse el universo cuando se abrían, esos labios cianúricos, que en cada beso regalaban un poquito de muerte, de dulce muerte de ángel; y su cuello, ángel y cisne, curiosa mujer, tan delgado e infinito, tan besable, tan consumible; y su cuerpo de fina silueta confeccionado por hadas, senos arrogantes como picos filosos esquivos al alpinista; cintura infinitesimal, sin principio ni fin, ombligo profundo, para sumergirse en las fantasías eróticas de su estómago, sus piernas que eran como robles, suaves robles de pétalos, que se hacían roca y fuerza. Pero lo mejor, amigo mío, lo mejor, era su piel, que era viento frío y vapor de volcán, suave como los labios de las nubes y mortal como solo su piel podía serlo. Así era, y esa es la imagen que siempre conservaré de ella, como un epitafio de mis desgracias afectivas.
Me pregunta ahora qué pasó. Cómo me acerqué a ella. Eso tampoco lo sé, piense lo que quiera, eso la verdad no me importa, porque a ella la conocía antes de conocerla, porque ella siempre me había visitado en mis sueños de amor profano. Sólo recuerdo haberle dicho que no sabía que los ángeles fumaban, y recuerdo que ella se extrañó ante tamaña ridiculez y no pudo hacer otra cosa que reírse, y ahí si viejo, ahí Dios me miró por la comisura de sus labios y los dos pequeños agujeros en sus mejillas. Ella me dijo que fumaba porque el humo le daba una vista más mística y deformada de las obras de “arte”, lo cual a mi parecer, fue más extraño y curioso que mi afirmación sobre los ángeles y el cigarrillo. Igual, me decidí a amarla, en ese justo instante y le comuniqué mi veredicto dictatorial - sentimental y ella me dijo que los ángeles también necesitaban pensar, que necesitaba un tiempo, entonces, yo le pregunté dónde debía buscarla, pero ella me respondió que sería ella quien me buscaría a mi, que le diera tiempo al tiempo, lo que me dejo fuera de lugar, y cuando le pregunté su nombre, me dijo que no tenía, que le pusiera uno, y yo, como esgrimista de la prosa respondí inmediatamente – Mi vida, te llamaras Victoria, porque yo te voy a ganar, me voy a ganar tu corazón, tu malhumor, tu sueño, tu pereza, tus sonrisas, tus madrugadas y tu despeine de los domingos- le dije – me ganaré a tu familia, a tu perro, a tu gato, a quien sea que esté cerca de ti, me voy a ganar todo y me voy a ganar nada, que es todo a la vez, y por eso te llamo Victoria, triunfo mío- concluí.
¿Qué hizo ella?, verá usted, que las mujeres y los ángeles son muy similares, ambas son totalmente impredecibles, son plumas al viento que van y vienen a su antojo, entonces después de lo dicho, ella me besó en la boca y se despidió diciéndome que debía ir cada día al mirador, porque allí se veía el sol al amanecer y de pronto allí se vería el amanecer de nuestro amor. Le pregunté que a qué hora debería ir, ella me respondió que no sabía, que sólo cuando nuestras horas coincidieran y tendría la Victoria, y besándome de nuevo, salió a correr gritando - ¡Hasta pronto Fantasía!, Porque tenés que saber que así te llamás ahora.
Mi amigo, ¿quiere saber qué sucedió entonces?, Durante mucho tiempo fui día tras día, casi siempre al amanecer, al dichoso mirador, con la ilusión de que por un desliz de la matemática del destino, ella llegara allí en el mismo momento que yo, pero esto no sucedía, hasta que un día, hastiado de la espera, porque mi compañero, debe usted saber que yo no tengo paciencia, subí al mirador, para despedirme del recuerdo, porque allí era donde se veía el sol al amanecer, y justo cuando daba la media vuelta, mordiéndome los ojos con las pestañas para no llorar, oí que a lejos en una conversación lejana, alguien decía mi nombre, bueno, no exactamente mi nombre, sino el nombre con el que mi Victoria me había bautizado: ¡Fantasía! Y lo decía una mujer que tenía voz de ángel, y yo como quien no quiere la cosa y la cosa queriendo, dije en un tono de voz muy bajito: Victoria. Entonces, ella volteó sus enormes ojos hacía mi y dibujando una sonrisa celestial me grito ¡Sos un ganador! Y corrió hacía mi, me dio un beso inmortal que se convirtió en tatuaje en mis labios, porque nunca más pude borrarlo.
Y así, mi carísimo lector, inició el amor de Victoria y Fantasía, que suena a amor de poema de Neruda o Becquer, pero que no era amor de poema, de hecho, era muy real, tan real, que como todo lo real, terminó por acabarse, y un día ella, mi Victoria, se dio cuenta que al ganar, también se perdía.
Ya ve usted porque digo que esta historia sabe a mierda. Que no entiende cómo puede saber a mierda dulce. Es muy sencillo, sabe a mierda dulce porque ella se fue, pero se quedo, ¿cómo puede suceder eso?, muy fácil, porque hubo algo que ella nunca entendió y es que yo, en el momento en que la llamé Victoria, la gané para siempre, me gané todos los recuerdos que ahora me acompañan, me gané su pasado, su presente y me gané muchas otras cosas que ella no hubiera querido dejarme; porque los amores, entiéndalo muy bien mi apreciadísimo compañero de letras, porque esto será mi despedida, no se terminan cuando se pierden, y mi Victoria no entendió eso, porque como este amor me lo había inventado yo, Fantasía, ella no podía desaparecerlo; porque mi ángel olvidó que las fantasías solo se acaban cuando quien las inventó lo decide.
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