Pongamos que no te conozco, le propuso José Ignacio a Gracia. Y ella sonrió, mostrando la ingravidez de sus labios, que él tanto adoraba. Le encantaba ver como encorvaba la sonrisa cuando estaba junto a ella.
¿Y, entonces, “Nacho”, qué vamos a hacer?, le preguntó inquieta. Vos tranquila, solo cerrá los ojos, le respondió él. Ella, al oír eso no pudo evitar que se le escapara un temblorcito que le cubrió de vergüenza ciertas partes del cuerpo.
Pero, a decir verdad, no fue una sensación que le desagradara. Era como cuando antaño presionaba su estómago hasta evitar la circulación de su sangre para decirle a su mamá, luego, que sentía como que estaba enamorada.
Así que cada vez que quería sentirse enamorada se apretaba la panza con fuerza y se reía, porque se imaginaba que eso era lo que hacían sus papás, cuando los oía gemir en medio de la noche, creyendo que ya estaba dormida. Se han de estar apretando la panza, decía Gracia para sus adentros, mientras se dormía con la sonrisa en los labios, pensando en lo mucho que se amaban su papá y su mamá. Allí fue como ella comprendió, que, gracias a tanto amor, a los nueve meses, nació su hermanito.
Pero, de repente, sus recuerdos desaparecieron cuando sintió la tibieza de una humedad, que no era la suya, en los labios. Abrió los ojos, grandes como platos, porque sintió cosquillitas en la panza. Una duda le llenó la cabeza de suposiciones. Quiso, exigía, una explicación ante tal atrevimiento. Pero Nacho ya no estaba. Hizo el mal y salió corriendo, dejando tras de sí una risa pícara y a una niña de diez años desconcertada. Gracia, sintió que se había enamorado y suspiró.
Aún aturdida por aquel sentimiento, caminó un par de metros hasta que, de pronto, cayó en la cuenta de un terrible razonamiento. Y, mientras se desmayaba del susto, alcanzó a gritar: ¡Baboso, ya me embarazaste!
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