Hechos polvo por una mujer
Eran tiempos difíciles aquellos que padecían seis hombres de corta edad, ninguno de ellos pasaba de los 20 años, todos hechos unos locos paranoicos en tan corto pero letárgico curso de su vida.
Y es que ¿Quién no perdería la estabilidad mental al estar apartado de toda otra forma humana y más concretamente, de una mujer…?
Esa es la historia de seis muchachos, aterrados por la idea de saber que existía un ser humano similar a ellos, pero con características diferentes hermosamente ilustradas en libros de historias griegas, bueno, ilustradas con letras… nuestros desdichados amigos no habían tenido la oportunidad de conocer a una mujer en una foto si quiera. Pero no porque ellos quisieran, sino porque estaban obligados, su opresor, un sabio maestro de filosofía los tenía cautivos en una vieja estancia donde se dedicaba a infundirles el conocimiento filosófico de la verdad.
Los 7 hombres en total, se encontraban inmersos entre la verde y pasiva vegetación que prevalece durante las primaveras que destellan las montañas apartadas de las masas humanas. El maestro era el único que tenía y podía realizar la tarea de salir de ese lugar con el fin de comprar lo necesario para vivir en conjunto con su pequeña sociedad anónima, perdida en un espacio que por mucho y por muchos, estaba olvidado y desinteresado.
Y así han crecido los jóvenes aprendices, viviendo el tiempo entre líneas de lucidez plasmadas por filósofos en grandes y pesados libros. Admirando la naturaleza y la calma con que ésta los encapsulaba vívidamente. Encontrando la forma de vida contemplativa, reflexiva, espiritual consigo mismos y hasta obsesiva buscando el por qué de cosas que ni siquiera ellos comprendían.
Llegó un momento en que su maestro empezó a llenarles la cabeza de historias y anécdotas de mujeres perversas y mujeres lascivas. Ellos no entendían nada de eso, pues jamás nunca habían visto a una mujer. Sólo fantaseaban, intentaban unir teorías y principios aprendidos en los libros, pero entre tanta estructura, análisis y elementos de la vida razonadicta no lograban encontrar algo que les diera la forma de una mujer.
Su maestro despreocupado no les platicaba de las características del otro sexo, sólo presumía sus vivencias, quizá para no olvidar lo que alguna vez lo hizo sentirse menos “anormal”; ahora que la edad le pesaba en la espalda y se le dificultaba llevar una vida libertina como en sus días de plenitud sexual, recurrió al exilio a lado de unos cuantos niños para criarlos. Las razones de llevar consigo a niños, son desconocidas aún hasta por ellos.
En fin, no les faltaba nada, ellos no conocían el “otro” mundo y esto podría parecer incoherente, pues bajo esas circunstancias sus conocimientos podrían resultar hasta cierto punto inútiles, pero asumiendo que la incoherencia rige nuestras vidas, podemos decir que algún día encontrarían ellos mismos su “misión” en el mundo y el fin de aquel extraño estilo de vida. Con respecto a la cuestión de las mujeres mentales podemos mencionar que entre los seis muchachos se habían puesto a pensar en las formas de una mujer, su imaginación volaba a niveles descomunales. Los pobres estaban ansiosos de tener a una linda dama cerca de ellos, o aunque no fuera linda, ellos ya necesitaban de la compañía y del calor corporal que sólo una persona del sexo opuesto es capaz de ofrecer. Se sentían absortos de los placeres carnales, se la pasaban leyendo para mitigar la ansiedad de pensamientos.
Aquel cruel maestro que sólo había despertado en ellos la intriga pasional empezó a darse cuenta del cabildeo en que sus jóvenes estudiantes estaban envueltos. Lo que hizo fue proporcionarles libros del Marqués de Sade, sólo para hacerlos sufrir más, pues no pensaba liberarlos ni dejar que se juntaran con el mundo de “allá afuera”, lleno de peligros y de locos por doquier. Aunque ellos mismos ya estuvieran demasiado locos.
Al parecer, el sabio disfrutaba ver cómo los verdes retoños de sabiduría se desquiciaban y se doblegaban completamente ante la idea del placer y del goce sensitivo. Echaban por tierra toda su filosofía aprendida y sus conocimientos previamente establecidos. Pero él los entendía.
Y así pasaron días, meses y años, casi un lustro después, el maestro, harto de los constantes intentos de asesinato que aquellos hombres necesitados de una mujer ejercían sobre él, decidió llevarles lo que ellos tanto deseaban, una linda damisela, sólo para quitarles de encima la obsesión y las ansias desproporcionadamente terribles que los asechaban a toda hora.
Fue un atardecer de verano, cuando pudieron ver al fin lo que era una mujer, era hermosa, casi sentían que podían ver sus pómulos diáfanos de lo impresionados que estaban. Su cabello estaba perfecta y delicadamente recortado, era largo y oscuro, lo ondeaba en el soplo, libre, suelto como habían visto correr a los caballos por los campos. Sus manos sensibles y delicadas, casi como de cerámica. Su nariz era respingada como las faldas de aquel valle en el que vivían. Ellos podían sentir su presencia imperante, angelical, era una muy hermosa mujer, infravalorada por ellos en sus pensamientos tal vez.
Quedaron anonadados, lo que llevó a la chica a preguntarles: Y bien, ¿Quién de ustedes es un hombre de verdad? Quiero que me lo demuestren. Los seis maniáticos se abalanzaron gritando y pidiendo la oportunidad, pero pronto entraron en conflicto, realmente no sabían lo que era ser un hombre “de verdad”, como ella había solicitado, pues habían estado muy ocupados pensando en lo que era una mujer, imaginando cómo sería y qué ocasionaría su presencia cuando ellos la vieran. Ahora quedaban despojados de todo conocimiento, no sabían qué era un hombre, no sabían lo que ellos mismos eran, se olvidaron de sí mismos. Libros y libros consumidos por sus ojos no habían servido para enfrentar a una mujer, que al presentarse con ellos, triste y tajantemente los dejó hechos polvo.
…
Héctor Eduardo Luna López
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