Hasta mi llegan los ecos de un violín, dulce y melodioso. Melancolía trae a mis días, recuerdos de un ayer en el que todo era despreocupación y tranquilidad. Los años dan experiencia y vida ¡cómo no! perspectivas, conocimientos y el sabor de lo nuevo descubierto. De niña solía jugar a D.Simón y me gustaban los puzzles, también las muñecas pero más aún el columpio rojo del parque de arena. Dos asientos verdes, cuatro cadenas de acero.
¡Más fuerte! ¡Más fuerte!- gritaba- y con cada orden más arriba llegaba. Me gustaba que me impulsaran, pero siempre iniciaba la carrera. Las cadenas crujían de pasión, de tanta vida a su alrededor, y el cielo creía que a él llegaría antes de tiempo, pero tan solo eran inocentes caricias sin maldad. Un niño apartado por los demás, a lo infantil le costaba llegar, por sus ojos verdes aceituna me deje conquistar. Cabello rubio, tez pálida, Miguel se hacia llamar. ¿Qué tenía en mi estómago? Todo me daba vueltas, me sentí debilitar pero algo más fuerte me impulsaba a andar. Los adultos ahora lo llamamos “mariposas en el estómago”.
El sol llegaba cada mañana como espigas de trigo dorada, en un campo sin maldad, en una villa de prosperidad. Me gustaba tenderme sobre esas espigas, los brazos en cruz y mirando al cielo observaba el arte en las nubes, caprichosas formas acogían y moldeaban, me hacían soñar. Un elefante me miraba, un ángel le seguía, una cúpula estelar, era mi particular proyección sin cine ni televisión.
Reconocería aquel sonido, el viento sobre las espigas, susurros de inocencia, suspiros de libertad. ¿Por qué cambiar? ¿Para qué? si mejorías no has de encontrar. Talla de mujer calzo ahora, vestida de negro, alta y esbelta, la cara lavada y el pelo al viento. Con brazos cruzados vuelvo al mismo campo, hasta él quise llegar para ver cómo todo ha cambiado, pero algo sigue igual, la mente es un laberinto capaz de recrear y recordar con capacidad. Cierro los ojos, descruzo los brazos, mi espalda contra el suelo y la melodía de aquel violín. Suspiro por las caricias de las espigas, que juguetonas me reconocen y hasta mi quieren llegar, palpo su suavidad, me impregno de sus susurros y al abrir los ojos vuelvo a soñar.
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