Es muy extraño pensar en estos treinta años, lo que la vida me ha demandado vivir, lo que mi destino me ha impuesto y lo que mis sueños han alcanzado.
Pensar en todas mis risas y mis llantos.
En las risas abundantes de infancia, silenciosas en la adolescencia que se entrelazaban con el descubrirse y pararse frente al mundo.
Risas que en momentos se alejaron del día a día, pensando que la vida se toma enserio, o risas que simplemente ya no emanan espontáneas, bloqueadas por el dolor.
Risas que cuando vuelven, te salvan,
te reinventan.
Mis llantos infantiles evidentes de un presente,
de una herida o de un juguete.
Mis llantos adolescentes definitivamente incomprensibles.
Lágrimas de mujer, por la entrega, por la búsqueda.
Llanto de ausencia permanente, añoranza incomprensible
y sensibilidad desnuda.
Casi a los treinta la vida y la muerte me han acompañado
y cambiado mi destino.
He amado con locura, he viajado con pasión,
he ganado algunos amigos.
He perdido a mi hermano
y aprendido que todo en la vida tiene un sentido.
Casi a los treinta, tan plena, tan viva,
tan llena y tan sola.
Casi a los treinta con todo y con nada.
Orgullosa de mi a pesar de todo, contra todos, quebrando esquemas incomprensibles para el mundo y hasta para mi misma.
Aún no encuentro mi alma, quizás por ahí la perdí,
buscando sueños a veces la olí.
Aún no encuentro respuestas
y además insito en preguntar
Y simplemente vivo,
riendo y llorando por mi pasado.
Soñando y esperando volver a reír
y también espero volver a llorar.
Con ese futuro impredecible, inevitable…
que solo queda abrazar.
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