-¿A qué hora llegaste anoche? –pregunta con sarcasmo mi madre.
-La verdad, no lo recuerdo. Llegué muy cansada y...
-¡No sea tan ridícula! Le escuché llegar dando tropiezos con todo lo que se encontraba. Cuándo va a entender que si sigue así...
No hay de otra, le doy la espalda y entro a bañarme. Necesito huir de esa conversación insulsa. ¿Será que todas las madres son así, o yo fui la “afortunada” que me gané ésta en una rifa?
Por el sol que hace, yo diría que es mediodía. Este calor y este guayabo, la pareja ideal para comenzar un día. Me baño con agua fría para intentar despejar mi mente que anda demasiado abrumada por la noche que acaba de pasar. Pocos son mis recuerdos. La rumba fue muy densa. Pasaron de todo, hasta éxtasis, que poco lo vemos porque esa vaina es muy cara. De lo poco que me acuerdo es de un par de nenas bailando medio desnudas sobre una de las sillas del apartamento en que estábamos y que no sé de quién era. Se tocaban y se besaban y un mancito detrás de mí me decía cosas, pero ni idea. Me mandó la mano y creo que le eché el trago en la cara o le vomité. Mierda. No me acuerdo. Bueno, por lo menos es sábado, así que hasta ahora empieza lo bueno.
-¿La señorita se vuelve a ir? –intuye con sarcasmo mi madre.
-Si, y necesito que me des plata para el bus.
-Cínica y cretina la tonta esta. Pues le figurará irse a pie mijita, porque yo no le voy a dar un peso para que se lo vaya a jartar con sus amiguitos esos, los mechudos degenerados, que quién sabe en qué andarán metidos. Hasta ladrones serán.
-¡Mamá!
-Si quiere váyase, y si llega después de las diez, aquí nadie le va a abrir.
Mi madre nunca comprendió, y al parecer nunca comprenderá que, al dejarme en la calle lo que me está haciendo es un favor. Para ella es un castigo. Para mí es el pasaporte al desorden. Rumba de corrido todo el fin de semana. Los padres de ahora son tan anticuados en su manera de educar a sus hijos que no se dan cuenta que, en vez de inculcar buenos valores, lo que hacen es encaminarnos en los errores. Bueno, por mí no hay ningún problema.
Acepto que la gente con que me la paso no tiene la mejor imagen que se haya podido ver en las calles de esta sórdida ciudad, pero si de valorar imágenes se tratara, me la tendría que pasar con unos niños estúpidos bien vestiditos, con la camisita dentro del pantalón, peinaditos perfectamente con gel, que tuvieran apellidos de más de veinticinco letras, muy cachacos ellos, que tuvieran una carrera con proyección, con carro, casa y apartamento, y fueran bien güevones para marraneárselos; de esto último no me quejo, pero la verdad no soporto personas con ese perfil. Prefiero ignorarlos antes que odiarlos. Ya odio a muchos en esta vida.
Así es que le gustan los manes a mi mamá. Ella ahorita anda con uno así, ya que no pudo sostener su pésimo matrimonio con mi padre, pues se enamoró de una apariencia. No niego que mi padre era bien pinta y hasta buen partido. Pero resultó ser un cerdo. Cuando menos se dio cuenta, mi padre se volvió alcohólico y mujeriego y le cascaba casi a diario a la vieja, y cuando nací ahí si fue el mierdero. La emprendió conmigo. Que yo había sido un error, que qué mala suerte tener una hija. Me golpeaba por todo, por lo que hacía y por lo que dejaba de hacer. Un día dijo que se iba de la casa porque estaba aburrido al lado de dos mujeres inservibles. Desde ese día descansé, porque de ahí en adelante todo me importó menos que nada. La vieja se volvió amargada, quería que su hijita fuera el modelo de ser humano que la sociedad esperaba. Triste la vida del iluso, porque entre más me trabajaba para que yo fuera una niña linda, más degenerada me volvía. Era cuestión de principios.
Me la paso mucho en el centro, ya que esta es la parte de la ciudad en la cual encajo, por la manera parecida como nos vestimos; por nuestros rostros parecidos, que reflejan la angustia de seguir con vida en una existencia que va cayendo a un pozo séptico muy profundo y muy nauseabundo; por la forma como caminamos, observando los andenes y el pavimento como esperando a que de un momento a otro se abran y nos trague vivos con todo y nuestro dolor.
-Ya te extrañábamos. ¿Por qué te demoraste? –Caín me abraza como si no me hubiera visto hace años.
-Me tocó retacar para lo del bus y para lo del trago.
-Por eso es que te amo Dafne, siempre pensando en los dos.
Caín ha sido muy especial conmigo. Es el único hombre que siento que realmente me ha valorado por lo que soy, no por lo que aparento. Con él me siento realmente comprendida. Es tres años mayor que yo pero pareciera que me llevara tres vidas. Conoce muy bien la calle, pues se la ha pasado varios años deambulando de arriba abajo, diciendo que no nació ni para estudiar ni mucho menos para trabajar. Hace artesanías y las vende en Lourdes, la plaza donde se reúnen todos los días artesanos de aquí y de otras partes del país. Ellos también se sostienen vendiendo bareta y otras maricadas. Cuando no vende lo suficiente, me cuenta que se pone a atracar gente en el norte, sobre todo a señoras, pues ellas siempre llevan dinero y buenas joyas. Con lo poco que se hace a diario paga el cuarto que tiene arrendado en un hostal del centro y lo demás se lo jarta; dice que no come, porque “para cagarlo... sobra tiempo”. La duda que he tenido desde que nos cuadramos es si realmente él me ama...
-Y ¿cuánto te levantaste? –me pregunta Caín con ansiedad.
-Siete lucas. Apenas para la farra, sí o qué.
-Y, ¿como es la vaca? –pregunta Catalina de primera ya que ella es la que siempre pone menos y se tuerce más.
-Como grande... y sin cuernos –dice Camilo, que siempre sale con sus apuntes, a veces buenos, y a veces muy estúpidos, como éste...
-Tan marica mi amor... en serio, de a cuánto porque yo ando como paila...
-Pues lo suficiente como para el trago, el paco y tres felpas –Caín siempre tan seguro en sus cuentas. Eso siempre me ha intimidado de él.
-Caminen ya –digo yo - porque necesito algo para este guayabo que me está matando.
-Te tengo el remedio y gratis...
* * *
Sexo. Maldito sexo.
Desgracia que exalta los sentidos. Sensaciones y sentimientos mezclados, entrecruzados, indefinidos, confusos y confundidos. Es tan grandioso y a la vez tan desgarrador. En el momento, disfruto mucho de las caricias, de las palabras, de los quejidos y del sudor de nuestros cuerpos. Malabares gimnásticos unas veces. Posiciones muy conservadoras en otras. El éxtasis de dos cuerpos desnudos, juntos tocándose, rozándose, jugueteando con todas sus partes. Sus ojos, sus labios, su miembro, sus brazos sobre mis brazos, mis piernas, mis senos, mis labios, mi sexo. Todo el odio que acumulo cuando me estrello con las personas que caminan con prisa y sin cuidado en la calle, con aquellos indiferentes que en lo único que piensan es en hundir a su contrincante hasta hacerlo comer fango, todo ese odio lo dejo en estos momentos de excitación y placer. Pero, siempre al final, me siento mal. Sola, abandonada, puta.
Caín se tiende boca arriba para fumarse un cigarro, como victorioso de una contienda donde el ganador es siempre él, con una sonrisa tan plena y tan aplastante, con una mirada de semental satisfecho, con una dicha por haber dejado su orgasmo en mí. Yo quedo siempre sentada a la orilla de la cama, observando en el espejo que está en uno de los costados del cuarto de esta residencia de tercera, mi desnudez patética, mi cuerpo sólido y bien formado pero banal, mi cansancio por una causa perdida desde sus inicios. Yo lo amo. Él a mí, quién sabe.
-Para mí el amor es como Dios –reflexiona Caín en voz alta-, que está en todas partes y a la vez en ninguna. Por eso no te digo que te amo, porque sé que mi mujer eres tú y por ti hasta me hago matar.
-A ti nadie te va a matar Caín.
-Quién sabe, mujer. Quién sabe.
Hoy no me siento tan dichosa como en otras ocasiones en que teníamos grandes faenas de sexo desmesurado, noches y días enteros. Son como las diez y media de la noche y me siento totalmente desalmada en este cuarto. Hoy soy presa de la melancolía, de la tristeza, de aquel vacío que inunda mis entrañas. Amo a Caín, pero no lo quiero volver a ver. Quiero que desaparezca de mi vida de la misma manera que llegó: por casualidad.
-Dame...
-¿Por dónde?
-Tan gracioso el marica. Deme cigarro.
-Dafne, ¿a qué edad te desvirgaron?
-A los dieciséis. Un compañero del colegio. Me gustaba mucho. Yo creía que lo amaba y por eso se lo di. Luego me di cuenta que esa fue la excusa de la curiosidad. ¿Por qué?
-Por saber. Trato de imaginarte en ese instante. Tus gestos, tus movimientos...
-No necesitas imaginarlos. Es lo mismo que acabamos de hacer
-¡¿Todo?!
-Bueno... tampoco. Tu sabes. Yo debajo, él encima. Normal.
-¿Te dolió?
-Sí, mucho. Una amiga que empezó a los trece, dizque con un primo de ella, me había dicho que eso no dolía, que ella ni se dio cuenta cuando se lo hizo y que la gozó como nunca. Pero a mí, a mí sí que me tocó sufrir, porque el dolor fue tenaz y pues... disfrutar, mas bien poco –lo miro despectivamente -. Bueno, ¿y por qué la preguntadera?
-Es extraño no ser el primero
Sí, ese es el karma de Caín. No ser el primero que se tira a sus novias. Hace poco me contó que antes de mí tuvo tres novias y que a todas él las desvirgó. Ese es su gran mérito. Ellas son sus trofeos de mostrar cada vez que se reúne con sus amigos a beber. Luego, yo no pertenezco a ese podio. Nunca le he dicho en qué puesto llegó a mi vida, y aunque no está lejos del primero, no tiene el liderato. Yo le conocí a su última novia, vive en el mismo sector que él, y veo que a mí me trata diferente a como la trataba a ella. Con Karina era muy dulce, muy tierno rozando con la melosería, le daba muchos detalles que quién sabe de donde los sacaba. Conmigo ha sido mas bien parco, seco, diría que hasta frío. Pocos detalles, pocas llamadas, pero eso sí, mucho sexo. Él me manifiesta todo lo que siente por mí en la cama, o donde nos coja sus ganas. Ando con él pero me siento más sola que nunca.
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