UN CUERPO EN EL JARDIN.-
A Tebu la conoció una brillante y achicharrante mañana de febrero, en lo que aún era un garabato de jardín, y que Laura pretendía convertir en un vergel.
Una tarea un tanto ardua, ya que no se encontraba en ninguno de los fértiles parajes de Asia, y aún estando en los lejanos mares del Sur, ya había tenido tiempo de contrastar la gran diferencia física que tenía con las ya lejanas y verdes Islas Fidji.
El suelo era sumamente inhóspito, y lo más importante era crear las condiciones para que algo creciera allí, así que en una esquina de su enorme jardín comenzó a amontonar una enorme pila de abono, “compost” que lo llamaban los ingleses, lo cual era muy difícil por la falta de material susceptible de corromperse que podía encontrar, pero poco a poco fue adquiriendo la textura y apariencia de material orgánico, ayudado por las tórridas temperaturas que se alcanzaban cada día en el país, donde el agua empezaba a ser un problema cada vez más serio. El olor era nauseabundo, y las moscas eran incontables, así que se estaba dando mucha prisa en preparar su pequeña huerta, y más rápido de lo que había pensado, dio buena cuenta del montón, realmente el suelo kiribasi carecía de cualquier tipo de nutriente necesario para una planta, y tras los fallidos intentos de las primeras semanas, había decidido aumentar la cantidad de abono para rellenar los enormes cráteres que había provocado en el extenso jardín.
Otro problema añadido fueron los numerosos y enormes cangrejos que andaban por todos lados, dada la cercanía del mar a ambos lados de la casa, así que cualquier semilla tenía que ir empaquetada individualmente en una extraña maceta fabricada con la fibra de los cocoteros y cosida a mano, que inventó ella misma, basada en las extrañas envolturas que protegían a las preciadas raíces de taro que se cultivaba en todas las islas, y que se conocía con el nombre local de “babai”, para después de rellenarla con abono y la escasa tierra que había, plantarla directamente en un agujero en el suelo, quedando protegida por un círculo de malla metálica que impedía a los pequeños destructores arrancarlas del pobre terreno.
Claro que también deambulaban errantes aparte de perros y gatos, pollos, muchos pollos, que no eran mantenidos en ningún corral, sino dejados a su libre albedrío para que comiesen lo que pillasen, que hicieron verdaderos estragos al principio de organizar el jardín. Eran unos malditos, y difíciles de coger, pues volaban a grandes alturas, algunos alcanzaban hasta las copas de los altos cocoteros, ¡nunca había visto pollos más ágiles! Los cerdos sin embargo, aunque alguna que otra vez recibió la visita de algunos de ellos, eran muy apreciados, y crecían, normalmente, enormes y bien cebados en cochineras al lado de las chozas, donde todo el que pasaba le llevaba algo de comer, desde pescado, hasta coco molido y mezclado con arroz. Todos recordaban que algún día la mitad de una aldea sería alimentada con el grasiento animal, que vivía feliz y agasajado por toda la comunidad.
Tal era el punto de amor hacia la infeliz bestia, que nunca, la familia dueña del mismo, le sacrificaría, encargándoles esta tarea a otros vecinos de los muchos que participarían en el festín.
A ambos lados de la casa había dos enormes depósitos de agua, construido con cemento, que recogía el agua de lluvia, que no era muy abundante, mediante un sistema de cañerías que rodeaban por completo el tejado, construido a dos aguas para facilitar este menester tan necesario, ya que era la fuente de agua potable más importante que había en esos momentos. Estos tanques se encontraban en todas las casas de los extranjeros que trabajaban en el país y en las escuelas y demás oficinas. El problema del agua era verdaderamente serio, aunque llevaban un par de años con buenas lluvias, y los tanques estaban casi llenos, no querían ni pensar ni en la posibilidad de una sequía, así que los conductos de las cañerías se encontraban en buen estado y bastante limpios, se notaba que habían estado reparándolo hacía poco.
Estos tanques había que construirlos en las islas exteriores, así como un edificio de las mismas características que el TTI, “titiai”, como era conocido el instituto de escuela profesional, con el consabido tejado a dos aguas, donde se enseñaba tecnología alternativa a grupos de jóvenes nativos que enviaban desde allí y que eran los encargados a su regreso, acompañados por los “especialistas” extranjeros, de ejecutar estos trabajos tan importantes para su comunidad, convirtiéndoles así en el “alma mater” de su propio futuro y el de sus congéneres, pero por supuesto a cambio de una pequeña cantidad de dinero, pagada en moneda australiana, ya que el dinero kiribasi no existía como tal, y a ellos les permitía el convertirse en unos seres privilegiados, podían comprar keroseno para sus lámparas, harina para su pan y arroz para acompañar la monótona dieta de pescado y coco común en todas las islas.
Alrededor de estos tanques, al estar la tierra más húmeda, fue el lugar que eligió para sembrar sus pepinos, tomates, pimientos, judías, espinacas, y poco más, y cuyos tamaños eran dignos de mencionar por la escasez del mismo, todo era minúsculo, a escala de los siete enanitos de Blancanieves, la excepción eran los melones, calabazas y papayas, que ya se cultivaban en las islas más al norte, donde la lluvia era más abundante, y que tenían dimensiones más realistas.
La tarea de cavar, aparte de ardua y difícil, le deparó no pocas sorpresas. Los primeros días no paraba de encontrarse restos de casquillos de balas, y un enorme trozo de lo que parecía ser medio proyectil, la base de uno mejor dicho, que inmediatamente limpió y pulió con arena de coral, y lo convirtió en un bonito adorno que hacía las veces de cenicero en la mesita del porche. Hasta que un día, por la mañana temprano, se llevó un enorme susto.
Había empezado a cavar en la esquina más alejada del jardín, cerca de la empalizada que la separaba del jardín del vecino, le gustó la idea de poner allí las calabazas, pues estarían más protegidas del sol gracias a la sombra de los tres árboles de casuarina que tenía la suerte de conservar, y de la propia valla.
Siempre usaba el pico primero, para romper la sólida superficie de coral, ahondando luego con la pala, a ella le gustaba hacerlo, la mantenía en forma y la distraía mientras que esperaba el día de marcharse a las “outer islands”, y de repente algo saltó hacia arriba, como un palo o una rama. También pensó en un hueso, ya había encontrado varios, pero eran bien de perro o de gato, pero esta vez era diferente, parecía haber más, y todos grandes y juntos. No tuvo ninguna duda, eran restos humanos.
Llevaba pocos días allí, así que decidió que lo mejor era avisar a la policía directamente. Fue en bicicleta hasta la estación, la opción más rápida, pues no existían los teléfonos, sólo radios. Estaba muy cerca de donde se encontraba el bunker japonés, y fue toda una experiencia, pues nada más entrar en la oficina, no sabía como, le espetó al oficial que se encontraba allí.
- ¡Acabo de encontrar el cuerpo de una persona muerta en mi jardín!
El capitán la miró fijamente, y todos los presentes quedaron en silencio, era una cosa grave, ella era una I-matang y había que obrar con cautela. La mandó a sentarse y acto seguido le lanzó a bocajarro una batería de preguntas.
- ¿Es hombre o mujer? ¿El cuerpo está muy mutilado? ¿Cómo estaba vestido?
Laura lo miró perpleja, tratando de descifrar el sentido de las preguntas y de repente se dio cuenta, no había empezado bien. Respiró profundamente y un poco azorada batió los párpados mientras que le devolvía la mirada al hombre que esperaba al otro lado de la mesa.
- ¡Bueno! Realmente he encontrado un montón de huesos, no sé si de hombre o de mujer, y algo parecido a tela parece haber más abajo. Creo que está entero, ¡que no le falta ningún hueso, vaya!
Después de un momento de titubeo, el capitán sonrió, y acto seguido empezó a reírse, acompañado por las carcajadas del resto de los policías que allí había. No tuvo más remedio que reírse ella también, y no pasó mucho tiempo antes de que una comitiva, compuesta por el oficial y otros seis hombres más, la escoltaran en bicicleta de regreso a su casa.
Era un hecho bastante común, un cuerpo más proveniente de Japón, otro resto de aquella macabra batalla que había tenido lugar a tantos kilómetros del país del sol naciente, donde habría de celebrarse otro nuevo funeral una vez que el cuerpo hubiese sido repatriado.
No pasaron muchos meses y supo de otras muchas historias acontecidas, no sólo a los extranjeros como ella, que luchaban y se afanaban por hacer fértil aquella tierra estéril, que albergaba en la poca densidad de sus entrañas más restos de cuerpos rotos, que personas andando sobre ella, sino a muchos de los propios nativos, quienes no solían hacer muchos aspavientos en el pasado, cuando pocos visitantes osaban llegar tan lejos, y simplemente enterraban los huesos otra vez al estilo tribal, haciendo suyos restos de quien sabe cuantos desconocidos.
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