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Inicio / Cuenteros Locales / FENIXABSOLUTO / EL GIGANTICIDIO DE MIS AMIGOS TRICENTENARIOS

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EL GIGANTICIDIO DE MIS AMIGOS TRICENTENARIOS

Muchas fueron las veces en las que el abuelo Nicolás consiguió frustrar los ambiciosos y perniciosos proyectos del acaudalado empresario industrial y, ahora flamante alcalde de "Villa Verde", Ambrosio O'Higgins, quien desde siempre anhelaba caprichosamente construir una sucia y monstruosa fábrica de amoníaco sintético, sobre las tierras de la pequeña y única reserva forestal que le quedaba a mi pueblo; sin embargo, "el abuelo Nicolás", (como todos llamaban cariñosamente al simpático anciano arboricultor) esta vez, nada podría hacer para salvar de la destrucción a sus añosos amigos gigantes de madera, porque en la mañana de ayer, lo hallé lívido y gélido, sentado en el vetusto sofá que daba a la ventana de su solitaria cabaña, contemplando con mirada eterna a sus amigos tricentenarios.

Docenas de destartalados camiones y potentes cargadores frontales, rugían cuales fieras rodantes, transportando a cientos de robustos hombres que avanzaban lentamente por el camino serpenteante que conducía al bosque, donde Sebastián, Julián y yo, nos encontrábamos, listos y dispuestos -aunque con algo de miedo- a dar batalla en nombre de don Nicolás, contra las ansias depredadoras de O'Higgins, quien al enterarse del fallecimiento de su molesto y viejo oponente, no tardó más que un solo día en organizar y asalariar a un gran ejército de rudos leñadores, contratados para echar abajo a todos y cada uno de los árboles que obstaculizaran la creación de su más codicioso sueño industrial.

La noche anterior intenté invocar la ayuda de la poca gente que asistió al velatorio del abuelo Nicolás, pero nadie quiso comprometerse a la causa de salvar el bosque, pues, algunos temían a las amenazas y represalias del alcalde y otros, viéndose favorecidos con interesados regalos y prometedoras ofertas de trabajo en la futura fábrica del canallesco burgomaestre, simplemente optaron por hacer oídos sordos a las súplicas de un muchacho como yo, entonces, contando tan sólo con el apoyo incondicional de mis queridos hermanos, (Sebastián el primogénito) y Julián (el benjamín), recorrimos el pueblo entero, buscando nuevos aliados; mas lo único con lo que nos topamos fue con la cobardía y desidia de una Villa Verde, cada vez más viciosa e indiferente.

Doblemente acongojados, tanto por la partida del hombre más valiente del pueblo como por el irremediable triste destino que correría el boscaje, mis hermanos y yo, juramos ante la tumba del abuelo Nicolás, proteger con nuestras vidas a las valiosas vidas de aquellos viejos árboles, que durante tres siglos nos brindaron belleza, pureza, frutos, sombra, abrigo y hasta el nombre a nuestra villa... esa Villa Verde, madre de una nueva generación de hijos ingratos, cegados por el efímero encanto que da el progreso con un beso traidor, que firma la sentencia fatal para un porvenir sombrío.

Sin demora, las tropas de leñadores del alcalde, descendieron en tropel de sus vehículos, para rodear el bosque, armados con sus filosos machetes, pesadas hachas y modernas motosierras que los convertían en una verdadera plaga de langostas humanas, que destruían todo a su paso. Desesperado e incapaz de detenerlos, Sebastián corrió a la cabaña, para buscar la antigua escopeta que el abuelo Nicolás guardaba bajo su cama y de esa manera poder disuadir a los bárbaros taladores; pero, previendo la impulsividad de mi hermano, enterré el arma, para que nadie saliese lastimado, y lo tranquilicé, pidiéndole que me ayudara ha encadenarme de la cintura al tronco uno de los árboles, acto que fue imitado por mis hermanos, encadenándose ellos también a otros dos enormes árboles.

No habiendo otra cosa que hacer, observamos inmóviles e impotentes, el desplome del viejo "Matusalén", nombre con el cual, don Nicolás bautizó al "Olmo" muerto, que tendría probablemente un milenio en pie, y en el que las lechuzas acostumbraban posarse a entonar sus escalofriantes cantos mortuorios durante las noches de luna llena. Las Horas siguientes continuaron derribando a los jóvenes Álamos, los dulces Algarrobos, los Sauces Llorones y los esmirriados Abedules. El siguiente engreído del abuelo en caer fue "Beethoven", el hermoso "Fresno", favorito de los traviesos gorriones, las melodiosas cuculíes, las sufridas tórtolas, golondrinas de paso y pícaros picaflores, que anidan en sus incontables ramas, y que en conjunto pareciesen interpretar un concierto de sinfonías clásicas, que continuaban por toda la noche, gracias a los grillos violinistas que se camuflaban en su corteza cenicienta.

El estruendoso ruido de enjambres infernales de la motosierra, se encendieron para cortar la falda de "Cleopatra", la preciosa "Palmera Real", que se abanicaba con sus hojas de palma y que producía un sonido de olas rompientes cada vez que éstas aplaudían, mientras ejecutaba su bamboleante y exótica danza de vientre.

El tálamo mutilado... "Santo Tomás De Aquino", el fuerte y recio "Roble", yacía hecho pedazos sobre el terreno de aquel lugar sagrado donde los primeros pobladores de la villa se casaban y se prometían amor eterno, bajo su leño indestructible que simbolizaba a un amor también indestructible, ahora hecho astillas y leña profana que ya no avivará la pasión de nadie nunca más.

Habiendo arrasado con casi toda la arboleda, los hombres detuvieron la marcha, cuando llegaron cerca a los tres árboles donde estábamos encadenados, debido quizá a que temían por nuestra seguridad, pero entonces, el alcalde se apersonó hasta el lugar y enfurecido despidió a gritos al capataz de los leñadores por desacatar sus órdenes estrictas de talar el boscaje por completo. Aún refunfuñando, tomó él mismo, unas poderosas tenazas hidráulicas y cortó de un tijeretazo, las gruesas cadenas con las que mis hermanos y yo, nos aferramos a nuestros amigos tricentenarios.

Julián, lloró con amargura y desconsuelo al ver el incesante ataque de las hachas, que arrancaban lonjas al tronco tatuado de graffitis de su árbol "Shakespeare", la romántica "Encina", en la que los primeros amores de la infancia y adolescencia, dejaban inmortalizados sus nombres y corazones flechados, grabados en torno a su amplio tronco, lugar en donde también los niños gustaban trepar y columpiarse en sus juegos.

El largo e imponente cuerpo de "Atila", estremeció el suelo al caer; ese gigantesco "Pino" de cuarenta metros de altura, servía de torre vigía a los halcones del bosque, que eran precisamente las huestes cazadoras del buen Atila, y que ahora volaban proscriptos al ver caído a su líder.

Sebastián no se contuvo más y se arrojó contra el alcalde, llegando a propinarle un par de puñetazos que le reventaron la ñata y le jeta al cretino, antes de que sus gorilas guardaespaldas sometieran a mi hermano, para que su muy cobarde amo le devolviera los favores, con unos golpes enclenques, de niña pre escolar, que hicieron sonreír de ironía a mi valeroso hermano.

El único árbol que quedaba por abatir, era en el que yo había estado encadenado... "Sócrates", un bellísimo y majestuoso "Castaño"; alto, de copa amplia y globosa, el más amado por el abuelo Nicolás, y en el que poetas y filósofos de antaño visitaron de todas las latitudes, para reposar bajo su serena sombra, mientras esperaban con sabia paciencia a que se colara entre los intersticios de su frondosa cabellera de hojas, un poco de la inspiración divina que buscaban... como gotas luminosas salpicadas de la copa del astro rey.

Las hachas lo intentaron, pero no pudieron cercenar su corpulento tronco; las motosierras lo afeitaron, pero no lograban abrirle zanjas profundas en su cuerpo indómito... Algún leñador se atrevió a decir, que el alma del abuelo Nicolás habitaba en el Castaño. Harto de oír bobadas, el incrédulo alcalde, luego de despedir al pobre leñador que osó exclamar tal afirmación, subió rabioso de un brinco a uno de los montacargas y cual caballero medieval en su caballo de acero, embistió con furia al viejo árbol. Sócrates, esta vez se dejó derrumbar con suma facilidad, cayendo pesadamente, sobre la cabina del montacargas, aplastándola como si fuera de cartón y matando en el acto a estúpido alcalde, del que sólo quedó un costoso zapato negro que salió disparado por el impacto.

La noticia corrió enseguida, y al día siguiente, no hubo Villa Verdino, que no nos ayudara a reforestar la desolada villa del abuelo Nicolás.

Texto agregado el 26-10-2006, y leído por 66 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2006-11-09 12:28:57 Buena historia, muy buen narrada y buen final.Felicitaciones Otro_Jota
2006-11-05 12:51:30 Me gustó..Qué puedo más decir..No sé bien comentar... elcocod rilotaimado
2006-11-03 19:31:24 Un texto maravilloso****** lagunita
2006-10-30 01:31:17 Es muy interesante como le diste personalidades a los árboles, la historia en general es buena, pero eso fue lo mejor para mí, hace que te afecte más cuando los talan, como si fuera un personaje más que muere (y lo son). Muy buen cuento :) gabygaby
2006-10-29 16:49:08 ¡Es genial!, pocas veces habia visto q c recurriera al tema d esta manera y tu lo logras d una manera k me fascino, les diste vida d una manera peculiar, muy bueno;) pamela_loube t
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