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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / Ella está ahí (a JuanadeNadie)

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ELLA ESTA AHÍ

Es una noche cerrada, donde no se ven las estrellas ni la luna tapadas por unas nubes pesadas y gordas. No llueve, pero es cuestión de tiempo: se siente en el aire, pesado y húmedo.
Un largo y angosto camino de ripio y broza me ha traído desganadamente hasta Puerto Curtiembre, y en Puerto Curtiembre están velando a un hombre. Ese hombre que está muerto aquí cerca de donde estoy parado, en la sala de la casa pobre enclavada sobre la barranca que da al río, se llamó Celedonio Altamirano, el “Cele”, y fue mi amigo por más de 30 años. Desde hoy será, por un tiempo, una fotografía en la mesita de noche de la viuda, y en un tiempo más ni siquiera eso…
Estoy en el patio, bajo los yuchanes barrigones que plantó el “Cele” cuando construyó su casa, fumando un cigarrillo, solo, pensando en nada y dejando que el tiempo pase, mientras miro al río Paraná cercano correr indiferente a lo que pasa. No sé si estoy triste, pero tengo un nudo en la garganta.
De pronto se me ocurre algo y siento miedo.
Ahí, en esa habitación está la muerte, pienso. Pero no es que crea que la muerte sea únicamente lo que está ahí, en el cuerpo depositado como un objeto, el solitario muerto odorífero que inexorablemente ha comenzado con su proceso de lenta fermentación hasta ser nada. No estoy diciendo que es la muerte lo que intrusa el cuerpo del difunto, acostado con la cara hacia el techo y los ojos y la boca pegados a la fuerza con alguna dificultad, en un estrecho cajón de madera barata. Digo que es la muerte presente en la habitación, estando, siendo, esperando pacientemente por otro, el próximo, posiblemente alguno de los que hemos concurrido al velorio del que yace ahí, mi amigo, el hombre que hasta ayer nomás caminaba muy mansamente detrás de su exagerada panza de incorregible tomador de cerveza y que ahora ha empezado a ser un simulacro, un misterio, una cosa, casi nada.
Ahí, en medio de la habitación, me digo, tal vez al lado del cajón, o cómodamente recostada de espaldas en alguno de los cuatro rincones, o acaso en el vano de la puerta con cortinas de tul para que no entren las moscas, está la muerte. Puedo sentir su olor único, puedo sentir su presencia, su estar mirando con el rabillo del ojo mientras vigila su conquista...
Ahí, en esa habitación vecina está la muerte. Ahí. Cerca. Inevitable. Lo sé con una dolorosa certeza. Y a su alrededor estamos los que contamos chistes que son conjuros en su contra, los que damos el pésame a los familiares y a los amigos, los que tomamos unos mates o café recalentado, los que recordamos haber visto al extinto el día anterior o cualquier día, caminando detrás de su panza, y decimos en una exclamación un poco falsa “¡no somos nada!”, mirándolo y sabiendo que no duerme, juzgando que ya no es…
-Sí, está ahí, parada al lado de la ventanita que da a la galería de la glicina que plantamos juntos… ¿te acordás?
La voz de “Cele” suena como si él también tuviera un nudo en la garganta.
-¿”Cele”?
- Ahí está la muerte, como vos pensás; y ya ha elegido…
-¿”Cele”?
-Mientras dure mi velorio la sala será de ella; ella estará ahí, todopoderosa, fatal, escalofriante para ustedes, los que me miran podrirme muy despacito, casi imperceptiblemente si no fuera por el olor que despido y que es típico de los que ya no somos; todos esperando que nunca les pase, y sin embargo sabiendo que es irremediable…
-¿”Cele”?
-¡Dejate de romper las pelotas con tanto “Cele”, che!... Hacé una cosa; andá hasta el aparador azul que está en la cocina, y del compartimiento de abajo a la derecha sacá una botella de Tres Plumas que guardé hace unos días, cuando sentí el primer dolor fuerte en el pecho y empecé a maliciar esto que está pasando ahora…
-“Cele”, ¿estás muerto?
-Sí, ¿no me ves allá, con las manos cruzadas desagradablemente sobre el pecho, en el cajoncito de mierda que compraron en la municipalidad?
-… Pero estás hablando conmigo.
-Sí, ¿no me ves acá, diciéndote que vayas a buscar la bendita botella de Tres Plumas que compré para vos, sabiendo que vendrías?
Mi amigo el “Cele”, el muerto que velamos, está parado a mi lado con la sonrisa triste y bonachona de siempre, que parece dibujada a medias en la cara, diciéndome que busque una botella de coñac que guardó para mí sabiendo que se moría, y sabiendo que yo estaría aquí, en su velorio.
-¿Estoy loco, hermano?
-No.
-¿Y entonces?
-Entonces buscá la botella y servite un trago, que te cuento…
Un poco aturdido camino hasta el aparador azul y busco la botella que, efectivamente, está sin abrir donde él me ha dicho, me sirvo una copa generosa que tomo sin respirar, y le doy un buen trago del pico, además; después vuelvo hasta el patio con otra copa llena y la botella.
Me cuenta muy despaciosamente, hasta cerca del amanecer, que despunta oscuro y lloviznando.
Me cuenta todo. Todo. Charlamos mucho, como nunca, acaso.
El coñac por fin se termina, y el “Cele” se va otra vez, así como había aparecido, sin que yo lo viera, hasta donde su cuerpo lo espera acostado en el cajoncito intrascendente; o eso creo yo, o vaya uno a saber a dónde carajo se va. Me quedo solo…
Como a las 10 de la mañana llegan los de la funeraria municipal, le echan a los costados del cuerpo un líquido transparente de un bidón también transparente y sueldan la tapa del ataúd, en medio del llanto renovado de Gladis, la viuda. Lo llevamos a pulso hasta el cementerio. Lo enterramos. Me voy.
No voy a contarles lo que me contó, ¿para qué?... Alguno de ustedes siente ahora un pequeño malestar en el pecho, como un ardor, un dolor de cabeza que culpan al esfuerzo del estar leyendo, una puntada en el costado, un respirar con dificultad que quieren hacer cargo al mucho fumar, al cansancio… Sépanlo: ella está ahí. Siempre. Dándole tiempo al tiempo nomás.
Ella ya eligió, todopoderosa, fatal. Y no distingue (no le importa) entre quien cuenta esta historia, o quien está leyéndola.
Ella está aquí. Sí…
Ella está ahí, también.

Texto agregado el 27-10-2006, y leído por 254 visitantes. (17 votos)


Lectores Opinan
2007-08-26 17:46:59 "el pez ya no se mueve ni boquea/ pero aun desde el velo de su amnesia/ desde el abismo de su poca muerte/ el ojo del pez mira mira mira/ y es penoso sostener su mirada/. Es real Pablo, demasiado real! La puta que la parió! Abrazos! montevideana< /a>
2006-11-27 01:40:53 Mi abuela, Valeria Mojijova, supo escribir después de muerta: "Si ves esa hoja que cae del nogal, me verás. Si recoges esa hoja caída del nogal, no me verás: ya estaré en el aire que respiras." Habla de ella. Y habla de Ella. Guarde usted, mi estimado fabulero, las voces que nos encuentran. ovich
2006-11-14 15:32:23 jajajjaja genial!! entretenido y solo una acotación... la muerte esta ahi...y es hermana de la vida que siempre la acompaña aunque toman caminos distintos se reunen a menudo! me encantó.. mis estrellas ***** janine
2006-11-09 13:13:35 siempre ando curioseando por la vitrina de los cuentos; Orlando me trajo hasta aca y me vine en vuelo raudo porque ya te he leido y sabia q no me arrepentiría de este vuelo. Es un cuento muy "tangible" a pesar q la temática suena tan "etérea" jeje...y de verdad Vaer, insisto insisto, es un pacer leer tus cuentos, un gran placer.. piq piq estrelladitos gaviotap atagonica
2006-11-07 22:59:19 Si, esto si es narrativa de calidad. De verdad. Casi podría decir que estuve ahí, aunque no, obviamente, pero tiene esa capacidad de involucrarte dentro del texto mientras lo vas leyendo. Mis sinceras felicitaciones y estrellas por tan excelente trabajo. 5* JuanadeNadie< /a>
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