Todas las mañanas el abuelo abría la ventana y decía complacido:
—¡Gracias Dios por este sol, por este nuevo día y por todo lo que tengo!...
Enseguida se acercaba a su anciana esposa y le plantaba un beso en la mejilla. Era un ritual y nadie puede imaginar cuantos años llevaba haciéndolo.
Por las tarde, hasta la hora de la cena, el abuelo pintaba en su caballete. Tenía cierta habilidad para la pintura, creatividad y muy buena voluntad. A sus años poseía buena salud, además ¡a la abuela! Ella lo acompañaba en sus horas de creación tocando el piano y algunas veces cantando o susurrando viejas canciones. Cuando la abuela se cansaba de tocar o de cantar, se sentaba muy cerca de él con la cesta de lana, hilos y el ganchillo en su regazo. Si era él —el abuelo— quien se agotaba de pintar, tomaba un libro y comenzaba a leer en voz alta para que compartir la historia o las poesìas.
Junto a la ventana estaba de un lado el caballete del abuelo, el piano hacia el rincón y del otro lado, la poltrona con la cesta del ganchillo. En medio de este escenario, abajo en el piso, había una gran alfombra, donde extendido ahí los veía siempre representar la mejor obra: la vejez.
Algunas veces yo le pedía al abuelo que me contara sus historias, de aquellas que le contó mi bisabuelo, muchas sé que se las inventó. Otros cuentos tenían la intención pavorosa de asustarme. Y cuando esto sucedía, la abuela entre sus brazos me amparaba del malvado cuentacuentos, que con cara de pícaro, confirmaba la veracidad de sus historias. Hasta cuando se peleaban, era una excelente interpretación de la vida, de ser viejos.
Ha pasado tanto tiempo pero yo continuo visitando la casa de los abuelos, me sigo acostando en la alfombra, cierro los ojos, y comienzo a sentir los sonidos del piano en el silencio, en una melodía casi imperceptible. Inexplicablemente, al momento de partir dejo un nuevo lienzo en el caballete del abuelo, así a mi regreso, puedo llevarme sus retratos de amor, su presencia en mis recuerdos, ahora que soy yo el cuentacuentos y pinto sonrisas en las caras de mis nietos.
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