A el final de la vida resistente.
Cómo explicar eso que había sucedido. Cómo describir el paisaje violentado, oscuro, y sin embargo, atrapante del mercado y sus personajes. Cómo situarme en esa situación sin escenario, papeles o roles, y ser al final de cuentas, la protagonista. Quiza podría hacerlo si nada de esto hubiera sucedido, si el guión hubiese marcado un corte brusco en la película como el que debería haber estampado el timbre del colectivo si hubiese sido apretado a la altura de Cosntitución o Herrera. No tengo más remedio que preguntarme todo esto porque estoy acá tirada y lo único que se me vuelve en la memoria es el aliento de ellos, ese olor repugnante.
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Hacía casi un año que María vivía en Asunción, en ese departamentito ardiente de Perú. Había venido del otro Chaco, vaya a saber huyendo de qué sombra de ella misma. Cuentan quienes la conocen que en su tierra tuvo todo: la típica familia de clase media argentina, el asado de los domingos, la tertulia erudita con los amigos, el novio ideal y el modesto reconocimiento laboral en el medio.
Sin embargo, había elegido la humedad de la vieja Asunción y sus nocturnos misterios, esa forma de ser urbe y suburbio. Acá vivía sola, moviéndose al margen del selecto grupo de la ciudad, bailando a tientas con el amante de turno.
Yo la conocí una de esas noches en las que la fauna asuncena se daba cita alrededor del escenario de alguna banda local. La comarca elegida para la ocasión había sido El Bavaria. Recuerdo que llegué y el patio estaba atestado de gente, en un rincón se amontaba la tribu del lagarto, y ahí estaba María.
Fue Villasboa quien me la presentó y ahí nomás comenzó a tejerse entre nosotros ese extraño vínculo que nos haría volver a encontrarnos: la trama de la literatura. Recuerdo el peso de sus palabras en sus primeros comentarios, la máscara engreída de sus opiniones. Pero por detrás o por encima de ella había cosa que te chupaba y te escupía con delicada violencia.
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Comenzar diciendo que todo ocurrió porque había tomado el colectivo equivocado sería casi una burla. O porque bajé donde no debía, demasiado en medio del mercado y a esa hora. O culparlo Enrique, sería absurdo!. Debería al menos, asumir que este fin que hoy me desgarra por dentro fue de alguna forma buscado por mí, por esta estúpida pretensión de mí. Pero no tengo la valentía de aceptarlo. Es preferible culpar a la violencia colectiva.
Algo se ha roto, más allá de lo evidente. El tintineo del manojo de llaves me lo recuerda: es casi lo único que puedo retener. También está ese olor inmundo que me inunda. Lo demás, el dolor punzante en la entrepierna, esa sensación de cuchillo, se me vuelven como desde un fondo acuoso, sin bordes. Algo debería hacer para levantarme, salir de este pozo. Hacer algo en el sentido literal, sobre todo metafórico. Y hacerlo urgente.
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María y yo nos veíamos cada tanto, cerveza de por medio. Recuerdo las largas charlas en la vereda de su departamentito: el calor envolvente de la noche asuncena, los tipos recios y rancios de caña que cruzaban camino al mercado, los travestis de Perú, la patrullera rondando, esa forma tan estudiada por María de sostener el cigarrillo entre sus finos dedos y dar la pitada en el punto final del diálogo.
También retengo su notoria desdicha. Al cabo de los años, una mujer puede simular muchas cosas pero no la felicidad; y de un modo casi físico, María exhalaba melancolía, por más traje altanero que cargue. Y para un espíritu subterráneo como el mio, eso era exquisito.
He dicho que la literatura fue la excusa que hiló nuestros encuentros. María vivía obsesionada por la obra de Borges: decía encontrar en ella la clave exacta para explicar la mísera existencia humana y sus vicisitudes. Yo me limitaba a asentir con el silencio, no tanto porque esté o no de acuerdo con su divague, sino porque disfrutaba de la forzada defensa de las letras del ciego.
De la mano de María aprendí a leer a Piglia y otros tantos argentinos: ese era otro de sus estigmas. Su universo literario estaba signado por la pluma de escritores argentinos, había resignado hace años la locura punzante de Bolaño, cualquier ensayo o manual de Saramago, y ni qué hablar de los demonios especulares de Auster.
Yo por mi parte le acerqué un modesto catálogo de literatura paraguaya y compartí con ella la fascinación por algunos pasajes de Yo El Supremo, obra que aprendió al dedillo sólo porque creía haber hallado una analogía con la tradición guachesca de Jorge Luis Borges. Como exiliados del lenguaje, sólo pudimos compartir palabras amablemente prestadas por algún escritor. En raras ocasiones, María o yo ensayábamos balbucear algún relato de nuestras vidas pasadas o este presente trunco: algo que nos devuelva el rostro un poco más humano.
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La mejilla izquierda hundida en el barro, el pantalón roto en la entrepierna, la remera hecha jirones, descalza, las piernas como desencajadas del coxis, el olor pestilente y la cara mutilada será la imagen de tapa de Popular. Mitakuña kurepi, bla, bla, bla y la lástima de los amigos, el horror de la familia y la vieja allá en la otra margen.
Quisiera adivinar dónde estoy. Sé que no es el mercado. En el aire vienen ruidos de una calle concurrida por autos y colectivos, el olor de los copetines en la mañana, voces lejanas de a tanto. Podría ser casi cualquier lugar de Asunción, descartando los barrios chuchis por supuesto. El sol ya está arriba, siento como me pega en la cara. Si tan solo tuviera la fuerza para moverme o gritar. Me duele la mejilla izquierda. Casi no puedo abrir el ojo derecho y siento la sangre seca pegada en la comisura de mis labios. También siento sangre fresca que me corre por el muslo. Debo estar degarrada. Mi mano sigue apretada, como sosteniendo el manojo de llaves. No sé si tengo miedo o asco. Hubiese preferido irme en el acto: que el extasis del goce perverso me haya quitado este resto de vida que me cuelga de un costado.
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María gustaba hacer gala de su escaso conocimiento de la ciudad: se movía a sus anchas por el centro de Asunción, conociendo algunos tugurios escondidos y acumulando en su haber unas cuantas historias extrañas. Su hábitat se extendía del puerto a mundo aparte, y de Rodríguez de Francia al bajo, con una particular fascinación por Sajonia, barrio que le recordaba a su Resistencia natal.
Por ese tiempo una comitiva luqueña había instalado su base de operaciones cerca de Filosofía y yo me veía obligado a pasar más de una noche por esos lares, envuelto en charlas, política universitaria y alguna que otra falda.
Así fue como llegamos con María a ese quince de octubre. Marlene, mi amiga de turno alemana, andaba de visita por este lado del charco y esa noche la embajada luqueña le daría la bienvenida en El Colonial. Recuerdo que pasé a buscar a María por su casa y por alguna extraña razón me convenció de ir caminando hasta Sajonia.
Salimos temprano, apenas la noche comenzaba a posarse en las calles de Asunción: todo era un ir y venir en esas horas apuradas en las que la ciudad se vacía y sólo quedan dando vueltas por sus esquinas perros hambrientos y algún extraviado de esta vida.
Encaramos por Herrera en contramano del mar de autos que se derramaba por su asfalto. Atravesamos el centro, ese paisaje vacío de la Asunción nocturna. Luego enfilamos hacia Plaza Italia y el asentamiento de los campesinos, esquivamos el aliento etílico de unos cuantos parroquianos, resbalamos hasta Carlos Antonio López por Segunda Proyectada. Mientras tanto María me contaba de su viaje al Chaco: había cerrado cuentas con el tipo de La Peña, el novio abandonado, y volvería a su país para fines de diciembre. Él le había dado una vez más las llaves de la casa, que ella exhibía en un rídiculo y ruidoso llavero de Hello Kitty. Lamenté la noticia, sin embargo me alegré de verla viva nuevamente.
A Sajonia llegamos puntuales, pero yo tenía las piernas a la miseria. Por razones obvias, esa noche María volvería sola a su departamento: tendría que disculparme en mi rol de lazarillo, ya que asuntos exteriores requerían mi presencia.
Lo que restó de la presnecia de María en la mesa de El Colonial fue una charla encendida con la comitiva luqueña y alguno que otro chiste incisivo hacia mis acciones de seduccion. María se despidió con la excusa de que mañana el trabajo y todos esos trajines temprano.
La acompañé hasta la parada del colectivo. Eran más de la una de la madrugada y le iba a resultar dificil encontrar una línea de colectivo que la deje cerca de su casa. Asunción no era muy amable a estas horas en las que todo podía ocurrir en sus calles y menos para una señorita sola. Sin embargo, no pensé en el peligro y le aconsejé que tomara el 27 Capiata, su única posiblidad de movilidad a esa hora, asegurándole que la dejaba en Pai Pérez y Herrera, a solo dos cuadras de su casa. En realidad no lo pensé mucho, esa fue la primera opción que me vino a la mente: estaba un tanto intoxicado con esa felicidad efímera que nos regala la fórmula del alcohol y el amor golondrina.
Al rato, el bus llegó y María me despidió con un ¡suerte con la sajona!. Yo la miré alejarse en un 27 casi vacío, con dos o tres tipos arriba.
Eso es lo último que sé. Después vino la infamia de los titulares en la prensa local, las imágenes de la construcción abandonada en Eusebio Ayala, la ambulancia, la policía y la cita a declarar, oficial. No sé nada más que eso y siento una culpa que me atraviesa por dentro. No tengo más vínculo que una amistad a medias, como le dije. Ni siquiera me animo a ir a visitarla.
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No creía que hasta en el momento más miserable de la existencia humana, uno se empeña en seguir pensando el absurdo “y si”. Pero aquí me veo: “Y si hubiese tocado el timbre en Pettirosi y Pai Pérez”, “y si hubiese corrido más fuerte por el medio de la calle”, “y si hubiese podido aguantar ese primer golpe que me destrozó la mejilla izquierda”, “y si nada de esto hubiese pasado, ¿estaría hoy en su cama?”. De qué carajo me sirve ahora el abanico de posibilidades.
De qué carajo me sirve ahora retener la expresión sorprendida del colectivero cuando tocaba el timbre en pleno comienzo de Eusebio Ayala. De qué carajo me sirve ahora que me vuelvan una y otra, con la nitidez del hiperrrealismo, los rostros, los movimientos, el olor y el goce de esos tres o cuatros tipos encima mío. La sensación de ser arrastrada y el piso quemándote la piel. Sus risas descangalladas. El jopara impronunciable. El sudor de sus cuerpos contra el mío, ese olor. Ese olor que ya no podré sacarme.De qué carajos me sirve recordar la forma en la que me fui hundiendo en ese sopor de resignación, de no poder hacer nada y recibir uno tras otro los pijazos con fuerza de martillo.De qué carajo me sirve estar medio viva y medio muerta en este baldío de Asunción. Ya no tengo su manojo de llaves que me devolvería a la otra orilla, todo sea ha ido en el acto. Ahora soy la humillada, la pobre mina.
Voy a intentar juntar lo poco de fuerza que me queda. Voy gritar para que alguien se dé cuenta. Cada tanto viene esa nenita a mear y puede ser que me vea y llame a alguien. Quiero quitarme esta vida de mí, este despojo de mujer que han dejado.
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