Sólo mis dos ojos reflejan fielmente mi forma de ser, mi vitalidad, mi destino. Ellos deberán prolongarse: hacia arriba y hacia abajo. Ampliarse hacia ambos lados, hasta reflejarme con absoluta fidelidad. Reflejarme ante el mundo e íntimamente ser, de una manera acabada, lo que nunca imaginé llegar a ser: El Gran Ojo.
Si me transformara en el Gran Ojo, sería despreciado por la mayoría de mis semejantes. Creo que dejaría de pertenecer a mi raza. Y entonces me convertiría en un extraño reptil, cuya cabeza transparente como un vidrio sería un hermoso y codiciado trofeo de caza. De todos modos, quiero ser El Gran Ojo, aunque lograrlo acarree mi muerte.
Me despierto cuando una bala desparramaba el jugo traslúcido de mi cabeza, después de una feroz persecución. Un sudor helado me cubre la piel. Corro hasta el baño y compruebo frente al espejo que mis ojos permanecen en sus órbitas normales. Entonces, involuntaria e inevitablemente, mis manos ascienden hasta las comisuras de los párpados. Y me arranco la piel de la cara, de un tirón, como si fuera una máscara.
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