¿...Joven, puede ayudarme a matar a un conejo? peguntó una señora
En cada instante que pasaba trataba de dar una excusa para negarle el favor, pero terminé aceptando.
Si señora, pero, jamás he matado uno.
¿No está tu papá, o alguien que me pueda ayudar? Yo tampoco he matado un conejo, mi hijo se negó a ayudarme. Son dos conejos; uno de ellos está enfermo y flaco, y el otro está en muy buen estado.
No señora, no hay nadie en casa y tardarán en volver.
Entonces afilaré el cuchillo, yo te aviso.
Al entrar a mi habitación, me puse a beber el yogurt que había comprado poco antes, me sentía nervioso, sin saber que hacer; en mis manos veía como temblaba la envoltura que traía el yogurt.
Escuchaba el chillido que probocaba la señora al afilar el cuchillo.
Pensaba en el dolor que sentiría el conejo mientras el filudo cuchillo cortaba su peludo cuello, en la sangre que salpicaría en mis manos mientras agarraba fuertemente sus patas. Hasta que de un momento, nuevamente la señora me llamaba.
Pase joven.
Me dijo amablemente con una sonrrisa de oreja a oreja. En sus manos yacía el conejo a quien dentro de poco tiempo, vería agonizando en un charco de sangre; al lado suyo estaba el otro conejo enfermo, encerrado en un costal, sin dar muestra de que aún podía moverse.
Me pidió que agarrase fuertemente sus patas para que le sea más fácil poder matalo. De momento, el conejo empezó a tambalearse, intentando escapar de las manos de sus verdugos, comenzó a gritar como si el cuchillo ya estuviese cortando su peludo cuello.
Agarralo bien fuerte para que no me arañe dijo la señora mientras me miraba fijamente a los ojos
Sería mejor si atamos sus patas, no creo poder agarrarlas bien.
¿Si verdad?, Entonces buscaré una soguilla.
Pensaba en las palabras que le dije a una persona hace pocos días: "¿No puedes decir no?, ¿no puedes tomar tus propias deciciones?". Me sentía estúpido, al ver que hiba contra mis ideas.
No tardó mucho en encontrar la soguilla, y me la dió.
Toma, amarra sus patas.
Derrepente, comenzé a desesperarme, tomé la soguilla con mis temblorosas manos y comenzé a amarrar las patas de aquel conejo.
Pobrecito
Le dije a la señora tratando de que cambie de opinión, pero no conseguí nada. En cada nudo que hacía, sentía que estaba a punto de estallar de miedo, de rábia por mi mismo; fue entonces que decidí no hacerlo.
No puedo señora, yo... jamás he matado un conejo, me da mucha pena ...no puedo.
¿No puedes?, ¿a qué hora vuelve tu papá?
No lo sé, no me dijo nada. Quizás esté almorzando.
Ahora ¿dónde lo dejo?
Me decía mientras buscaba un lugar en dónde soltar al conejo.
Devuélvalo a su jaula.
No, será dificil atraparlo nuevamente.
Agarró un costal y puso al conejo dentro.
Gracias de todos modos, ¿Estarás en tu casa?
No, saldré a almorzar. Hasta luego señora.
Me sentí más tranquilo al salir de aquella casa; sentí, como si me hubiese liberado de un sentimiento de culpa que me afligía en aquellos momentos tan desesperantes.
Pero una cosa era segura, el conejo no viviría mucho tiempo... |