Obviamente él no quería sentirse así, pero simplemente pasaba. Era muy tarde y aún seguía pensando en la conversación de aquella tarde, sentía la imperiosa de necesidad de repetir esas palabras una y otra vez en su frágil mente. Sabía que le hacía daño pero le gustaba sentir la angustia y el dolor que le ocasionaba; le gustaba verse indefenso, sentirse víctima del mundo, pero sobre todo víctima de esas palabras que aún resonaban en su mente.
El reloj marcaba las 3 de la madrugada y seguía sin conciliar el sueño. Pasaba todas las noches, mantenía diálogos consigo mismo, imaginaba realidades inexistentes, utópicas y hasta anarquistas. Pero esta noche era distinta, no podía pensar en lo que deseaba, en su mundo ideal, sólo pensaba en todas las frases sin sentido pero sin embargo dolorosas que fueron escupidas en su cara esa misma tarde.
Es que acaso toda su vida se basaba sólo en hechos reales, acaso no podía tener sueños, sentimientos, ideales.
Siempre pensó que el momento llegaría, que le diría la verdad, siempre deseó que el momento llegara y que de su boca salieran esas palabras. Pero no surtieron el mismo efecto que él imaginaba que tendrían; ¿Acaso estaba tan ensimismado en sentir dolor qué las palabras que siempre quiso escuchar ya no servían? O tal vez habían tomado demasiado tiempo.
Ahora nada le valía, estaba vacío, el momento deseado había llegado y escapó de sus manos con tanta facilidad, se escurrió entre sus dedos y no pudo manejarlo.
Él pensaba lo mismo, pero en ningún momento sintió la necesidad de decirlo, de defenderse en ese momento en que lo atacaba con todas esas palabras. Sintió tanto miedo.
Nunca entendió a que se refería aquella tarde cuando le dijo que lo amaba.
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