Me desperté, abrí los ojos y descubrí que ya estaba obscuro. Arqueé mi espalda, e impulsándome sobre mis dos patas traseras, salté a la ventana que mi humana me deja abierta todas las noches, pues ella sabe que mis correrías me gusta hacerlas cuando ya la luz del sol se ha ido. Sin perder tiempo, fui a la casa de esa bellísima gata negra con la que en otras ocasiones hemos tenido uno que otro amorío. No andan los ánimos ahora para esas cosas, pero siempre me gusta pasar saludándola y preguntándole si necesita algo. Un bocadillo, tal vez…o solo un poco de compañía…pero no la encuentro. A veces no sale y prefiere quedarse haciéndole compañía a sus humanos…
Me dirijo entonces al jardín de los vecinos, que es uno de mis lugares preferidos. Tiene la grama muy crecida. Ellos no son como los demás que andan contratando jardineros a cada rato. Y aquí es un lugar ideal para hallar un bocadillo de media noche. Abundan los ratones y otros bichos apetitosos. En una ocasión cacé un murciélago y se lo llevé a mi humana, como muestra de aprecio, de cariño, pero no pareció muy contenta, vaya usted a saber por qué. Desde entonces ya no le llevo nada. No hay que desperdiciar esos
regalos en quien no los sabe valorar. De pronto oigo el gruñido de Nerón, mi enemigo mortal, acercándose. Sólo por deporte me gustaría darle un zarpazo, aunque fuera pequeñito, en el hocico, pero mi prudencia puede màs. Trepo al viejo roble y lo dejo desgañitándose de furia. Me marcho a visitar a mi viejo amigo, el poeta. Es uno de los pocos humanos agradables, digo, aparte de mi humana, que viven por aquí. Tiene la barba blanca, al igual que la cabeza. Y es cuidadoso y amable.
Me deja entrar en su estudio cuando me ve a través de la ventana, y entonces departimos un ratito. Yo me siento en su viejo sillón de tela verde mientras él lucha con algunos versos, algún cuento. En ocasiones los lee en voz alta y la cadencia de sus palabras me adormece, me relaja y me hace sentir bien. Vive solo en esta casona y aunque casi siempre está contento, hoy parece triste y casi como encogido, como ensimismado y ausente. Penas de amor, seguramente. Los humanos se complican la vida en estos asuntos. Para que se sienta mejor, me acerco a él, ronroneando. El me carga y me abraza. Al ratito empiezo a desesperarme pero me aguanto un poco más. Es lo mismo con mi humana, el acariciarme o cargarme un poco les hace sentir bien, y la verdad, a mi también me gusta un poquito ese contacto. El poeta y yo nos quedamos dormidos en el viejo sillón, y cuando abro los ojos veo que el sol empieza a alumbrar. Con cuidado me zafo de su abrazo y salto a la ventana. Lo dejo profundamente dormido y vuelo, mas que corro, hacia mi casa. Quiero despedirme de mi humana antes de que se vaya a trabajar. Paso velozmente orinando el árbol de Nerón solo para fastidiarlo y entro por la ventana de la cocina, cansado por la carrera. Después de todo ya no soy un jovenzuelo.
-Qué bueno que regresaste, Hamlet, me dice mi humana mientras me carga y me abraza. Lo cierto es que entre ella y el poeta me mantienen muy ocupado. En fin, un traguito de leche y ahora si ya es hora de reposar de mis fatigas.
FIN
|