Cuando las cosas se ponen color de hormiga, es mejor retirarse o buscar una sólida pared para afirmar la espalda. Esquivar los golpes de puños, rasguños, botellazos o cualquier elemento contundente que pueda volar en el bar. Mi experiencia siempre me ha indicado que antes que arda Troya, en los sucuchos de expendios de bebidas espirituosas y servicios complementarios, hay que retirarse en silencio. Pero quizás, mi alejamiento por varios años de las noches y sus bohemias no me permitieron prevenir el actual acontecimiento; además, los sucesos se desencadenaron con tal rapidez, que no me dieron tiempo para pensar en una salida alternativa. La dueña, una gorda de metro cincuenta y unos cien kilos de masa corporal, se atravesó en mi camino y en el camino de otros pacifistas parroquianos que no queríamos inmiscuirnos en la escaramuza que estaba en desarrollo, en el centro del bar. Colocó una mesa en la puerta y su anatomía como barricada impenetrable. Luego gritó: -"¡ningún culiao se va sin pagar!”- y minutos después, salió volando con la mesa, una silla y vidrio doble incluido, por la ventana hacia la calle. Pareció en definitiva, que el aire viciado era el culpable de la violencia reinante en el lugar, porque cuando entró la fría brisa de la noche, entró también la paz al lugar. En medio de las ruinas logré salir a la calle. La gorda se quejaba en el piso, mientras un charco de sangre comenzaba a ocupar su cara. Más por probidad que solidaridad, saqué un billete y se lo tiré cerca de su mano:
-“Otro día vuelvo por el vuelto”- dije; Y como antaño, me perdí entre el vapor helado de esa noche.
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