Los requisitos consistían en tener buenas notas, ser bonitos, de pieles blancas, ojos claros y haber cumplido con los sacramentos de la iglesia que había fundado el apóstol Pedro hace 1987 años atrás. Por cierto mi persona no cumplía con ninguna de esas características o requisitos. Pero la enfermedad de uno de ellos me hizo integrar, por maldición o fortuna, el grupo de engreídos faisanes. Eran también esos los requisitos que determinaban tener o no, ciertos privilegios en el orfanato, que por de pronto, recaían siempre en los mismos a quienes yo siempre odié con relativa prudencia. El monitor revisaba la lista, una y otra vez mientras nosotros, los niños malos, estábamos con mal humor e inquietos por salir a jugar. El monitor, un mozote chupacirios, que hacia méritos para seminarista, se rascaba la cabeza, pues le costaba encontrar al último de los doce niños que Juan Pablo II pidió que le recibieran en el aeropuerto de la ciudad. Entre las cavilaciones del monitor se presentó el Padre Eulogio Delaconcha, apesadumbrado tomó la nómina, pasó lista a los elegidos y después se dirigió -como él nos decía- al grupo de las ovejas negras de su rebaño. Guardó la nómina bajo su sotana y nos inspeccionó con su mirada sin parecer encontrar a nadie de su agrado. Luego, apuntó con su dedo índice a un lugar indeterminado y con su uña fosilizada comenzó a hacer a un lado a los demás, hasta que con su dedo dio en medio de mis cejas. ¡Tú Judas! ¿Que no hay nadie mejor? preguntó y agregó seguidamente; Qué mejor, que el mejor de los peores. Tú serás el que recibirá al Santo Padre en el Aeropuerto. Espero que Dios te de una señal y tomándome del brazo me dejó entre los elegidos. |