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El viejo al igual que yo, estaba enyesado en un pie que le colgaba del techo de la habitación. Hace unos meses se había lanzado al tren metropolitano, pero la velocidad lo golpeó de tal forma que lo lanzó, por fortuna, nuevamente al andén. Pese a que estaba completamente loco tenía un extraño sentido del humor. De la distancia que nos separaban dos pacientes en coma, me relataba los motivos que le hicieron lanzarse al metropolitano y el fastidio que le producía vivir. La enfermera muchas veces le recriminaba su vicio solitario ya que aún, en esas condiciones, el viejo no dejaba de masturbarse, mojaba las sabanas, el piso, fastidiando a las enfermeras y al personal del aseo que antes de pasar el trapero discutían con él, amenazándolo con enyesarle el pene. El viejo les insistía que antes de entregarse a los brazos de “Morfeo”, sentía un deseo irresistible de pasar por las manos de “Onan” que ese acto previo le hacia dormir con tranquilidad. Me encontraba fuera de cualquier peligro y a los doctores les alegraba bastante que no tuviera daño neurológico, pese a que no tenía la menor idea de cómo llegué a ese lugar. Lo último que ese día logré recordar, y lo comenté con el Médico, fue que íbamos con Papá, Mamá y mi hermano Matías. Mamá, retaba a Matías porque no quería que con su helado, ensuciara el tapiz del asiento trasero del Toyota Corolla que acababan de comprar con Papá. Papá discutía con Mamá, que él quería ir al Cajón del Maipo y cedió por ella y por nosotros que queríamos jugar en el mar. Mamá sacó una toalla y limpió las narices a Matías y como él se resistió me indicó a mí que lo hiciese y que además, limpiara el asiento donde iba Matías. Mi hermanito me respondió con un punta pies y me lanzó la toalla. Le respondí con el mismo ejercicio y con mayor fuerza, así que se puso a llorar y a hacer un escándalo que terminó con la toalla en la cabeza de Papá.
Era medio día, hacía mucho calor y en el módulo de traumatología en que me encontraba, no había ventilación ni ventanas, los yesos pegados al cuerpo parecían torturarnos, el sudor de mi frente me entraba a la sutura de mi párpado, y si bien me incomodaba, no sentía dolor. Los viejos de la hilera de camas del frente, que estaban a punto de irse de alta y sólo esperaban que les sacaran las últimas radiografías a sus huesos soldados, me miraban como si fuera un extra terrestre. El detalle que me llamó la atención, era que todos tenían el mismo diario y de reojo, por encima de las páginas me miraban sigilosos, sin decir palabras. Y como contrapunto a los viejos de la hilera de frente, que no me hablaban y los que estaban en coma en mi hilera, el único que no paraba de hablarme era el viejo vicioso. Me hablaba de lo desgraciado que se sentía, que hasta para irse al infierno ha tenido mala suerte, que el doctor es un conchadezumadre, que las enfermeras son unas putas, que el gobierno es corrupto y miserable, que él paga sus impuestos y ni siquiera le pueden poner un ventilador de cien pesos al Módulo donde estábamos y como si hubiese estado haciendo un estudio genealógico, maldecía a cada uno de los integrantes de su familia. La perorata, por fortuna, le secó la garganta y se volteó para beber una soda cola que tenía en su velador evaporándose. Me miró con el vaso empinado en su boca, sus ojos brillaban y el líquido parecía interminable. El silencio parecía agradable, me percato que tiene el periódico en su velador, antes que termine de beber y a modo de socializar con el Vicioso le pido que me preste el periódico y me preparo para recibir una lluvia de insultos, bravatas y maldiciones. Se queda quieto y parece molesto, los de la hilera del frente discretamente comienzan a esconder los diarios o simplemente a hacerse los dormidos. El viejo me mira, arruga la frente, parece que me va a responder negativamente mi solicitud, pero calla. Me mira disgustado hasta que su frente se estira y sus labios parecen sonreír, luego guturalmente ríe con una risa que parece casi contagiarme y desde su posición como quién lanza una jabalina lanzó el periódico que comenzó a deshacerse por el aire. Los de la hilera del frente con un inquieto rumor y algo asombrados sólo se limitaron a mirar con sus bocas abiertas el trayecto de periódico. ¡Sin duda tú serás feliz! ¡Feliz! Gritó el viejo vicioso, agregando; Como los pájaros, como las golondrinas, serás libre como el viento que hace falta aquí, y continuó hablando de los más diversos asuntos. Cuando las páginas desparramadas llegaron a mi pecho logré leer el titular: “Accidente Fatal Termina con Familia”. Más abajo, una fotografía a todo color que mostraba unas latas retorcidas que me parecieron sospechosamente conocidas.

Texto agregado el 07-11-2006, y leído por 57 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2006-11-20 07:54:34 Me gusto!!****** terref
2006-11-15 03:27:01 Algo penosa le historia, igual un buen texto. andre_mel
2006-11-13 01:17:47 Excelente (y un final tristón...) chantal-d everaux
 
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