Yacía bocarriba, desnuda y como en trance. Sus cabellos mojados, adheridos a su piel con gotas de sangre entre los senos, parecían más oscuros de lo que en verdad eran. Toda ella lucía maravillosa ahí en la plenitud de su piel bajo la luz de los primeros rayos del sol. La expresión de su cuerpo en el espacio y el tiempo sólo se traducía en notas de una tranquilidad desesperante, de un mutis agresivo que espera explotar de un momento a otro: Es la suma de la ansiedad que genera el ignorar la súbita reacción del abrir los ojos.
Él, aún con las manos húmedas y a su lado, rogaba porque de una forma u otra, volviera a estar ahí. |