Arrojo una lapicera contra la pared. Ésta se abre ante el impacto, como la tierra en un movimiento sísmico, y luego se cierra con violencia, aprisionando y destrozando a la lapicera en su interior.
Arrojo otra lapicera contra la pared. Esta vez, como si fuera algún material semejante a las arenas movedizas, la pared absorbe a la lapicera, sin hacer el menor ruido ni dejar rastros de ella.
Arrojo una tercera lapicera contra la pared. La lapicera rebota y cae al suelo.
Cuando me acerco para recogerla, compruebo que no hay una sino tres lapiceras en el suelo. Alzo a todas, y guardo una en el bolsillo; las otras dos se disuelven en la mano y se albergan presurosas en mi imaginación.
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