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Piedras Blancas (a _Catalina_)
PIEDRAS BLANCAS
Es la tarde en un pueblo llamado Piedras Blancas.
El sol está cayendo como todos los días y, como todos los días al caer el sol, Amalia Cabrera, bien peinada en crenchas (apenas un hilito flaco de mujer sin edad), baja hasta el río a buscar las últimas dos latas de agua para el aseo del cuerpo y de la casa al día siguiente.
Hace algunos años llegó desde el campo; desde un rancho estropeado y perdido entre Alcaráz 2º y Paso Potrillo, donde era una boca que sobraba porque faltaba comida, y donde faltaba un padre que trajera la comida. Una noche juntó sus ropas y empezó a caminar hacia donde la llevara el camino. Así de simple. Y así de simple fue llegar hasta Piedras Blancas, buscar un lugar y, con lo que pudo encontrar a mano, hacerse un refugio que después fue también un rancho como el que dejó atrás, pero suyo, y al que llamaba “mi casa”… De la madre heredó su silencio, su pulcritud llena de dignidad, y la buena mano para lavar la ropa que le sirvió para sobrevivir.
El camino es empinado y el sendero que llega hasta la orilla ondula suave y desigual. Bajar es sencillo, sí, pero Amalia ya lamenta lo que cuesta el regreso: las dos latas de 20 litros pesan mucho, y los alambres de las agarraderas lastiman en sus brazos finitos, de mínima carne sobre los huesos. La sigue como siempre el “Cachuzo” que, aunque viejo y medio ciego, corre tras los cuises a puro olfato, sin alcanzar ninguno. La pobreza y la soledad también la siguen, pero como son costumbre, las soporta sin darles mucha importancia, dejándolas que sigan, que la sigan nomás.
La vida de Amalia Cabrera es poca cosa.
Cuando llega al filo del agua corta una flor de manzanilla y se la pone en uno de los que fueron ojales del vestido remendado hasta ser sólo un remiendo. Le queda linda la flor en el pecho, chiquita, blanca, y con el centro amarillo; una margarita en miniatura, que es como un sol de rayos blancos que le da un poco de luz al gris de la ropa y de la piel.
La vida de Amalia Cabrera se ilumina con poca cosa.
Se mete al río, buscando agua más limpia lejos de la orilla, llena una de las latas, vuelve, la apoya en el suelo para buscar la otra, y una mano áspera y bruta la empuja contra las piedras blancas de la ribera que le dan nombre al pueblo.
No ve al hombre, se resigna, lo siente. Siente el olor a vino y a tabaco del aliento agrio, siente la fuerza que la aprieta y la machuca, siente la urgencia de las manos cuando desgarran la bombacha nueva que se compró el viernes, la única que tiene… Siente, se resigna, a la verga dura que entra y sale, adelante, atrás, una y otra vez. Siente el semen que le quema y le chorrea entre las piernas. Siente los puñetazos en la cara y la voz del hombre que le dice que no mire, que cierre los ojos, que espere un rato y que después se vaya… Después no siente.
Pasa un rato, no mucho. Amalia Cabrera no llora, ni se queja. Se levanta, se arregla un poco las ropas que ahora habrá que remendar una vez más si es que encuentra cómo, busca la florcita de manzanilla, se la vuelve a poner en el pecho (es como un sol de rayos blancos que le da un poco de luz al gris de la ropa y de la piel), se mete al río, se lava, llena la otra lata, carga las dos latas con agua que le lastiman los brazos, y comienza a caminar el sendero hacia arriba.
Lo que pasó, pasó. Siempre pasa… Mañana será otro día, y al atardecer habrá que buscar otra vez agua para el aseo del cuerpo y de la casa.
Todavía es la tarde en un pueblo llamado Piedras Blancas.
Texto de vaerjuma agregado el 08-11-2006. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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